Trelew: cuatro procesados por trata de personas y explotación sexual en dos boliches nocturnos

Son la exconcubina y el hijo de Cristóbal Barboza, el conocido empresario de la noche ya fallecido. También su exnuera y un hombre responsable de la seguridad. El juez Gustavo Lleral consideró que colaboraron con el “negocio” entre 2013 y 2016. Los detalles de la decisión del juez Gustavo Lleral.
lunes, 24 de junio de 2019 · 08:41

El juez Gustavo Lleral procesó a cuatro personas por trata de personas y explotación sexual, agravado por abusar de la vulnerabilidad de las víctimas con violencia y amenazas. Son la dominicana Luz María Vázquez Rodríguez, alias “Clara”; Armando Durazno, Mauricio Barboza y Victoria Aráoz, pareja de Mauricio. Todos fueron embargados en $ 200 mil. Los hechos ocurrieron entre julio de 2013 y octubre de 2016 en Trelew.

Luz fue concubina de Cristóbal Barboza, un conocido empresario de la noche ya fallecido y condenado por explotación sexual. Mauricio es hijo del hombre. Junto con Aráoz, los tres declararon intentando tomar distancia de Cristóbal. Según el juez, como ya no puede defenderse, lo hicieron responsable.

Les imputan que en el hospedaje “San Cristóbal”, en Lezana al 400 entre Alberdi e Italia de Trelew, y en “Le Club”, Moreno al 200, recibieron a mujeres argentinas, dominicanas, paraguayas y ecuatorianas para explotarlas sexualmente aprovechándose de su estado de vulnerabilidad. Fueron transportadas y alojadas para que se prostituyeran. Negociaban directamente con ellas o con sus maridos o regenteadores.

Fue clave el papel del fiscal Fernando Gélvez, que ordenó tareas de inteligencia a la Policía Federal. Ambos locales eran propiedad de Cristóbal. Atendían y regenteaban su concubina, Luz María (alias “Clara”) y Mauricio. Las alternadoras vivían en el hospedaje.

En las escuchas Cristóbal constan varias frases reveladoras sobre las mujeres: “Les pago el pasaje pero se los descuento después”; “Apenas entre le cobro el pasaje de entrada y cuando joda la echo a la mierda”. O cuando María le informa que una está enferma: “Levántala, que trabaje, que haga un par por lo menos para que haga el pasaje, anoche podría haberlo hecho” y “Apenas llegue no le voy a pagar hasta que no le cobre el pasaje”.

-NN: ¿Llegó la paraguaya?

-Barboza: Sí, llegó.

-NN: ¿Le preguntaste si va a ir hoy?

-Barboza: Sí que va a ir, ¿cómo que no?

-NN: Porque ella el primer día que llega nunca va…

-Barboza: Bueno, pero ahora se tiene que aguantar.

Para el juez, charlas así confirman dos detalles relevantes: la captación y acogimiento de las mujeres para someterlas sexualmente; y que ya llegaban a Trelew con la deuda del pasaje. El servicio sexual debían prestarlo enseguida para saldar.

Las víctimas debían “cumplir la plaza”: un tiempo mínimo y obligatorio de un mes de trabajo. Barboza conminaba a la encargada para que se cumplieran los horarios: “Si no, que se vayan, porque yo no tengo hotel para que vivan gratis ellas”; “Que preparen su bolso y se van a la mierda, ninguna de las dos quiere venir a trabajar, que salgan ya de ahí”, “Patéale la puerta. Hoy es sábado y no se puede faltar, señorita”. Para Lleral estas frases denotan la cosificación de la mujer, el sometimiento, la intimidación y la violencia.

Entre otras intercepciones, a Barboza se lo escuchó decir: “Che, ¿me conseguís dos mujeres? Estas son muy callejeras, salí, tratá de ubicar y mandáme porque no tengo nada, no tengo más que estas tres mierdas, esas viejas que viven en la calle”.

Había un fuerte control sobre la recaudación y cantidad de pases y copas. Todos participaban de la administración. Durazno era “custodia” y “seguridad” y a cargo del traslado de las mujeres entre ambos pubs en un Citröen Xsara.

Al caso lo disparó la denuncia de Isadora, una de las víctimas. Ejerce la prostitución desde los quince años. Por una amiga supo de la posibilidad de venir a trabajar al sur. Su situación económica era mala y debía mantener a tres hijos menores.

Llegó al local de Lezana. Atendía clientes a cualquier hora y el pase se dividía 50 y 50. No era la ganancia pactada por teléfono. Los “pases” y “copas” que hacía los anotaba el dueño, que recibía también el dinero. Nunca recibió atención médica y no podía moverse libremente. “Sólo podía salir una hora a la semana para hacer las compras, acompañada por varias compañeras”.

Eran 20 alternadoras. “Estaban en la misma condición y no dirían nada, ya que estaban también amenazadas”. La seguridad en ambos locales era para evitar fugas.

