Gobierno Nacional

Los 100 primeros días de Mauricio Macri: mejor en política que en economía

El gobierno de Cambiemos subestimó la herencia económica, pero el inesperado declive del kirchnerismo le valió resonantes victorias políticas. El impacto del video de 'La Rosadita' y el desafío de Vidal
domingo, 20 de marzo de 2016 · 11:36

Al revés de lo que se piensa, la primera vez que apareció el concepto de los "100 días " fue en Francia y no en EE.UU. El gobierno de los "Cent-Jours" fue el epílogo político de Napoleón Bonaparte entre marzo y julio de 1815 y que terminó con la derrota en Waterloo. La referencia más habitual en el mundo político y económico es a los "100 primeros días" de Franklin Delano Roosevelt en la presidencia de EEUU en 1933. Fue el período en que el flamante líder demócrata puso en marcha el "New Deal" y envió al Capitolio para su rápida aprobación un total de 16 leyes, la mayor parte de ellas destinadas a reformar la banca y a inyectar incentivos fiscales a la moribunda economía local. Como los proyectos –algunos escritos en los propios recintos de las cámaras- resultaron milagrosamente aprobados en tres meses y diez días, el término temporal pasó a la historia con un significado propio.

En la era moderna, los 100 primeros días significan el primer balance de un nuevo gobierno. Es el fin de la luna de miel o de la "tolerancia", aunque en el caso de Mauricio Macriaquella regla no se respetó del todo, tanto por parte del propio Gobierno como del resto del país.

Los 100 primeros días de Cambiemos en el gobierno no han sido homogéneos. De hecho, comenzaron con muchas turbulencias en lo político –el nombramiento de los jueces de la Corte Suprema por decreto fue el cénit de aquel mal momento- y solo buenas noticias en lo económico. Pero ahora, tres meses y diez días después las cosas parecen haberse invertido.

El buen momento político de Macri tiene un socio indispensable: Cristina Fernández de Kirchner. Se ha dicho, pero debe ser repetido: nadie imaginaba que el deterioro del kirchnerismo sería tan veloz y profundo. En noviembre perdió el Poder Ejecutivo. Ahora no maneja ninguna Legislatura importante del país. Los jueces ya han comenzado a mostrar su habitual independencia con un gobierno que se fue y las islas que constituyen Alejandra Gils Carbó y Ricardo Echegaray suenan a poco. Acompañando su deterioro, tampoco son tiempos fáciles para los empresarios de la década ganada como Lázaro Báez o Cristóbal López.

El Senado mutó de ser la cuna de la resistencia kirchnerista a transformarse en la resistencia peronista. Ya no es lo mismo, ni son sinónimos. En las pocas instituciones que todavía controlan, como el Partido Justicialista, no tienen candidatos para renovar la conducción. La figura de alguien más independiente como José Luis Gioja superaría fácilmente a un ultra K como Jorge Capitanich. Y hasta la jefatura del bloque propio en la Legislatura bonaerense que controlaba La Cámpora voló por los aires mientras el otrora todopoderoso José Ottavis se sacaba fotos con Vicky Xipolitakis.

NADIE IMAGINABA QUE EL DETERIORO DEL KIRCHNERISMO SERÍA TAN VELOZ Y PROFUNDO.

En el Senado, la mayoría del bloque se reivindica peronista. En realidad, conducidos como puede por Miguel Ángel Pichetto, son la gran mayoría de los 42 representantes, dejando al cristinismo puro con apenas una docena, la que debe reconocerse más ruidosa que la logia pro-CFK de Diputados. Pichetto no recibe órdenes ni de Cristina ni de Máximo. Y eso la Casa Rosada lo sabe.

No por nada, el kirchnerismo sufrió su mayor golpe político esta semana. Y no vino de la Casa Rosada, sino de su pasado: el video de "La Rosadita" exhibe de manera explícita y sin atenuantes como en el medio del cepo cambiario una financiera estrechamente vinculada al poder estaba repleta de dólares billetes, que llegaban en la avioneta privada de un empresario, Báez, sospechado de ser testaferro de la familia Kirchner.

Sin la descripción del estado actual del kirchnerismo es imposible entender el buen momento político del Gobierno. El peronismo ha quedado, después de la derrota, inmerso en una crisis interna, cuyos efectos probablemente se vean reflejados en la conformación de las listas y en los resultados legislativos del 2017. En el mejor de los casos podrá repetir victorias locales en las provincias que hoy gobiernan, pero esos legisladores nacionales, lejos de constituir un bloque de diputados o senadores nacional, responderán a la necesidad y urgencias de cada gobernador. La feudalización del peronismo. Y su situación es claramente mucho peor que la vivida con la victoria de Fernando de la Rúa.

