5 riogalleguenses vivieron la final del mundial en una colonia alemana en Brasil

La increíble historia fue protagonizada por 5 jóvenes de la capital santacruceña, entre ellos un integrante de esta cooperativa. A continuación la historia:

jueves, 17 de julio de 2014 · 00:00

 

 

Si bien no creo en las coincidencias, algo pasó en este viaje que me hizo creer que podría tratarse de una serie de ellas. Yo lo describiría como un delirio, entendiendo que el delirio es una linda locura, como el de miles de argentinos que decidieron viajar solo por un partido de fútbol, una locura que te hace sonreír de la felicidad, a eso llamo delirio.

Resulta que el pasado jueves, Lucas, un amigo que vive conmigo aquí en Buenos Aires volvió de trabajar alrededor de las 17.00 con el lamento de no poder asistir a la final de la Copa del Mundo, que se disputaría en Río de Janeiro. Luego él inició una broma, que casi sin quererlo, se transformaría en una experiencia de vida con ingredientes insólitos a lo largo del camino.

Un sueño tiene un alto porcentaje de anhelo por sobre la realidad que vivimos, para poder invertir la ecuación, hace falta un tercer factor que aparece espontáneamente y es la locura. Como lee, la locura puede invertir un cálculo matemático tan solo con hacerse presente y hace que el anhelo se transforme en realidad y eso es lo que Lucas Flores, un joven riogalleguense, necesitó para convencer a 4 amigos de la misma ciudad, de viajar a la ciudad del Cristo Redentor para asistir a un espectáculo que él nunca había visto, ya que, con 23 años no alcanzó a sentir el robo del ginecólogo mexicano Codesal a los 85 minutos en la noche de Roma.

Por eso, ésta oportunidad de presenciar, aunque sea en la misma ciudad, la final que el equipo de Sabella iba a disputar el pasado domingo. Fue así que al ver en su mano el recibo de sueldo que indicaba que este mes tocaba aguinaldo, Lucas decidió soltar entre bromas la idea. “Vamos a Brasil” fue la frase que dio comienzo a todo y la respuesta fue la misma, aunque en tono de broma para continuar con el juego. Él insistió con el “Vamos a Brasil” y cuando mi respuesta se repitió, el tono comenzaba a enseriarse. Las averiguaciones económicas arrojaron que desde Capital Federal el costo de la nafta y algo para comer de vez en cuando requería de, más o menos 9 mil pesos. La intención ya era real, tanto mía, como así también de mis hermanos, que entre sonrisas aprobaban la locura. Una amiga de Río Gallegos entendió la lógica de esta gran ilógica y también colaboro con nosotros, Carla, nuestra amiga de fierro empujaba nuestro sueño en dirección a Brasil.

El siguiente paso era conseguir el móvil y un compañero más que contara con dinero. Así, luego de pensar las alternativas decidimos que la manera más barata era viajar en auto, es por eso que recurrí a mi madre, bendita madre, para contarle las intenciones y de esa manera realizar el pedido de su Kangoo al que accedió entendiendo que era una oportunidad única para un grupo de locos por el fútbol dijo: “Ahora averiguo mientras tanto habla con tu padre yo no sé si es buena idea... pero entiendo también que capaz que nunca más”, el cielo se acercaba a nuestras manos. Faltaba un aventurero mas y luego de preguntar a varias personas pude conectarme con alguien en especial, en quien yo había pensado ni bien surgió la iniciativa, Elías, con quien desde enero más o menos resaltábamos lo hermoso que sería poder vivir la Copa en Brasil, ya que para nuestro futbolero entender, es el único país en el que este deporte se vive de manera similar al nuestro.  Su respuesta fue inmediata: “Tengo la guita! Por favor vayamos. Hagan lo imposible que yo ya empecé”.

