"Si no lo hacemos nacer ya, te morís": la historia del bebé de 1 kilo que ayudó a salvar la vida de su mamá

Lo hicieron nacer para poder hacerle quimioterapia y un trasplante de médula a su mamá. Lázaro nació al final del quinto mes de gestación, sobrevivió a varios paros cardíacos. La historia de una mamá y un hijo que lucharon juntos por sobrevivir.
sábado, 22 de junio de 2019 · 12:36

No hay modo de saber con precisión cuándo fue la primera vez que se vieron pero sí hay un punto en la línea de tiempo: Estefanía tenía 10, 11 años, iba a la primaria; Ezequiel era uno de los mejores amigos de su hermano, ya iba a la secundaria. Fue cuando ella cumplió 15 años que se pusieron de novios. Podría haber sido un amor adolescente, otro punto difuso en la línea de tiempo de dos vidas que se cruzan, pero no.

Estefanía Merelas (31) y Ezequiel Ríos (35) se casaron en 2010. Habían pasado sus adolescencias amasando el deseo de tener hijos y enseguida arrancaron la búsqueda: "Esperamos un año, dos, pero no pasaba nada", cuenta ella a Infobae.

Quedó embarazada por primera vez en 2012 pero lo perdió durante la cuarta semana de gestación, cuando la alegría empezaba a tomar forma. Dos años después, el mismo ascensor, la misma caída libre: un test positivo, la alegría levando, otra vez la pérdida sin explicación.

"Fuimos a ver médicos, probamos de todo hasta que dije 'basta, descansemos un poco'. Al mes siguiente me enteré de que estaba embarazada por tercera vez. Fuimos las personas más felices del mundo", dice ella, toma aire y agrega: "Durante unos meses".

Fue durante el comienzo del quinto mes de embarazo y después de un análisis de sangre que Estefanía recibió un llamado de la clínica. "Me pedían que repitiera el análisis. Pensé que se había perdido y fui, sola fui". El hematólogo primero dio un rodeo y dijo algo de "unos glóbulos blancos raros", de "unas células débiles". Después que sí, que era muy probable que Estefanía, que en ese entonces tenía 28 años, tuviera leucemia.

"Salí de la clínica, me quedé parada y empecé a llorar. Veía a las mamás que salían con los chicos del colegio y no lo podía creer: tanto tiempo esperando a mi hijo y ahora no iba a poder verlo crecer".

Tenía leucemia mieloide aguda y de la información que retuvo en el shock recuerda títulos. Que a su marido le advirtieron que iba a tener que hacer campañas en televisión para pedir dadores de sangre. Que las quimios eran bombas. Que era probable que el bebé no sobreviviera. Que tenía leucemia en un 70% del cuerpo. Que buscara urgente dónde atenderse. Que ahora lo importante era ella.

Una punción lumbar (sin anestesia, por el embarazo) confirmó el diagnóstico. Al día siguiente, los jefes de hematología, obstetricia y de neonatología del Hospital Austral fueron a verla.

—Estefi, vamos a tener que hacer nacer a tu bebé, si no lo hacemos te morís— le explicaron.

Estefanía iba por la semana 24 de gestación, su hijo pesaba 1 kilo. El plan era darle inyecciones para madurar los pulmones y esperar dos días: hacerlo nacer el viernes para que ella pudiera empezar la quimioterapia el sábado. "Yo pensé que se morían los dos, sentí que se me terminaba la vida", cuenta ahora a Infobae Ezequiel (35), el marido de Estefanía.

El nacimiento
Les advirtieron que era riesgoso tocarle la médula y que no podían darle anestesia epidural. Que iban a hacerle una cesárea con anestesia general y que el bebé podía salir sin respirar.

Fue Ezequiel una de las 16 personas dentro del quirófano preparadas para ese momento. En la camilla, intubada, estaba su mujer, la misma que unos días antes había fantaseado con un parto respetado y sin anestesia "para sentir todo". Los que corrían alrededor eran los médicos, que trataban de resucitar con las yemas de dos dedos a su hijo.

