¿Qué culpa tiene el Conejo?

La detención en agosto último del conocido delincuente Julián Andrés “El Conejo” Molinari, a los 68 años de edad, nos recuerda una serie de atracos cometidos en nuestra ciudad en la década del 90.
domingo, 18 de noviembre de 2018 · 14:15

* Mario Novack

En esa oportunidad, fueron asaltadas la Tesorería del Hospital Regional y luego la municipalidad de nuestra ciudad, donde fueron sustraídos los fondos correspondientes al pago de sueldos.

Un mediodía soleado ese del último día de marzo de mil novecientos noventa y siete en Río Gallegos  La noticia más importante, como hasta ahora era el cobro de los salarios de los empleados públicos, tanto en la administración pública provincial y municipal. A las 12 se produce el asalto a la municipalidad de Río Gallegos, que es destacado en el diario Clarín en esta crónica.

(Río Gallegos. Especial).- En un golpe comando, cinco hombres encapuchados y fuertemente armados robaron ayer 500 mil pesos destinados al pago de sueldos de empleados de la categoría menor de la Municipalidad y del Concejo Deliberante de Río Gallegos.

El grupo actuó en forma sorpresiva a las 12 del mediodía, cuando bajaban las sacas de dinero del camión blindado, frente a la división Tesorería del Municipio. Con armas de grueso calibre, los delincuentes amenazaron a los policías que custodiaban el lugar y en pocos minutos escaparon con el dinero.

El Municipio tiene contratado un servicio privado de seguridad y el ingreso al edificio es controlado por un sistema de vigilancia electrónica que filma todo el movimiento que se produce en el salón de entrada, pero que ayer estaba fuera de servicio. De todos modos, la jueza de Instrucción María Esther Dávila de Tonelli secuestró los videocasetes para analizarlos.

Poco después del asalto, el intendente de Río Gallegos, Alfredo Martínez, informó que "no hubo heridos en el robo, sólo el susto de algunas empleadas que, por la situación vivida, debieron ser trasladadas a un centro asistencial".

Según el intendente, los ladrones sabían el día y la hora en que se haría el pago al personal municipal "y, aprovechando la multitud, robaron en cuestión de minutos. Muy pocas fueron las personas que se dieron cuenta del asalto", afirmó el funcionario.

Dada la voz de alarma, la Policía provincial montó un dispositivo en las rutas de entrada y salida de la ciudad y en el aeropuerto internacional.

Según informó el jefe de la policía de Santa Cruz, comisario Wilfredo Roque, ayer a la tarde dos personas fueron detenidas en los allanamientos realizados después del robo. Además se secuestró un Renault 12 que habría sido usado por los ladrones.

El auto fue encontrado en la playa de estacionamiento del Hospital Regional, donde se supone que los delincuentes abordaron otro auto que luego dejaron abandonado cerca de Laguna Ortiz, un paraje cercano al centro de la ciudad. Dentro de ese auto se encontró una barba postiza usada por uno de los asaltantes para no ser reconocido.

Según informó el intendente, la Municipalidad tiene 1.100 empleados, de los cuales la mayoría pertenece a las categorías más bajas -quienes iban a cobrar ayer-. Hoy debe hacerlo el personal jerárquico.

El asalto de ayer se produjo justo dos años después de un robo similar al Hospital de Río Gallegos, en el que fueron robados 750 mil pesos destinados al pago del personal.

El cabecilla del robo al hospital fue Julián "Conejo" Molinari, detenido hace tres meses en el partido bonaerense de La Matanza, luego de haber escapado de un destacamento de Gendarmería en Tierra del Fuego.

La leyenda del “Conejo”

Molinari cuenta con una amplia carrera delictiva, que lo llevó a ser cinco veces encarcelado por delitos varios.  El Conejo, que nació el 19 de abril de 1950 en Punta Alta, tiene último domicilio en Necochea y cuenta con un prontuario que podría seducir a cualquier director de cine.

Lo último: fue condenado por transportar drogas desde la costa atlántica hacia Viedma, previo paso por Bahía Blanca, donde habría entregado parte de la carga a un tal “Miguel”.

El Tribunal Oral Federal de General Roca le impuso 4 años y medio de prisión y lo declaró reincidente por quinta vez.

La última condena en su contra es del 24 de octubre de 2014, a 6 años de cárcel y por el mismo delito.

Hoy está preso en la capital rionegrina, aunque no se entiende cómo no lo estaba cuando lo capturaron por última vez, en septiembre de 2016, mientras circulaba con 40 panes de marihuana, unos 35 kilos.

Con él recibió la misma sanción Martín Aníbal Ignacio Parrado (42), quien sería el encargado de traer la droga -llegaba a la Capital Federal desde la Misiones y/o Corrientes- desde Buenos Aires a Necochea, donde también vive.

El operativo que permitió recapturar al “Conejo” lo realizó personal de Toxicomanía de la Policía de Río Negro.

