Miguel Brascó el niño de Puerto Santa Cruz

Es verano. Es 1934. El chico tiene 8 años, está solo en su casa en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí y piensa “todavía no”.
domingo, 06 de enero de 2019 · 16:39

* Mario Novack 

Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que , en esas latitudes no son extravagantes ( un guanaco, un choique, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve como el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar “todavía no”. Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

“Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras “no voy a respirar hasta que sea la asfixia”. Quien decía esto era el reconocido Miguel Brascó, escritor, periodista, poeta, abogado y sibarita. El hombre de las mil caras.

(En la página Nº 2482, “Puerto Santa Cruz, Corpen Aike, Provincia de Santa Cruz”, de la colección “Argentina Pueblo a Pueblo” Tomo 17, publicado por Clarin en Abril del 2006).

En el mismo tomo en la página 2475 se publicó la siguiente columna firmada: “Miguel Brascó, Dibujante, Humorista, Escritor.

Ser santacruceño

Digo Patagonia, lugar donde nací siendo sumamente joven y pasé toda mi infancia , y es como decir nada. Porque Patagonias hay muchas, todas diversa y diametrales. ¿A cuál me refiero? Está la espléndida, hacia el oeste, reiterando desde Nahuel Huapi al fin del mundo; Ushuaia una humedad verde de araucarias y arrayanes con un fondo Scwarzenwalden de volcanes nevados; y caso contigua viene la otra Patagonia con oasis de manzanas Red Delicious y viñedos Loca Blanca inventados por Guillermo Barzi Canale y por Julia Viola en los valles por goteo del Neuquén y Río Negro. También está la Atlántica del balleno prodigioso, con un tríbilis que embaraza a varios metros sin errarle nunca al vizcachazo mientras turistas suecas aplauden aturdidas. Pero remota y principal está la frígida y ventosa Patagonia austral xerófila, santacruceña y esteparia, puro mogote, arena y calafate, olvidada contra los riscos chúcaros y salobres del Atlántico por la desidia de vaya a saber qué dioses de mejillas agrietadas por los farenheits. Nacer allí no es ocurrencia fácil, por ser poblaciones tan a trasmano de las contabilidades demográficas que un habitante menos de verdad no cabe, en las casonas sordas de arquitectura como agazapadas para no exasperar al viento cotidiano del verano. El viento, el viento, el viento, que mañana tarde y noche ulula y silba entre los cercos medanosos de piquetes puntiagudos y contra cuyo azote no hay quien respire. Salvo caminando para atrás como los cangrejos y las patrias.

Pero el paisaje: de tan nada y casi igual es casi abstracto, con una oveja acá y un molino mas allá, rechinando chapa para extraer mendrugo de agua de los subsuelos pedregullos. Pero los cielos: no hay otros cúmulos mas cúmulos en los cielos nunca tan azules como los lapislázulis que enmarcan a las rías, cuando las escarchas del invierno congelan a los mejillones gris oscuro en la interminable bajamar de las mareas prodigiosas.

Me preguntan ¿Cómo es vivir o sobrevivir en Puerto Santa Cruz? Y yo contesto: es eso.

En realidad Brascó nació en Sastre, provincia de Santa Fe, donde su madre, ya embarazada viajó a Rafaela para despedirse de un hermano gravemente enfermo. Así fue como nació en Santa Fe, pero inmediatamente su madre volvió con él a Puerto Santa Cruz, donde viviera hasta aproximadamente los 12 años de edad. En las mayoría de las entrevistas que diera, Brascó siempre se reivindicó como nacido en Puerto Santa Cruz.

Este es el aporte que nos arrima Marco Marinkovic, exintendente, diputado provincial y entusiaste conocedor de la historia de nuestra provincia y en especial Puerto Santa Cruz.

Marquito tuvo la posibilidad de entrevistarlo y fotografiarse en su domicilio del barrio de Recoleta en Febrero del 2009, donde” tuve la suerte de conversar dos horas largamente sobre sus recuerdos de niño en nuestro pueblo.”

El escritor

Su última novela abordó el género de ficción con el título de “ El Prisionero”. Dueño de un estilo personalísimo y un humor agudo, frontal, sincero e irreverente, Miguel Brascó despunta su maestría narrativa y estilo inimitable en una historia de traiciones, emboscadas, impudicias, golpes bajos e intrigas eróticas durante la Revolución Francesa.