Paralelamente, el Gobierno comenzó a acomodarse el traje y sentir como propias botoneras que le eran ajenas. El aire fresco que significó la desaparición de las molestas cadenas nacionales, el diálogo habitual con la oposición y la falta de un clima político enrarecido no se quedaron en solo en su enunciación. Desapareció el perro Balcarce y los contenidos de la campaña 2015. El budismo político dio paso a la ingeniería política. La mayoría que se logró en Diputados el miércoles –casi los dos tercios de la Cámara- fue el resultado de un trabajo en equipo del que participó hasta el Presidente presionándolo a Sergio Massa públicamente el domingo por la noche. Lo mismo están haciendo ahora en el Senado. Una de las premisas fundamentales del macrismo para lograr quórum -la necesidad del apoyo de los gobernadores- funciona a las mil maravillas. Los gobernadores recuperaron su poder de influencia en Buenos Aires: los votos en el Congreso dependen de ellos y no de la jefatura política de la Casa Rosada. Macri saca las leyes y los gobernadores tienen recursos.


 

El universo exterior es una catarata de buenas noticias y no necesariamente por mérito de la cancillería de Susana Malcorra sino de la recepción que se le hace al regreso de Argentina al mundo. La visita de Barack Obama, que se suma a la de François Hollande y la de Matteo Renzi, habla por sí solo de que Buenos Aires volvió al mapa del poder político mundial. Y encima los aliados K, adversarios ideológicos de los macristas, como el chavismo venezolano o el PT brasileño, no pueden estar peor. La crisis institucional de Brasil protagonizada con pasos de comedia por parte de Dilma y el mega líder Lula Da Silva obliga al mundo a mirar a Argentina, aunque más no sea por vecindad.

Al revés, la que aporta la malas noticias es la economía. Fue en este rubro donde el macrismo subestimó la herencia recibida y sobreestimó sus capacidades para resolverlo todo en días, con pocas medidas y mucha magia. El ejemplo del aumento de tarifas, como el de luz, primero no comunicado y luego mal explicado ha calado hondo. "Anunciar más aumentos. ¿Ahora? No. Ninguno" le explicó una de las fuentes más importantes del Gobierno a este periodista en la semana. Hacen fila esperando su turno las alzas en el gas y en el transporte público.

La inflación, el gran talón de Aquiles de la economía argentina, increíblemente le importa poco al Gobierno, tanto en privado como en público. No porque no le preocupe, sino por otra razón: el macrismo cree que la inflación no es un tema en sí mismo, sino un efecto de otro, que es el déficit fiscal y la emisión de moneda para cubrirlo. Suponen –Federico Sturzenegger en estado puro- que al achicarse el déficit y emitir menos, la inflación cederá. Hasta ahora eso no sucedió.

A partir de julio, y acuerdo con buitres mediante, el Gobierno contará con una herramienta no utilizada por el país desde hace años: el financiamiento externo. Desde Casa Rosada juran y perjuran que lo usarán para obra pública. Los economistas del Frente Renovador, del kirchnerismo y la izquierda creen que se destinará a cubrir el déficit corriente de caja, única manera para financiar el "ajuste gradual" que representan Marcos Peña y Alfonso Prat Gay frente al "ajuste brutal" que llevaría adelante un Carlos Melconian.EL MACRISMO SUBESTIMÓ LA HERENCIA ECONÓMICA Y SOBREESTIMÓ SUS CAPACIDADES PARA RESOLVERLA.

El Gobierno piensa que el regreso de la obra pública en el segundo trimestre comenzará a despertar a la economía del largo sueño de recesión en el que se encuentra desde julio del año pasado. Y que en el segundo semestre, sobre todo al final, encontrará la luz al final del túnel: que la inflación comenzará a bajar, que el campo sin retenciones producirá mucho más y que hacia diciembre la economía volverá a crecer. Y que en el 2017 ese crecimiento podría superar el 5% anual (la cifra es posible: la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas pronostica 4% de mejora para el año entrante).

El dólar ha sido un dolor de cabeza de estos 100 días. Freezado en las semanas siguientes al cepo, comenzó una escalada que recién se desinflamó hace dos semanas, para volverse otra vez problema el jueves. El Banco Central tuvo que subir la tasa de sus letras al 38%, cristalizando un número que bien podría ser interpretado como la inflación 2016 anualizada. No hay que ser un mago para saber que con semejante de nivel tasa, no existe el mercado del crédito necesario para reactivar cualquier economía en recesión. Las idas y vueltas con el dólar han sido, quizás uno de los déficits macristas.

Sin embargo, el mayor déficit del Gobierno en estos 100 primeros días ha sido la inseguridad en el territorio bonaerense. No solo por todo lo que rodeó a la triple fuga de General Alvear y la actuación de la policía local, sino por los costos políticos y hasta personales que está pagando María Eugenia Vidal por una reforma en materia de seguridad que no se ve y que se agota por momentos en discursos previsibles de lucha contra el narcotráfico –¿quién, salvo un narcotraficante o integrante de un gobierno venal, no estaría de acuerdo?-, en la obligatoriedad para comisarios de presentar DD.JJ. como si no existieran los testaferros o megaplanes que hasta ahora no vieron la luz. Es cierto que el estado en el que se recibió a la Policia Bonaerense es cuanto menos calamitoso. Pero aquí el reclamo no es por la falta de resultados –imposibles en tres meses- sino de programas y proyectos hacia el futuro. Solo el gran capital político del que goza Vidal (la dirigente mejor considerada del país) permite soportar la inacción en la materia.