Deporte Adaptado

¿Cómo vive y entrena un deportista no vidente en Río Gallegos? La rutina de José Ulloa revela desafíos cotidianos y un espíritu inquebrantable

Detrás de cada brazada y cada golpe de entrenamiento hay una historia de vida que inspira. José Ulloa, nadador santacruceño no vidente, habló con Javier Seveso en Rock and Frío y dejó una de esas entrevistas que no se olvidan: íntima, honesta y profundamente humana. "Uno siempre compite, pero la competencia real es con uno mismo", aseguró desde el inicio, marcando el tono de una charla que atravesó emociones, rutinas, miedos y conquistas.

Redacción Nuevo Día
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Detrás de cada brazada y cada golpe de entrenamiento hay una historia de vida que inspira. José Ulloa, nadador santacruceño no vidente, habló con Javier Seveso en Rock and Frío y dejó una de esas entrevistas que no se olvidan: íntima, honesta y profundamente humana. "Uno siempre compite, pero la competencia real es con uno mismo", aseguró desde el inicio, marcando el tono de una charla que atravesó emociones, rutinas, miedos y conquistas.

Su discapacidad visual progresiva comenzó en la infancia, pero recién a los 30 años obtuvo un diagnóstico preciso: distrofia de conos y bastones, una enfermedad genética que le borró la visión central y le provocó una fotofobia extrema. "Vivo encandilado todo el día. Por eso necesito lentes con filtros especiales", explicó.

Perder la vista fue un golpe, pero no un límite. Y así lo vive: con orden, disciplina y una convicción férrea de que la autonomía se entrena todos los días.

¿Cómo vive y entrena un deportista no vidente en Río Gallegos? La rutina de José Ulloa revela desafíos cotidianos y un espíritu inquebrantable

Días de boxeo, cocina, memoria y una ciudad memorizada pozo por pozo

Su vida fuera del agua es tan rigurosa y admirable como su carrera deportiva. José vive con su pareja, sale temprano, toma el colectivo y entrena dos horas de boxeo con Miguel Agüero. "Tengo casco, bucales, hago sparring... es un doble esfuerzo porque además del boxeo tengo que prestar atención a todo lo que pasa alrededor", contó.Los sonidos son guía, pero la memoria es clave: "Tengo identificados todos los pozos y todas las veredas rotas. Si me las arreglan me matan", bromeó entre risas. Su humor, incluso frente a obstáculos cotidianos, revela una fortaleza singular.

Después del boxeo vuelve a su casa y cocina. No sólo eso: tiene un chulengo y hace asados. "En mi casa me manejo perfecto, está todo ordenado. Si me movés algo cinco centímetros, me matás", confesó.

La autonomía también aparece en la tecnología: aplicaciones que leen etiquetas, computadoras con lectores de pantalla, asistentes que le permiten moverse en el supermercado o usar el celular. "Gracias a eso puedo hacer mi vida con normalidad. La tecnología nos abrió una puerta enorme", dijo.

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Tres medallas de oro, una de plata y una mirada crítica sobre la inclusión

Este año José representó a Santa Cruz en la Para Araucanía de Punta Arenas. Era su primera competencia oficial, clasificado tras un proceso de preselección en el que fue suplente hasta último momento. Compitió en categoría S12, correspondiente a deportistas con baja visión severa o ceguera funcional.

El resultado fue inolvidable:

• Oro en 25 metros libre

• Oro en 50 metros libre

• Oro en 100 metros libre

• Plata en la posta, junto al equipo santacruceño.

Pero no todo fue positivo. José observó falencias graves en la organización. "Había parlantes gigantes en el acto de apertura y yo tenía compañeros con autismo. Se descompensaron. ¿Cómo puede ser que en un evento de discapacidad no contemplen estas cosas?", cuestionó.

La palabra inclusión, para él, no es un discurso sino una práctica concreta que todavía falta. "A veces la verdadera barrera no es la arquitectónica sino la social", dijo, al relatar episodios cotidianos como colectivos que lo dejan lejos de su parada o gente que se "cuela" cuando espera asistencia.

Aun así, no pierde la calma: "Al otro día me subo al mismo colectivo y lo saludo igual. Hay que educar, aunque duela".

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Una vida guiada por los afectos, la disciplina y el deseo de aprender

Tras jubilarse por invalidez, José decidió dedicarse a lo que siempre postergó. La natación fue una de esas cuentas pendientes, y la música, otra: hoy estudia teclado con el profesor Germán Ojeda. "Estoy aprendiendo cosas nuevas todos los días, eso me mantiene vivo", expresó.

La profe Valeria Garibotto fue quien lo acompañó desde cero: desde la vereda del club Hispano hasta la primera inmersión. "Ella me enseñó todo: cómo entrar, dónde están los vestuarios, cómo orientarme. Empecé desde afuera de la pileta, literalmente", recordó con emoción.

Su familia también lo sostiene. Sus padres están bien, y su hermana -quien tiene baja visión y usa bastón verde- se mudará este año a Río Gallegos tras recibirse de profesora para personas ciegas.

Los días difíciles existen. "Cuando un colectivero me baja seis cuadras después, a mí me jode la vida. Y tengo que recalcular todo". Pero su filosofía no cambia: cada día es una prueba nueva, una pequeña batalla ganada, un aprendizaje más.

"Si lo que hago no me desafía, me aburro. Necesito salir del área de confort siempre", concluyó.

José Ulloa no sólo ganó medallas: ganó un lugar en la admiración de quienes lo escuchan y de quienes lo acompañan. Su historia muestra que la verdadera resiliencia no luce épica: se construye todos los días, paso a paso, pozo a pozo, brazada por brazada. (Diario Nuevo Día)

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