Vive solo, en un observatorio abandonado en Santa Cruz para cuidar la tumba de su tío: la historia de Javier
Javier Soto tiene 35 años y desde hace un tiempo vive solo en la Estación Astronómica Austral Félix Aguilar, un observatorio abandonado en la estepa patagónica, a unos 100 kilómetros de El Calafate. Allí decidió autoexiliarse para cuidar la tumba de su tío y preservar un sitio clave en la historia de la astronomía argentina, marcado por el aislamiento, el viento y una profunda búsqueda personal.
"Me autoexilié en busca de un propósito", resume Javier Soto mientras señala la cúpula metálica del antiguo observatorio que hoy es su hogar. El edificio se levanta a un costado de la mítica ruta 40, en el paraje La Leona, en plena estepa santacruceña, a unos 500 metros del río La Leona y a cerca de 100 kilómetros de El Calafate. La estructura, oxidada y castigada por el viento, sobresale en un paisaje donde casi no hay presencia humana.
Soto nació en Puerto Deseado y vivió varios años en Trelew. En octubre del año pasado tomó una decisión drástica: dejar la vida urbana. "Un día me levanté, junté plata para pagar el alquiler y los servicios y me pregunté: ‘¿Así será la vida siempre?'. No lo acepté", cuenta. A ese cuestionamiento se sumó una noticia familiar: la tierra donde había vivido su tío durante más de dos décadas podía quedar abandonada. Un primo la estaba cuidando y lo invitó a continuar con ese legado.
Desde entonces, vive solo en el interior de la vieja estación astronómica, sin equipamiento técnico y expuesto al clima extremo. "Quise adentrarme en introspecciones y alejarme de la propuesta que hoy domina el mundo: trabajar más para ganar menos", explica.
El legado familiar y un lugar sagrado
El principal motivo de su permanencia en el lugar es cuidar la tumba de su tío, Ramón Epulef, lonco mapuche que se había asentado allí en 1998 y falleció en 2023. "Yo vine para cuidar su tumba, ese es mi propósito", afirma Soto. El sitio se encuentra en lo alto de un cerro, antes de llegar al río. "Para mí es sagrado", agrega.
Epulef fue un reconocido domador y baqueano de la estepa patagónica. Provenía de la familia Epulef, cuyos territorios en Chubut habían sido reconocidos oficialmente décadas atrás. "El tío se encontró con este lugar, se aquerenció y lo cuidó", relata su sobrino. Durante años reconstruyó las instalaciones vandalizadas y volvió habitable la casa del astrónomo, manteniendo también la cúpula y el interior del observatorio. "Fue la única persona que lo cuidó", destaca Soto.
El agua del río La Leona, de origen glacial, no es apta para beber por su alta concentración de minerales, pero la utiliza para cocinar y limpiar. Para consumo humano depende de bidones que trae desde El Calafate o de la solidaridad de viajeros y turistas que se detienen en el lugar. "Muchos saben que estoy acá y me dejan agua", comenta.
Un observatorio clave en la historia científica
La Estación Astronómica Austral Félix Aguilar tiene una historia tan imponente como el paisaje que la rodea. En 1934, el ingeniero Félix Aguilar, entonces director del Observatorio de La Plata, impulsó la creación de una estación en el sur del país para estudiar el cielo austral, poco explorado en aquel entonces. Tras evaluar distintas locaciones, eligió este remoto paraje conocido como La Leona.
El desafío fue enorme. Los ladrillos se fabricaron y cocieron en el lugar, conseguir mano de obra era difícil y el traslado de materiales y alimentos se veía afectado por las distancias y el clima extremo. "Hoy es difícil, no quiero pensar en aquellos años", reflexiona Soto. En 1940 se aprobaron los trabajos y en 1946 las tierras fueron cedidas a la Universidad de La Plata. Aguilar murió en 1943 y nunca llegó a ver su proyecto finalizado.
Para 1951 el edificio principal estaba terminado, junto con caballerizas y una casa para los astrónomos. Sin embargo, nunca se concretó la usina eléctrica ni la bomba de agua previstas en el plan original. Tras varios contratiempos, recién en 1960 se inauguró la estación, aunque sin telescopio propio. Se recurrió al préstamo de un instrumento del Observatorio Lick de la Universidad de California, que llegó por barco y fue instalado de manera provisoria.
Finalmente, en diciembre de 1965, el observatorio comenzó a funcionar de forma efectiva, aunque las condiciones nunca fueron ideales. La cercanía del río provocaba imágenes difusas, había pocas noches despejadas -unas 80 al año- y el aislamiento era extremo. Cinco astrónomos pasaron por el lugar hasta su cierre definitivo en 1973. El telescopio regresó a La Plata y el complejo quedó abandonado.
Hoy, Javier Soto defiende ese patrimonio histórico. "Vengo a defender este lugar que fue importante para la astronomía argentina y los derechos del tío, que eligió vivir acá", sostiene. Abre las tranqueras a los turistas, se conecta al mundo mediante una antena satelital y se abastece con energía solar. "Cuando estoy solo me conecto con el universo", dice. Y concluye: "Necesitamos recuperar la oscuridad y la calma".(Leandro Vesco/La Nación)

