La historia del pulpero de la F-100 de Las Grutas: esfuerzo y sacrificio detrás del video viral

Cristian Firmapaz asombró a todos con su habilidad al volante entre las olas y las piedras. Sale a hachar leña al monte a las 4 AM, en el verano recolecta pulpitos en la costa, es mecánico y le llevan viejas chatas para que haga milagros como con la suya. Tiene 35 años, tres hijos y pronto será abuelo.}
sábado, 2 de enero de 2021 · 11:05

Cristian tiene 35 años que se ven en la agilidad de sus movimientos, pero contrastan con las líneas de su cara, que cuentan más historias que las que sus palabras revelan. Su cuerpo flaco emerge del capó de una camioneta, de ésas que lo acompañan desde chico. Ésta es de su suegro. Se la trajo hace un rato, a la espera de que haga uno de esos milagros que él naturaliza. Es que hacer durar lo que otros verían descartable es una habilidad innata, tan suya que ni siquiera la considera meritoria.  

Pero el resto sí la valora. Y cómo se corrió la bola de que él hace andar hasta lo imposible, en esa esquina en la que la familia Firmapaz reina hay un rejunte de vehículos de otros tiempos. 

La vereda es el taller del Negro o El Pata, como le dicen a Cristian. Allí tiene una privacidad que no se respira adentro. Es que en la casa familiar viven sus padres, él, y dos de sus seis hermanos. Los más jóvenes, a medida que formaron pareja, fueron construyendo departamentitos detrás de la vivienda paterna, y hoy son 11 las personas que conviven detrás de esas paredes escoltadas por autos viejos. 

Hasta hace poco eran 12, porque también vivía su abuelo paterno. Aunque, como Cristian, se la pasaba más en la vereda que adentro. “Era mal llevado” cuenta. Y las lágrimas lo asaltan como a un chico. “Pero conmigo era distinto” se emociona.  

El duelo, de repente, le recuerda la vida. Será abuelo dentro de poco, porque su hija mayor, de 17, está de 5 meses. “Va a estar lindo ser abuelo joven” dice.  “Mi nieto va a terminar pensando ‘este viejo no se muere más’” remata, y se ríe de la ocurrencia. 

También tiene una nena de 7 y un varón de 11. Todos con su mujer de toda la vida, con la que vive desde hace 20 años. El, como ocurrirá con su hija, también fue padre a los 17. “A partir de ahí tuve que pensar en llevar siempre un plato de comida a la mesa” recuerda. 

Igual, la responsabilidad fue algo que mamó desde chico.  Su papá fue recolector costero de pulpitos, o "pulpero", como se conoce en la zona a estos trabajadores, que capturan en las playas a estos animalitos. Usan un gancho, y los sorprenden cuando se esconden entre las piedras, para esperar que suba la marea.  

Eso, lo hacía de enero a abril. E iba en busca de leña el resto de los meses, actividades que Cristian también heredó. Como la destreza con las manos que tiene su mamá, que fue filetera en plantas pesqueras. Aunque a él le tocó ser hábil con los fierros, y hurgar en las tripas de máquinas indescifrables.  (Diario Rio Negro)