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Murió "Gaby", el hombre al que vimos todos pero no rescató nadie

Se llamaba Gabriel Oyarzún, pero para el centro de Río Gallegos era simplemente "Gaby". Falleció en las últimas horas tras años de resistir al frío y al olvido en las veredas de la capital. Su partida deja un vacío en el paisaje urbano y una pregunta incómoda en la conciencia de una sociedad y un Estado que lo dejaron solo hasta el final.

Redacción Nuevo Día
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Hay muertes que se anuncian en silencio durante mucho tiempo, y la de Gabriel Oyarzún es una de ellas. Gaby, como lo llamaban con afecto quienes se detenían a dejarle un café o una palabra, falleció en las últimas horas. Aunque aún se desconocen los detalles técnicos de su deceso, la causa real es conocida por todos: el desgaste de una vida a la intemperie, donde el cuerpo se rinde antes que el alma.

Hace un tiempo, El Diario Nuevo Día le puso nombre y voz a esa figura que muchos preferían esquivar con la mirada. En aquella entrevista, Gaby se mostró como un hombre de fe, habitado por el arrepentimiento y con un deseo profundo de redención. Sobrevivía entre cartones, en pleno centro, ahí donde las luces de las vidrieras contrastaban con la oscuridad de su realidad.

"Con fe y arrepentimiento, Gabriel Oyarzún sobrevive entre cartones", titulábamos en aquel entonces. Hoy, ese título nos golpea como una verdad que ya no tiene remedio.

El "invisible" que todos conocían

Lo de Gaby fue una tragedia a la vista de todos. Lo vieron los funcionarios que entran y salen de los edificios públicos, lo vieron los comerciantes, lo vimos los vecinos. Gaby no era un desconocido; era una parte del centro de la ciudad. Sin embargo, ese reconocimiento no se tradujo en la ayuda estructural que necesitaba para salir de la calle.

Su muerte pone de manifiesto, una vez más, la desidia de un sistema que no tiene redes de contención reales para las personas en situación de calle. En una ciudad donde el frío cala los huesos y el viento no da tregua, vivir a la intemperie es una sentencia de muerte en cuotas. Gaby murió sin una cama caliente, sin la dignidad de un techo y sin que el Estado llegara a tiempo para ofrecerle algo más que un parche temporal.

Una herida abierta en la sociedad

Mucha gente hoy lamenta su pérdida en las redes sociales. Se multiplican los "descansa en paz" y los recuerdos de su amabilidad a pesar de la miseria. Pero detrás de esos mensajes, queda la amarga sensación de que, como sociedad, también le fallamos. Gaby fue el recordatorio diario de nuestra propia indiferencia.

Él pedía ayuda con la mirada, hablaba de Dios y esperaba un milagro que nunca llegó. El milagro no era un trozo de pan, sino una política pública que lo viera como un ciudadano con derechos y no como un estorbo en la vereda.

Hoy, ese rincón del centro donde Gaby solía refugiarse está vacío. Ya no están sus cartones ni su presencia silenciosa. Solo queda el eco de su historia y la vergüenza de saber que, en la capital de una provincia rica, un hombre murió de abandono a la vuelta de la esquina de donde se toman las decisiones.

Que el descanso que no encontraste en las veredas de esta ciudad, Gaby, lo encuentres ahora. Y que tu partida nos obligue, al menos por un instante, a dejar de mirar para otro lado cuando el frío nos muestra su cara más humana.

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Gabriel Oyarzún, un vecino conocido por la comunidad de Río Gallegos, lleva años viviendo en situación de calle. Dormido en el Hospital Regional, en construcciones abandonadas o donde lo encuentre la noche, hoy necesita ayuda urgente de la comunidad. Pide insumos básicos, pero también ofrece disculpas sinceras por errores del pasado y comparte frases que reflejan su lucha diaria y su esperanza.