Santa Cruz: La puja de poder y el efecto K

Néstor Kirchner fue capaz de concentrar todo el poder en su propia persona. Ello, más allá de resultar autoritario, antidemocrático e incorrecto, tenía sus beneficios: las decisiones no se discutían ni se consensuaban, se acataban, dando un marco de tranquilidad al no haber enfrentamientos. 

lunes, 1 de abril de 2013 · 00:00

La homogeneidad de poder es mala, pero da previsibilidad, y ello, en política, es tan difícil como valioso. Sin embargo, Néstor Kirchner murió hace dos años, iniciando un proceso que, indefectiblemente, iba a llegar a lo que ocurre en estos días en la provincia y que, posiblemente, continúe un tiempo más, hasta que las aguas se calmen por si solas.

El efecto Kirchner tuvo varias etapas: cuando murió, primero se sorprendieron, luego lo lloraron, después se dieron cuenta que ya no estaba y comenzaron a extrañarlo, pero la melancolía no es para siempre, y pasado el tiempo, las lagrimas se secaron y los dirigentes políticos cayeron en la cuenta de una realidad que espanta: Néstor concentraba todo el poder, y ahora ese poder estaba libre, buscando un dueño, y todos quisieron tomar una parte de esa torta.

En eso están ahora, peleando las migas de poder que Kirchner dejó, pero con la inexperiencia de no haber tenido nunca siquiera un poco de decisión, porque todo pasaba por “Él”. Siempre anduvieron en bicicleta y ahora el dueño del auto está muerto y todos quieren manejarlo, esta figura, por ridícula que parezca, puede graficar la realidad de una Santa Cruz que observa cómo toda esa energía y ese poder que Kirchner concentraba, se desparrama en pequeños nuevos líderes.

Nadie quiere ser como Néstor, no es la idea y tampoco nadie está a la altura para serlo, sólo quieren ocupar los espacios de poder que el ex presidente dejó vacantes, y en ese proceso, que indefectiblemente es conflictivo, los nuevos líderes dejan un tendal a su paso: cometen errores hasta infantiles, desconocen a propios y ajenos, buscan el pelo al huevo, y se convierten en férreos opositores de todo aquello que siempre defendieron.

Por dar un ejemplo, los diputados ahora se encuentran con que tienen capacidad de decisión, algo que históricamente desconocían, y el ejecutivo se da cuenta que no sólo hay que administrar, también hay que pensar y convencer, algo que antes no era necesario.

Pero no todo es tan malo, la guerra (mediática o no) no durará para siempre, no hay tormenta que dure 100 años y tampoco hay líderes que aguanten la puja de poder durante ese tiempo, tarde o temprano, por agotamiento, por necesidad o por espanto, habrá algo de unidad y el nivel de conflictividad bajará, aunque ya nunca será como antes.(El Diario Nuevo Día)