Reanudar

sábado, 27 de febrero de 2021 · 20:33

* Por Lucrecia A. Sotelo


De lo que va de esta pandemia, a un año de no ver a mis amigas de San Julián  en carne presente de tiempo continuo, logro tener un tiempo para ser yo en mis tiempos, mis modos de habitar el silencio y la calma. Algo vuelve a moverse en la ciudad, algo de estar con otros fuera de casa es posible. Ya no como antes pero “algo” está al alcance de la mano. Con barbijo, con saludos de puño, con distancia social pero algo de vernos emerge como alternativa plausible.  

En tiempos de ardua pandemia, diseñé grandes proyectos de escritura que vi naufragar junto a aquello que era antes del 2020. Estar en casa se presentaba como el sinónimo de tener más tiempo para hacer otras cosas, pero en mi caso eso no fue posible. Las horas de trabajo frente alumnos se multiplicaban junto a las horas de trabajo en proyectos. Horas de tareas que comenzaron a llamarse horas de pantallas. 

Horas en presente continuo

No sé si les habrá pasado, pero en mi, el 2020 se transformó en un solo gran mes. Es como que siempre fue 2020, una gran cinta de moebius. El infinito; la rueda del ratón; el gran día de la marmota o el año marmota. 

Ahora estoy acá, con algo de tiempo para mí, intentando trazar letras en una pantalla que ya es prótesis de mis dedos. Estoy acá viendo como esta pandemia puso al desnudo lo más cruento de la clase política. Sí, algo de eso siempre lo supimos: que son mezquinos, que algunos aman lo ajeno más que el suspiro de estar vivos, que son lenguaraces, que se cagan en todo como en ellos mismos. 

Si ya lo sabíamos. Pero no sé si les pasa, pero yo veo que esta pandemia puso a esta clase política al desnudo de su mas tremenda impudicia. Las vacunas y su aplicación a los “esenciales”, el desaliento de proyectos culturales como el cine en Caleta Olivia, el comienzo de año lectivo o el no comienzo del año lectivo, el acceso desigual de los bienes culturales por parte de nuestros niños en la escuela “publica”, el aumento denodado de los remedios, el gravamen que sufren los alimentos, la especulación de proveedores de supermercados, todo eso si, ya lo sabemos y lo vivimos cada día. 

Pero ¿no les da la impresión que esto ya es demasiado? ¿No les da risa este absurdo de moral de cuarta que tienen estos de la casta política? Y si, como dice mi amiga Miriam, mejor nos riamos porque ya lloramos demasiado. Pero hasta ¿cuándo vamos a llorar? ¿Hasta cuándo vamos a dejar que nos digan que somos unos payasos porque nos indignamos por la distribución espuria de la vacuna? ¿Hasta cuando vamos a soportar que nos digan que somos culpables de que ellos sean de moral débil?

No lo sé. No sé hasta cuando esto seguirá así.   Pero hoy, día que otoña los finales del verano en el sur del Golfo San Jorge, con este tiempo que logro recuperar para mí, sintiendo en mi cuerpo el paso del tiempo, recupero el deseo de poder salir de este círculo. Nada es un bloque cerrado, siempre hay un resquicio de luz que nos marca la grieta para abrirnos paso y salir. Salir a un momento nuevo para no morir atrapado en el tiempo continuo de la pandemia. Algo cambiará allí, eso solo depende de nosotros. Mientras tanto yo sigo aquí viendo el sábado transcurrir.