El pase valía $400 y la copa, $100. Cuando terminó su “plaza” regresó a Córdoba a ver a sus hijos. Al volver, “Clara” le explicó las nuevas reglas: debía pagarse el taxi para ir a trabajar, cobraría por mes y si no cumplía el plazo mínimo había multas. La cocina del hospedaje sólo podía usarla después de las 15. “Clara” estaba al frente porque Cristóbal ya estaba muy enfermo. “En los últimos tiempos, la situación se había agravado al estar de encargada Victoria, pareja de Mauricio”, declaró. Estaban encerradas bajo llave y había cámaras.

En septiembre de 2015, la Policía fue a “San Cristóbal” por el llamado de un celular con prefijo de Córdoba. Era Isadora. Había sido agredida y estaba en la habitación 23. Lloraba. Gran cantidad de mujeres corrieron a sus piezas para refugiarse.

La denunciante confirmó que el llamado era suyo: “Estoy aquí adentro hace tres meses, vine voluntariamente a trabajar pero empecé a vivir lo peor, no me permiten salir. No quiero continuar aquí contra mi voluntad, necesito ayuda y quiero denunciar todo”.

Fueron identificadas otras siete mujeres. Secuestraron un arma, cartuchos, mucho efectivo de los servicios sexuales, varias anotaciones, gran cantidad de preservativos, publicidades con ofertas sexuales, comprobantes de depósito, libretas sanitarias y tarjetas para clientes.#

“Sólo fui una prostituta, una empleada más que trabajaba más que todas”

En su defensa, Luz María Vázquez Rodríguez contó que en 2001 Cristóbal se enamoró de ella. “Yo trabajaba a la noche igual que todas las chicas; ejercía la prostitución. En 2018 me tuve que juntar con él porque si no Barboza me tiraba la valija a la calle, y como se ganaba bastante bien, prefería juntarme con el viejo”. Trabajó en la barra pero igual se prostituía. “En 2002 hice concubino con él; pensé que todo iba a cambiar; pero seguía todo igual. Trabajaba noche y día; cuando no atendías tenía que ir a limpiar sí o sí. Todas las demás chicas no eran maltratadas; la única maltratada era yo. Tenía miedo de denunciarlo porque andaba armado”.

“El maltrato fue siempre –declaró-, trabajar en Le Club; después en San Cristóbal; dormía media hora nada más. Así duré hasta 2013”. Le dijo al juez que nunca fue dueña de Le Club ni de San Cristóbal. “Solo fui una prostituta que trabajé más que todas ellas; ellas al menos dormían y no eran maltratadas”.

Sobre Isadora aseguró que “es mentira que estaba secuestrada, tenía su teléfono y su documento. Nunca fue maltratada”. La puerta de la calle estaba cerrada con pasadores para evitar robos. “Hay cámaras afuera y adentro del local que demuestran que Isadora salía; se iba de las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche. Si una persona es maltratada, ¿Vuelve? Ella volvió. Tendrían que haber escuchado la conversación que tuve con Cristóbal cuando le digo ´¿Qué hago?’Le pregunté si llamaba a la Policía para calmarla, y después llamó ella y nos terminó jodiendo la vida. Ahí la única maltratada fui yo siempre (…) Nunca fui dueña; nunca vendí a nadie, no soy dueña de vender a nadie. Sólo fui una empleada más”.

El juez Gustavo Lleral interpretó que aunque quiera colocarse como víctima, el relato prueba la prostitución, y que Isadora era maltratada. “Está claro que la imputada pretende descargar la responsabilidad que le cabe en los hechos ilícitos en quien ya falleció y no puede defenderse”.

También declaró Victoria Aráoz: “Soy inocente. Nunca toqué un arma. Jamás maltraté a nadie. No trabajaba para mi suegro todos los días; yo sólo atendía la barra, servía cuatro copas y me iba. No regenteaba. No vi nada, ni la ubico a la chica (la que fue maltratada). La bolsa de preservativos era porque el médico me dijo que tenía que cuidarme”.

Pero Lleral recordó que las otras declaraciones la comprometen. Y en la casa de la mujer no sólo había preservativos sino también publicidades con ofrecimientos sexuales. Reconoció su trabajo en la barra: “Suele ser el lugar ocupado por la encargada de las alternadoras”.

Mauricio Barboza dijo: “Soy inocente, no tengo nada que ver. Mi padre fue el dueño de estos negocios y dentro de los tiempos estos, 2013/2016 me alejé de mi padre y me dediqué a mis estudios, la carrera de Derecho en la Universidad de la Patagonia”. Las evidencias y los otros imputados, sin embargo, lo involucran.

Sólo Durazno no declaró. “Está claro que tenía una participación esencial. Era fundamental en tanto y en cuanto, permitía tener un control sobre las mujeres sometidas y evitar que pudieran disponer de su libertad”.#

 

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