19 horas después, la broma quedaba totalmente atrás. Termo con agua caliente, mate, guitarra, bongó, güiro y ukulele eran nuestros compañeros para amenizar el viaje que deparaba 2533 kilómetros. La autopista Panamericana vio  el nacimiento de una Renault Kangoo con 5 jóvenes de 21, 22 y 23 años, también escucho de fondo los acordes del himno tribunero “Brasil decime que se siente”. El viaje continuaba hacia el norte por la Ruta Nacional N°14 que nos llevaba hasta Gualeguaychu donde nos detuvimos a visitar a mi madre, quien fue una de las hacedoras del sueño.  Después de dos horas nos dispusimos a continuar viaje pero la camioneta ponía a prueba nuestro optimismo y no arrancaba, por lo que tuvimos que quedarnos 4 horas más allí hasta que por fin arrancó. Volvimos a la ruta 14, Colón, Concepción del Uruguay, Federación, Chajarí, Curuzú Cuatía y finalmente Paso de los Libres. Metros nos separaban de Brasil, al igual que a los otros 300 vehículos argentinos que pretendían, al igual que nosotros, llegar a Río para acompañar a la selección, 4 horas después la ruta nos esperaba de nuevo. Las opciones eran la autovía a Porto Alegre y la 472 que recorría el interior de la región, cosa que finalmente hicimos. Pasamos por las ciudades de Itaqui, São Borja, São Luiz Gonzaga, Ijuí, Carazinho, Passo Fundo, Erechim, donde otro escollo se presentó. La ruta que debíamos seguir estaba cerrada por intensas lluvias que en las horas anteriores habían detereriorado mucho la calzada. El desvío obligado era hacía el pueblo de Marcelino Ramos, para de allí cruzar en balsa el río Uruguay y así pasar al estado de Santa Catarina y seguir viaje. La espera se hizo larga y optamos por amenizar la fila haciendo nuestra música la cual atrajo a argentinos y brasileros sin ningún tipo de chanza. El camino para continuar una vez cruzado el río no se presentaba óptimo ya que el ripio y la inclinación lo hacían un terreno difícil para conducir y eso lo pagó la camioneta que dejó de traccionar.

Allí una vez más parecía agacharse la cabeza pero el optimismo y las ganas de disfrutar prevalecieron. Un mecánico lugareño nos auxilió y diagnosticó que hasta el lunes no podíamos salir de ese pequeño poblado. El plan era acomodar el equipaje para que todos quepamos en la camioneta y así poder dormir algunas horas, pero esa preocupación pasó a un segundo plano cuando llegó la hora de la cena. En ese momento uno de los mecánicos, hijo del dueño del taller, nos acompañó a cenar. Allí contamos por primera vez la historia que nos tenía en ese lugar, a la dueña del lugar y a un curioso que con una cerveza en la mano escuchaba de costado, él invitó las primeras dos cervezas para pasar el mal trago rompieron el hielo. El fútbol fue el primer tema de charla, los quehaceres de cada uno el segundo y el tercero la economía en uno y otro país. Después de cenar y haber sumado a algunos lugareños mas a la mesa, Alexandre, Sabrina y Anderson, llegaba la hora de descansar y allí el hombre curioso, apodado Beto, se puso firme y no permitió que durmiéramos en la camioneta. A las dos horas de habernos conocido, el hombre nos abría las puertas de su casa junto a su familia y nos invitaba a pasar el día juntos el domingo. Justo el día clave, el que le daba sentido a esa aventura, Alemania – Argentina, Argentina – Alemania, EL día. El domingo comenzó temprano con un pequeño viaje a Cruz e  Sousa donde nos esperaba un asado gigante para alrededor de 400 personas. Me olvide de mencionar que estos pueblos son colonias alemanas, por tanto todas las personas que estaban en dicha fiesta eran brasileros de descendencia alemana y nosotros 5 Argentinos allí, en el profundo Brasil, compartiendo con ellos. Éramos una figura desubicada en esa imagen, porque simplemente no era explicable que allí hubiera cinco argentinos, por eso mismo para los anfitriones resultaba divertido y se acercaban a preguntar qué hacíamos en ese lugar, historia que se repitió tantas veces como se preguntaba. Al ser una fiesta familiar, no faltaban los niños que asombrados pedían fotos, al igual que los jóvenes y personas grandes.  Luego del “Churrasco” como ellos llamaban al asado, comenzó la música, con una banda que interpretaba una suerte de cuarteto a su manera. Pero para nosotros había cosas más importantes que eso, se definía la final de la Copa del Mundo, el mayor evento futbolístico del globo y nosotros teníamos la cabeza en esos 90 o 120 o más minutos que fueran a jugarse, ahí estábamos nosotros viviendo nuestra primera final del mundo de una manera más que particular, pero en un clima distendido a pesar de la importancia del partido no existió la rivalidad que aquí desde chicos nos inculcan solo por ser rivales en el juego más hermoso del mundo.