 

De película

Molinari, siempre ligado a Bahía Blanca, vivió en distintas ciudades de la Patagonia, donde cuenta con sus antecedentes más importantes y violentos, especialmente por asaltos a camiones de caudales.

En octubre de 1977 se registró su único asesinato probado: mató a un suboficial de policía que era el padre de su pareja de aquel tiempo. Por ese crimen lo condenaron a 19 años y 6 meses de cárcel.

En julio de 1983 se escapó del penal de Mar del Plata. Volvieron a capturarlo en pocas semanas y se fugó de vuelta.  En 1995 dio uno de sus golpes más arriesgados: asaltó con una banda un blindado del Banco Provincial del Chubut en la zona de Dolavon, que trasladaba 2 millones de pesos, pero fallaron. Hubo un tiroteo y su cómplice, Juan Muraccioli, otra “leyenda” del delito, murió. En principio no se descartaba que Molinari haya sido quien ejecutara a su presunto compañero.

El "Conejo" Molinari, en 1995

Tiempo después, según se cree, volvió a la carga contra otro camión, uno que trasladaba 750 mil pesos destinado a sueldos de un hospital de Río Gallegos.

Nuevamente detenido, en septiembre de 1996 volvió a escapar, esta vez del escuadrón de Gendarmería Nacional de Río Grande, cuando dos mujeres distrajeron a quienes debían vigilar los calabozos.

En enero de 1997 lo relacionaron con un intento de asalto al Mercado Central, en Buenos Aires, aunque escapó.

A mediados de 2001 volvió a tomar protagonismo en el sur. Asaltó un comercio en Caleta Olivia y en la fuga volcó su vehículo. Fue trasladado a una comisaría, pero huyó luego de que, supuestamente, sobornara a dos policías que fueron procesados.

Dos años después, en un control vial de rutina, en la zona de Quequén, fue recapturado.

Lo trasladaron a Caleta Olivia y se casó en prisión.

Después de algunos años, vaya a saber por qué, recuperó la libertad y aparentemente empezó a vincularse con el negocio de las drogas por el cual ahora lo volvieron a condenar.

Hoy está preso en la Unidad Penal Nº 12 de Viedma. El diario El Patagónico realizó una impecable cobertura del robo al blindado en Chubut con un cinematográfico desenlace.

El robo al blindado en Chubut

Los policías Sergio Aguerre y Humberto Bulacios leen el diario. Son las 12:30 del 3 de octubre de 1995 y ambos custodios van sentados adentro de un camión blindado camino a Esquel. El Mercedes Benz es nuevo y ese día está de estreno. Lleva 400 mil pesos que cargaron en Rawson y circula por la ruta provincial 25. Los choferes son Jesús Pugh y Luis Toledo.

Hasta entonces los integrantes del Grupo Especial de Operaciones Policiales (GEOP) creían que los atracos a blindados eran solo cosa del conurbano bonaerense. Se informan de ello en forma periódica a través de las noticias que traen los diarios o que ven por televisión. Las comentan en ese tono del que cree que es algo que nunca le puede pasar a uno. Sin embargo Aguerre presiente algo y le dice a Bulacios que en cualquier momento ellos también podrían llegar a tener que enfrentarse con alguna de esas bandas.

Van de este a oeste. El camino saliendo de Dolavon, a unos diez kilómetros antes de llegar a "Las Chapas", está en reparación debido a los pozos. El camión se desvía a la derecha y baja la velocidad. En ese momento lo pasa por el costado a gran velocidad un Renault 21 "Alize".

"Mirá como viene ese loco", acota el chofer. El auto colea en el ripio y queda cruzado a unos cinco metros frente al blindado. El chofer y todos los que van adentro creen que son turistas que desconocen el camino y por eso pierden el control del vehículo. El blindado frena, pero el chofer no apaga el motor.

Del auto baja el conductor. Tiene pelo rojizo, una especie de peluca, bigote postizo y unos anteojos. Se abre la puerta de atrás y otro hombre le pasa un FAL (Fusil de Asalto Liviano). El tipo apunta y tira. Pega dos balazos en el parabrisas del blindado. Un proyectil de 7,62 impacta en el vidrio del conductor; el otro triza el del acompañante. Las 9 capas de blindaje en el parabrisas no permiten que el plomo lo atraviese.

Al ver el arma. Aguerre se da cuenta de que se trata de un asalto. Se tira al piso buscando cobertura y le pide a Bulacios que le pase el fusil; el único que llevan los dos custodios. Tenían solo un cargador de 20 municiones. En ese tiempo, los jefes policiales no creían que los suyos se podrían cruzar con piratas del asfalto.

"Comunícate por equipo", le pide a su compañero Aguerre.

En ese momento se escucha un impacto en el neumático izquierdo trasero. Dos disparos más vuelan las antenas de radiofrecuencia y el blindado queda incomunicado. Los asaltantes saben lo que hacen. Conocen los puntos de quiebre de la seguridad. Son profesionales, ningunos improvisados. Es la primera vez en la provincia que un blindado es frenado en movimiento. Un hecho histórico que no volvería a pasar.

