El gobernador testigo privilegiado de la debacle

Peralta hoy está jaqueado por su propio partido, pero no puede victimizarse, debe hacerse cargo que él lo dirigió durante todos estos años y no logró la unidad, permitiendo que la situación provincial llegue a su estado actual.

lunes, 1 de abril de 2013 · 00:00

Hay enemigos que no es necesario atacarlos para vencerlos, alcanza con sentarse a esperar que se consuman solos en peleas intestinas y, eso si, evitar que otros ocupen su lugar una vez que éstos caigan. Este fenómeno ocurrió a lo largo de la historia en el justicialismo, que en todas sus formas se ha consumido sin necesidad de “ayuda externa”, atacado y vencido por sus propios integrantes, pero logrando generar nuevos cuadros y nuevas caras que llegaban a ocupar el lugar que el anterior había dejado y, de esta forma, pudo perdurar a través de los años con una hegemonía tal que ningún otro partido político logró siquiera hacerle sombra.

Ese fue, por ejemplo, siempre el gran error del radicalismo, atacar al poder (que se autoconsumía sin ayuda) y no evitar la regeneración de nuevas figuras políticas que suplantarían al anterior (del menemismo al duhalidismo al kirchnerismo al cristinismo, y ahora, al camporismo, sólo si se habla de la historia moderna), que era lo que realmente debía tener en cuenta si pensaba, o piensa, algún día llegar al poder.

Realidad santacruceña

Este fenómeno se puede observar claramente en la realidad santacruceña de los últimos tiempos, donde el partido gobernante se está consumiendo solo, sin ayuda, con una decadencia cada vez más marcada en cada uno de los actos de gobierno. Daniel Peralta, agotado luego de más de cinco años de gestión, sin gente que “le haga el aguante” y con muchos enemigos internos, es el mejor testigo de su propia caída, sin hacer mucho para evitarla. Estos tres temas son fundamentales para entender el porqué de la situación actual en Santa Cruz, el agotamiento de una gestión que todos los días es un nuevo desafío, la falta de personas cercanas que puedan hacer frente a la coyuntura (sus ministros no tienen capacidad de gestión ni peso político y la ausencia de Pablo González se hace notar), pero principalmente la cantidad de “compañeros” que le patean en contra, en un justicialismo que parece más una bolsa de gatos que un partido político.

Peralta todavía no se dio cuenta que solo no puede, sino que necesita gente a su lado que lo ayude en la gestión y no las personas que tiene actualmente que, en algunos casos, tendrán muy buena voluntad, pero la inexperiencia y la falta de peso político no se puede suplantar con “buena onda y ganas”.

En este sentido fue clave el rol que cumplió Pablo González en la gestión, que fue virtualmente el gobernador y que ahora por su rol en el congreso nacional tiene escasa o nula participación en los temas locales, atrás quedaron los tiempos en que el gobernador era secundado por tipos de peso, que bien o mal, te guste o no, se paraban frente a cualquier conflicto y, al menos, sabían como hablarle a un policía y no necesitaban de escuetos partes de prensa para anunciar pagos de salarios.

Sin liderazgo

Pasando al tercer tema en cuestión, la falta de liderazgo en el partido está siendo clave para que éste se consuma, nadie dirige, todos hacen lo que quieren, y entonces ocurren cosas insólitas, como un diputado que entró a la cámara “raspando”, ya que quedó octavo y de casualidad ocupa una banca, pero que se “para de manos” a Peralta y lo cuestiona hasta cuando va a tomar el té con su familia, o el caso de los intendentes que envalentonados ya no son ultraperaltistas, sino que piensan en su propio futuro (propio, no de sus comunidades), o que mejor ejemplo que lo ocurrido en la Cámara en la última sesión, cuando un recinto supuestamente hegemónico no pudo aprobar un proyecto que el propio gobernador auspiciaba. Ni hablar de La Cámpora, que va ganando espacios por todos lados y que crece demasiado rápido, más de lo que puede manejar, cometiendo errores, pero sin dejar de avanzar y con el objetivo de ocupar la mejor oficina de la calle Alcorta en el 2015, pero olvidando que son parte de un conjunto y no un partido aparte.

Peralta hoy está jaqueado por su propio partido, pero no puede victimizarse, debe hacerse cargo que él lo dirigió durante todos estos años y no logró la unidad, permitiendo que la situación llegue a su actual estado. Peralta no supo o no pudo evitar que su partido se autoconsumiera, no escuchó a los que saben ni se rodeó de los que debía, ahora el justicialismo provincial es un mar de ego, donde todos se creen que son los mejores, pero que no se dan cuenta que se convirtieron en enemigos de ese ideal que tanto dicen defender. (El Diario Nuevo Día)