Abogado de profesión, pero de vocación marcada por las letras, las artes y el buen vivir. Brascó ha escrito novelas, poesías, teatro, crónicas de viajes, crítica de vinos; autor de temas clásicos del folklore argentino junto con Ariel Ramírez,como “Santafesino de Veras”, “Agua y Sol del Paraná” y “La Vuelta de Obligado”. Como editor, respaldó la tira “Mafalda”, del mendocino Quino. Eximio conocedor de los secretos de la buena vida. Ha incursionado en el periodismo y en el dibujo. Su vida está plagada de anécdotas: sus traducciones al castellano de poetas alemanes e ingleses, sus estudios con el premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre, su paso por las redacciones de Tía Vicenta, Claudia, Cuatro Patas y Leoplán y sus emprendimientos editoriales Status, Cuisine & Vins y Ego. Es autor de guías de vinos y programas de TV y fundador de varios clubes gourmet selectos (Epicure, The Twelve Fishermen y The Fork Club).

Su obra comprende los poemarios Raíz desnuda (1946), Tránsito (1948), Otros poemas e Irene (1959) y La máquina del mundo (1964), los cuentos de Criaturas triviales y antiguas guerras (1959), la novela Quejido huacho (1999), las compilaciones Antología universal de la poesía (1958) y Las Tribulaciones del amor (1961), así como variadas publicaciones acerca del buen vivir, como Pasarla bien (2006), Vinos Argentinos (Anuarios 2006 y 2008) y la Guía del degustador inteligente.

El autor de canciones

La vuelta de Obligado

Noventa buques mercantes,
veinte de guerra,
vienen pechando arriba
las aguas nuestras.
Veinte de guerra vienen
con sus banderas.
¡La pucha con los ingleses,
quién los pudiera!
¡Qué los tiró a los gringos
uni' gran siete,
navegar tantos mares,
 
venirse al cuete,
qué digo venirse al cuete!

A ver che Pascual Echagüe,
gobernadores.
Que no pasen los franceses
Paraná al norte.
Angosturas del Quebracho,
de aquí no pasan.
Pascual Echagüe los mide,
Mansilla los mata.

Letra: Miguel Brascó.
Música: Alberto Merlo.

Emblemático Triunfo con aire de Huella que se convirtiera en himno de la Soberanía al recordar la gesta del combate de la Vuelta de Obligado, librado el 20 de noviembre de 1845, donde las baterías argentinas resistieron heroicamente el avance de la flota anglo-francesa y en recordación de tal fecha se instituyera posteriormente el “Dia de la Soberanía Nacional”.

La Patagonia en 1935

1) La colonia británica en Santa Cruz

“Inglés estudié en el Colegio Nacional de Santa Fe a los 14 años, pero primero lo aprendí de chico, en Santa Cruz. Era un inglés básico, para poder comer. Cuando eras invitado por un compañero de escuela a su casa, a tomar el té por ejemplo, que era todo un ceremonial importante, tenías que usar las palabras correctas. Estaba la madre presente y vos le pedías el dulce, y la señora te miraba con ojos glaucos y hacía como que no te escuchaba, y no te daban nada hasta que no decías “marmalade”. Las inglesas de la Patagonia eran más inglesas que las de las Islas Británica, eran de las que pronunciaban el “yes” y el “no” para adentro.

”Todos los días los barcos venían de Inglaterra, de Liverpool, para llevarse la lana y los corderos que faenaban en la Patagonia. La lana iba a los textileros de Manchester y los corderos a Smithfield, en Londres, en el mercado decía “Argentinian lamb”. Se mandaban los corderos Chill, que no eran congelados ni enfriados, sino que eran una cosa intermedia. Eran envueltos con una especie de bolsa de tela de un punto muy abierto, y luego enfriados. Así llegaban a Inglaterra. Ellos tenían el cordero escocés, que es un gran cordero, pero en la Patagonia, el desarrollo del animal era óptimo. La oveja es un bicho muy perezoso, come alrededor y anda poco; pero en la Patagonia, que es una estepa de pastos ralos, tiene que caminar  y en consecuencia se obtiene un animal magro, sin mucha grasa, muy bueno. Por otro lado, entre el pasto natural de la estepa patagónica hay mucho romero salvaje, entonces el cordero tiene sabor a romero.

”Entonces, los barcos llegaban de Liverpool a cargar corderos y lanas y traían mercadería para la colonia inglesa: ropa, comestibles... Nosotros comíamos manteca inglesa, miel de caña, chocolates; las mentas como los after eighth eran comunes en mi infancia. El principal aprovisionamiento de la zona venía de Inglaterra. No recibíamos prácticamente nada de Buenos Aires.”

