El Marjory Glen de Río Gallegos: un barco encallado en la tragedia en el sur del continente

En Punta Loyola, al acercarse al puerto de Río Gallegos y terminal de Yacimientos Carboníferos Fiscales, se recorta en el horizonte la figura de un barco que parece navegar sobre la estepa.

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Es el Marjory Glen, un velero británico que en 1911 se aproximaba a destino con una carga de carbón para la incipiente población, pero sufrió el incendio de su carga y debió ser abandonado en el mar. Dos de sus marineros perdieron la vida intentando controlar el fuego. La carcaza metálica de la nave quedó flotando a la deriva, y los caprichos de las mareas, posiblemente, junto a alguna ayuda humana, la dejaron encallada tierra adentro, más de 100 metros de la costa.

71 años después del incendio, en vísperas de la guerra de Malvinas, sirvió de blanco para los pilotos de la Fuerza Aérea, en práctica de la técnica de bombardeo rasante que los ayudó a resistir contra la marina británica, pero que costó decenas de vidas tanto argentinas como inglesas. El Marjory Glen sigue ahí en pie, casi en el extremo sur del continente, como un monumento de óxido a la tragedia. Por Lisandro Amado, para ANRed.

En Punta Loyola, Río Gallegos, un casco de hierro oxidado parece surcar las arenas, a más de 100 metros de la costa austral. Es lo que queda del Marjory Glen, un velero de 62 metros de eslora botado por primera vez a los mares tan lejos en el espacio y el tiempo como Escocia en 1892.

El último viaje de esta embarcación fue en 1911, partiendo desde Newcastle, Inglaterra, bajo bandera noruega y la capitanía de Jans Martín Holmsen. Su misión era aprovisionar con 1800 toneladas de carbón a las aisladas poblaciones del extremo sur de la Patagonia. Pero, a pocos días de alcanzar el estuario de Río Gallegos, la tripulación detectó emanaciones de gases que evidenciaban un principio de incendio en la carga, extremadamente inflamable. Considerando que el problema había sido solucionado al dejar entrar agua y cerrar las escotillas, el capitán siguió la marcha durante tres días hasta llegar al por entonces pequeño puerto de Río Gallegos y arreglar con Braun y Blanchard (actual empresa La Anónima) la venta de la carga.

En la mañana siguiente se encontró muertos en sus camarotes a los marinos Henriksen y Gunnevussen. La causa: asfixia por gases de combustión del carbón. Silenciosamente, el incendio había proseguido. Desde la Subprefectura Naval recomiendan hundir la nave para contener el incendio, pero el capitán Holmsen hace sacar sólo algunos remaches, en un probable intento de salvar el barco y a la vez contener el incendio. Es en vano: el carbón aún arde. Al día siguiente, abren las escotillas, pero eso sólo logra ingresar aire y avivar el fuego. Los intentos de subprefectura, de barcos locales y de un vapor chileno fueron vanos y el barco ardió por días en la ría. Sin embargo, suficiente carga pudo ser rescatada para calentar a las poblaciones durante el crudo invierno austral.

El Marjory Glen quedó por años como un fantasma tiznado flotando a las puertas de Río Gallegos, causando daños a barcos y al sistema de desagüe de la creciente ciudad, que irónicamente se convertía en un puerto exportador de carbón, a partir del desarrollo de los yacimientos de Río Turbio. Los caprichos de las mareas y los, según testimonios orales, diversos intentos de encauzar su rumbo y rescatar sus materiales, terminaron encallando la nave en las proximidades de Punta Loyola, donde se construiría el nuevo puerto y terminal de Yacimientos Carboníferos Fiscales.

Setenta y dos años después de su incendio, el casco oxidado volvió a sentir los estertores que anticipan la tragedia: en vísperas de la Guerra de Malvinas, los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina desarrollaban prácticas de la técnica de bombardeo rasante que desarrollaron para evadir los radares de los navíos británicos y atacarlos desde muy corta distancia. El Marjory Glen oficiaba de blanco ideal para ejercitar esa maniobra extremadamente arriesgada. Hoy los agujeros de misil en los chapones nos recuerdan de la locura de la guerra y del dolor de las familias de los pilotos que dejaron su vida intentando frenar a la marina británica. Los mismos son recordados en una placa conmemorativa junto a los restos. Hoy el Marjory Glen simplemente permanece, deshaciéndose lentamente en el intenso y constante viento arenoso de la Patagonia, eternamente encallado en la tragedia. (Fuentes: Fundación Histarmar, Estudios Patagónicos y anred.org)