Tuvo una hija, logró anotarla como padre soltero y en el trabajo le dieron la misma licencia que a una madre

Charly Durigoni es el padre de Sofía, una beba de dos meses nacida a través del método de gestación por sustitución. Legalmente le correspondían dos días de licencia por paternidad pero en su trabajo le dieron tres meses. En la partida de nacimiento de su hija figura que él es el único padre.
sábado, 21 de septiembre de 2019 · 12:04

Prepara una mamadera, la acuna en sus brazos, le dice "buen día, mi amor", se miran a los ojos mientras la beba succiona, espera paciente a que se duerma. Tiene dos meses Sofía, acaba de cumplirlos, y si su papá está todo el día en casa con ella, cuidándola, es porque logró que en su trabajo comprendieran que es "padre soltero" y en vez de darle 2 días de licencia por paternidad, le dieran tres meses.

"Empecé a sentir el deseo de ser padre hace unos ocho años", cuenta Charly Durigoni (42) a Infobae, en voz baja, para no despertar a Sofía. Estaba en pareja en aquel entonces, aunque con el paso de los años comprendió que la idea de tener un hijo o hija "era un motor que encendía yo".

En el camino, investigó sobre adopción en Argentina y desistió. Supo que había familias que habían adoptado niñas y niños de Haití, escuchó a quienes le advirtieron sobre la discriminación racial que un hijo haitiano podía sufrir en Argentina y también desistió.

"Y seguía pasando el tiempo. No es que yo necesitara ser padre para realizarme o algo así, lo que me pasaba es que uno tiene tanto amor para dar que cuando eso no se puede concretar se transforma en dolor".

Fue un amigo, productor de televisión como él, quien le contó que él y su pareja iban a ser padres a través del método de gestación por sustitución (mal llamado "alquiler de vientre"). No habían buscado a una persona gestante en Estados Unidos (como hicieron Marley, Flavio Mendoza, Luciana Salazar y otras personas con un presupuesto mayor a 150.000 dólares), sino en Argentina, donde hay un vacío legal.

De a poco y a través de la experiencia de ese amigo, supo "que el hecho de que la gestación por sustitución no tenga todavía un marco legal no significa que sea ilegal", sigue Charly. Uno de los problemas de ese vacío es que, para la ley argentina, madre es quien pare.

Como las gestantes, precisamente, acuerdan gestar pero no ejercer la maternidad, un grupo de personas presentó un amparo colectivo que rige sólo para los niños nacidos a través de este método en la Ciudad de Buenos Aires. Lo que establece es que el o los padres son quienes firman, previamente, la "voluntad procreacional".

La "voluntad procreacional" está en el Código Civil que entró en vigencia en 2015. Lo que permite es dejar constancia de que la decisión de que un niño o niña nazca de determinada manera es un acto de voluntad de amor filial de quienes deciden ser sus padres. De este modo, luego no queda inscripto como hijo de quien lo parió sino de quien dejó asentada esa voluntad.

Charly siguió los mismos pasos que su colega y cargó su búsqueda de una persona gestante en algunas páginas de Facebook. "No tuve miedos sociales, 'qué va a pensar la gente', por ejemplo. Me hice otras preguntas después, cuando ya me había separado. '¿No será un acto egoísta tener un hijo y darle amor incondicional de una persona y no de dos?'".

En esa búsqueda encontró una respuesta: "Después entendí que, si algo le faltaba, lo iba a tener de todo mi entorno, de todos los tíos y tías que ahora tiene. Es que a la familia la arma uno con el amor que tiene para dar, no tiene por qué ser como la calcomanía de los autos: mamá, papá, la nena, el nene, el perrito y el globo".

Una semana y media después de contar su búsqueda, una mujer se comunicó con él. Quedaron en encontrarse en Zárate. Charly había investigado y sabía que uno de los debates alrededor de la gestación por sustitución es la posibilidad de que las mujeres pobres sean explotadas y usadas como "envases" por necesidad económica.

"No quería que sintiera eso, de ninguna manera. Me encontré con una mujer muy segura de su decisión. Justo se había hecho un tatuaje de una elefanta con dos elefantitos, porque tiene dos hijos grandes. Me dio mucha ternura y me pareció que tenía muy claro que ser madre es una cosa y gestar para otra persona, era otra".

Se vieron algunas veces más e hicieron un acuerdo: "Nos ayudamos mutuamente. Ella me ayudó a armar la familia que yo deseaba; yo la ayudé a concretar algunos proyectos que deseaba ella".

Lo más difícil -sigue Charly- sucedió en el peregrinaje entre las clínicas de fertilidad. "Cada una cobraba lo que quería". También tuvo problemas con su prepaga, una de las más caras y conocidas. "Lo más difícil fue la lucha para que me reconozcan como padre. El proceso de encontrar una donante de óvulos y generar los embriones para luego transferirlos lo cubre si la afiliada es la mujer. A mí no me cubrieron nada: el padre iba a ser sólo yo, madre no había y la ley de fertilidad no habla de género".

Dice que fueron dos años y medio agotadores. "Muchas veces pensé en bajar los brazos, todas esas trabas me desanimaban mucho. Pero cuando me sentía así hacía un ejercicio buenísimo: me imaginaba a los 60 años sin hijos y me preguntaba: '¿Y su hubiese sido posible? Y ahí volvía a arrancar".

Antes de empezar con los tratamientos de fertilidad, Charly y la mujer gestante firmaron un consentimiento bajo escribano donde ella dejó constancia que no tenía voluntad procreacional y, por lo tanto, no iba a ser la madre del bebé que gestara.

Charly firmó que era él quien tenía la voluntad y la decisión de ejercer la paternidad. En la clínica de fertilidad firmaron otro consentimiento donde todos acordaron tener claro el proceso de gestación por sustitución (otro papel que fue clave después, cuando tocó anotar a Sofía en el Registro Civil). (Fuente: infobae.com)