2) Sanz, el administrador de la estancia de bajos del Limay

“Además, mi padre tenía una estancia en los bajos del Limay, como a trescientos kilómetros de donde vivíamos, a la que se llegaba por tortuoso camino de huella. Íbamos muy poco. Algunas veces me subía al camión que llevaba las provisiones y sabía que no iba a poder volver: solía ocurrir que el camión no podía regresar por la nieve y te quedabas hasta que cambiara el clima. Mi padre tenía un administrador catalán llamado Sanz , de esos con frente blanca por no sacarse nunca la boina. Recuerdo que una vez me las ingenié para tomar el camión que iba a llevar las provisiones y me quedé en la estancia bastante tiempo, junto al inexpresivo Sanz. Su menú, mañana, tarde y noche, era puchero de capón magro, “escudella i carn d'olla”, y “cigrons” (garbanzos) de lata con tripa (mondongo). Nunca me dijo de dónde sacaba la tripa pero, habiendo yo probado el “hagáis” escocés (panza de oveja rellena) en casa de los McQueevan, la coincidencia de los gustos no dejaba lugar para la duda.”

3) Frutos del mar

“El mar también tenía su atractivo. Se formaban rías y las mareas de esas rías eran de catorce metros y con las bajantes uno tenía todo un territorio que normalmente estaba debajo del mar con mejillones, langostinos y todo tipo de animales que íbamos a recolectar... Eran excursiones cautelosas, era importante calcular bien el tiempo porque la marea podía volver a subir. Nos ocurrió una sola vez, y no hubo otra porque las paternidades se enteraron. El subprefecto, me acuerdo, se llamaba Gallardo. Un buchón.”

4) El vínculo con el vino y las comidas en la infancia

“Bebo vino desde los seis años y no tendría ocho cuando ya sazonaba mis propias costeletas de capón. Mi generación tomó vino desde la más tierna infancia. Fue la venturosa consecuencia de que en Argentina no se vendiese aún la Coca Cola. Nuestros padres nos servían en la copa un dedo de vino y diez de soda; si era verano, con hielo. La proporción de tinto iba creciendo con la edad. De esta manera todos entrábamos en la simple habitualidad del vino. A los veinte ya sabíamos lo que se debe saber para tomar vino con propiedad y sapiencia: que para servirlo en la copa debemos descorchar antes la botella.

”En casa había unas pautas gastronómicas muy simples. Mi familia era de clase media, mi padre era médico hijo de inmigrantes catalanes. Se comía bien pero eran platos de un sabor promedio, sin demasiado ingenio. Por otro lado en esa época no había mucho para elegir en la Patagonia, la imaginación no se podía aplicar tanto. Había cordero, que era el capó (castrado) de quince kilos, carne más sabrosa que la de oveja pero sin la delicadeza del lechal de siete u ocho kilos. Y también había muy buenos pescados de mar, inclusive róbalo, que después en Buenos Aires se puso de super moda con el nombre de merluza negra.

”Por otro lado, había pocas verduras, no porque no se pudieran cultivar. Las estancias que tenían huertas, tenían todas las verduras posibles, y las que no eran tan posibles se cultivaban en invernaderos y listo. En la Argentina la gente es muy perezosa en términos de trabajar la tierra, así que las huertas no abundaban.”  

5) La cocina de su madre

Mi madre me introdujo en el aprecio de la música y la poesía. Gabriel Fauré, Maurice Ravel, Debussy, Charles Alkan. Tenía un espíritu sensible, creativo. Recitaba poemas de Rubén Darío, José Asunción Silva, Manuel Ugarte, Evaristo Carriego, Francis Jammes. Yo los aprendí y recordé toda mi vida.”

”Mi madre era sensible y delicada pero entrerriana y perezosa. De manera que en casa generalmente cocinaban unas oriundas de Chiloé, mucho más imaginativas que las domésticas locales en el esquema de los aderezos. Yo me pasaba mucho tiempo en la cocina, viéndolas trabajar y haciendo otras cosas. Ellas me enseñaron esas otras cosas y, ya que estaban, a cocinar. De entonces viene mi efecto por el ají rocoto, la malagueta y el wasabi en las áreas del comer sabroso”

En varias oportunidades gestionamos la posibilidad de realizar un homenaje a Miguel Brascó contando con su presencia en Puerto Santa Cruz. Sin embargo el interés de las autoridades resultó escaso. Falleció a los 88 años un 10 de mayo de 2014, en la ciudad de Buenos Aires.

 

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