Aguerre transpira. Levanta la mirada y ve a dos personas. Uno robusto, bajo y canoso.

"Ppaagg", hace la puerta trasera del blindado. Es otro balazo. Ya el ataque cubre todos los flancos. Los otros dos delincuentes que acompañan al de la peluca llevan una escopeta Itaka con la que volaron las antenas y una pistola a repetición.

"Ahí lo tenés pelado", le grita "Tito" Pugh a Aguerre, quien no se imaginaba nunca que ese día que tanto pensaba cuando leía el diario había llegado. Desde afuera los ladrones gritaban que les abrieran; los insultaban y amenazaban. Disparaban para intimidar.

Era la regla número uno de un asalto a blindados en los años 90: tirarle primero al parabrisas, para que los choferes se asustaran y abrieran las puertas.

Aguerre levantó la cabeza, observó por la mirilla encima de la tronera, cargó el fusil, abrió la solapa de hierro y direccionó el cañón hacia el hombre que le señaló Pugh. Empujó el fusil, rompió el vidrio que llevaba de protección la tronera y apretó la cola del disparador. Pensaba herirlo. Eso quizás los haría retroceder.

Nunca pensó que la bala entraría a la zona toráxica de Juan "El Turco" Muracioli, un legendario ladrón de bancos que tenía 76 años, un delincuente que no se quería jubilar. El plomo le seccionó la aorta y le causó una hemorragia interna cataclísmica. "El Turco" cayó al suelo y entró en agonía. Aguerre cerró la mirilla y la "trampera". Pugh vio por el espejo retrovisor que caía un bulto y aprovechó para poner en funcionamiento el motor del blindado que se había apagado al intentar salir con el neumático en llanta. Eludió el Renault y siguió el camino.

En ese momento entró en acción Bulacios. El ex policía catamarqueño tomó el fusil y por la tronera trasera hizo cinco disparos, dos de los cuales dieron en el blanco. Aguerre lo frenó: les quedaban solo 16 balas.

La banda de delincuentes llevaba también dos equipos de comunicación "Yaetsu" y un juego de esposas. Pereyra, el de peluca, recibió un tiro en el hombro, y Julián "Conejo" Molinari, el histórico atracador de blindados en el sur, recibió un tiro en la cadera que le salió por la ingle. Los frustrados asaltantes subieron a Muracioli agonizando al auto y escaparon.

Aguerre transpiraba. La remera negra del grupo especial se le pegaba al cuerpo. Tanto Bulacios como él tenían familia que los esperaba. No había margen. No debía haber ningún error. Se habían preparado para eso. Para combatir.

El asalto no había salido como pensaban, a pesar de que habían hecho todo lo que tenían que hacer. La resistencia policial, y la del blindado nuevo, no había sido la que esperaban. Pereyra y Molinari encontraron ayuda a diez kilómetros hacia el este, donde los esperaba Mirta Varrenti, entonces pareja del “Conejo” Molinari, a quien reconoció luego una testigo. Lo hacía con dos automotores: una Traficc y un Ibiza Zoti. Embistieron un alambrado e ingresaron el Renault usado en el asalto unos diez metros adentro, lo incendiaron con su propio combustible y escaparon.

A Muracioli lo dejaron tirado en el suelo. Sus secuaces necesitaban asistencia rápida porque perdía mucha sangre. La leyenda dice que lo ejecutaron sus mismos compañeros, pero nada de eso se comprobó. Al cuerpo lo despojaron de todas las pertenencias, hasta de la dentadura postiza. A la Policía le llevaría varias horas identificar el cuerpo que estuvo varios días en la morgue. Nadie lo reclamó al anciano ladrón. Aunque sí supo la Policía que la banda en las horas posteriores al golpe fallido quiso llevarse el cuerpo de la morgue.

Alguien llamó al Comando Radioeléctrico de Trelew y dijo: "entreguen el cuerpo que tienen en la morgue sino vamos a hacer cagar a todos los milicos que tienen en el Hospital". Nadie fue a su entierro y sus restos fueron sepultados en el cementerio de Trelew. El que le tiró la última palada de tierra fue un policía.

No hay probada participación de Molinari en los asaltos a las tesorerías del Hospital primero y la municipalidad de Río Gallegos después e ingresa en el terreno de la leyenda, ya que el tema concluyó en el mito permanente del salteador de blindados.

Seguramente como se afirmaba en los ámbitos policiales y judiciales, algún grupo delictivo armó estos atracos y le cargó las culpas a quien ya contaba con fuertes antecedentes en la región. Otros asaltos sin esclarecer, como aquellos de febrero de 1905, en el entonces Banco de Londres y Tarapacá, de Río Gallegos y que alimentaron la leyenda de Butch Cassidy y Sundace King.

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