"Fue tan difícil que me tuvieron que sacar del quirófano. Vinieron dos enfermeras a atenderme", cuenta él. "Me quedé del otro lado de la puerta, fueron unos minutos eternos, hasta que escuché que adentro gritaron '¡lo tenemos, lo tenemos de vuelta!'. Después salió el jefe de neo y como pude me paré. Me dijo 'vení, abrazame, tu bebé está bien".

Le habían hecho ocho minutos de reanimación cardiopulmonar (RCP) hasta que volvió: le pusieron Lázaro (levántate y anda).

El plan era que Estefanía arrancara la quimioterapia al día siguiente de la cesárea pero una fiebre feroz le impidió empezar el tratamiento e incluso subir a conocer a su hijo. Mientras ella luchaba por sobrevivir en una habitación, Lázaro hacía lo mismo en una incubadora. Tuvo apneas (ausencia de respiración durante más de 20 segundos, frecuente en los prematuros) y sobrevivió a varios paros cardiorrespiratorios.

"A él le tocó nacer antes de tiempo y aguantar para que yo pudiera salvarme. Pesaba un kilo y se la bancaba, era tan chiquito y hacía tanta fuerza para sobrevivir… ¿cómo no iba a poder yo?", cuenta Estefanía. "Casi se va todo el proyecto de familia al tacho, todo, pero mi hijo me daba fuerza para seguir. No sé qué hubiera sido de mí si él no hubiera aguantado".

En la Navidad de 2016, luego de casi tres meses de internación, a Lázaro le dieron el alta. Lo fue a buscar Ezequiel, su papá: "Hubiese querido agradecer a todos los profesionales lo que hicieron por él pero se me hizo tal nudo en la garganta cuando lo alcé que no pude hablar", sigue él. No pudo hablar pero cada vez que vuelve a verlos los abraza, que es una forma de decir gracias.

Fue durante esos días -octubre de 2016- que a Estefanía le dijeron que iba a necesitar un trasplante de médula ósea. Quien terminó siendo compatible fue su hermano, el mismo hermano que había sido el puente entre ella y Ezequiel cuando eran chicos.

Estefanía estaba enfocada: era tal el drama que la caída del pelo era una anécdota ("Se me cae porque me estoy curando"). Pero todavía faltaba lo peor: Lázaro le contagió un virus, por lo que tuvieron que suspender el trasplante. Una bacteria se fue a los pulmones y le provocó una neumonía, después se fue a una pierna, lo que la dejó al filo de la amputación. Pasó los siguientes tres meses internada y otra bacteria que se instaló en el estómago hizo que dejara de comer.

"Pesaba 47 kilos, 20 menos que cuando había quedado embarazada. Lázaro estaba con mi marido y mi mamá, tenía vacunas y algunas vacunas son virus vivos así que yo casi no podía verlo. No tengo registro de sus primeros meses de vida". Que el trasplante funcionara era la última esperanza.

Los médicos contaron que conocían casos de maridos que depositaban a sus mujeres en ese estado en un hospital y no volvían. Pero con Estefanía estaba Ezequiel, su amor desde la adolescencia. Fue él quien pidió ocuparse de cambiarle los pañales a su esposa cuando pesaba menos de 50 kilos. Lo hacía con la luz baja, en una nueva forma de intimidad.

—Estefi, dale la bienvenida a la nueva médula— le dijo una enfermera que hacía reiki. Estefanía lo hizo.

"Nunca me voy a olvidar del día en que nos dieron la noticia. El cuerpo no la había rechazado y la médula nueva había empezado a funcionar", recuerda Ezequiel, y se emociona.

Recién cuando Lázaro tenía 10 meses, los tres volvieron a casa. Estefanía dejó de ser la mujer exigente que trabajaba 12, 14 horas por día y puso en primer lugar "los minutos de vida que tengo con mi familia".

Lázaro ya tiene 2 años y 8 meses y todavía no va al jardín. "No -se ríe ella- me lo quiero quedar para mí. Me perdí el principio de su vida, quiero disfrutarlo. Pasaron dos años del trasplante y estoy muy bien pero obvio, a veces tengo miedo de que esta cosa vuelva. Es por eso: pase lo que pase quiero que él haya disfrutado de su mamá lo máximo posible". (Fuente: infobae.com)