Los minutos pasaban y el grito de gol no llenaba ninguna de las gargantas presentes, salvo en  aquella jugada en la que Gonzalo Higuaín convirtió en posición adelantada y algunos lo festejamos con alegría vana. El análisis presumía una superioridad nuestra que nos dejaba un poco más tranquilos. Otra vez Sabella se hacía protagonista del partido desde el banco, pero llegó el momento de fama para Mario Götze que refutaba los análisis y confirmando el dicho futbolero que los goles no se merecen, se hacen. Inevitable fue la tristeza posterior y las lagrimas menos aún. En ese momento el gran corazón hizo que los que festejaban, preferían consolarnos ante la gran tristeza de la ilusión creada y perdida. Los abrazos y cervezas eran las maneras de ellos para intentar apaciguar el pesar futbolero de los cinco visitantes, justo ahí comenzaron a estrecharse los lazos que el fútbol tiende, pero que parecen invisibles. A pesar de mi llanto, mi sensación era de felicidad porque no podía creer esa situación, la gente que no nos conocía y que apenas sabía de dónde veníamos nos abrazaban y secaban el llanto inexorable del momento.

De a poco esa sensación se fue apaciguando, pero aun seguía ahí y dormir iba a hacerse difícil ese domingo.

En la mañana del lunes la preocupación era otra ya y el interés era arreglar la camioneta para poder volver a Argentina y los rumores de los 5 argentinos llegaron a todo el pueblo, incluso la Prefeita (Intendenta) de Alto Bela Vista, Catia Tessmann Reichert quien al escuchar de boca de los vecinos la historia se interesó en conocernos y ahí fuimos, sin entender demasiado lo que pasaba, el porqué del afecto. Allí le agradecimos ese cariño y al mismo tiempo que ella nos invitaba a volver cuando quisieramos.

A cada paso descubríamos cosas buenas en ese remoto lugar, fue así que luego de visitar a la intendenta, fuimos a conocer el nuevo centro cultural del poblado, en ese lugar, un grupo de niños ensayaba una coreografía junto a su profesora pero cuando llegamos la atención se distrajo y los pequeños, luego de sentarse en el suelo, comenzaron a preguntarnos distintas cosas, pero una en particular nos consultó si nosotros estábamos tristes por la derrota de la selección a lo que respondí que la derrota es otra cosa, a nosotros ese partido y toda la situación que rodeaba nuestro viaje, nos dieron la oportunidad de conocer el enorme corazón de las personas de allí, a lo que ellos escuchaban con suma atención, como si el que hablara fuera una celebridad, con asombro e interés.

La travesía comenzaba a concluir, aunque las ganas de volver eran casi inexistentes, debíamos hacerlo. La idea de volver ese mismo lunes comenzó a dilatarse y un detalle en la caja de cambios de nuestra camioneta hizo que decidiéramos, casi como buscando una excusa para hacerlo, quedarnos esa noche para partir el martes por la mañana, cosa que finalmente hicimos.

La cena final fue en el mismo lugar que nos vio llegar cuando ya nuestra suerte indicaba que debíamos permanecer ahí y que Río ya no era posible, Magali, la dueña del lugar junto a su hija, Gabriela, de quien ya les contaré, nos recibió una vez más allí. Esa noche tenía un aroma de despedida y por eso Gabriela, una niña de 9 años nos regaló un dibujo hecho por ella, porque se había encariñado con nosotros, al igual que nosotros con ella, porque nos asombraba que con su corta edad ella estudiara, jugara al futsal, bailara y también trabajara allí con su madre, haciendo quizás más cosas que nosotros.

Unas cervezas más se hicieron presentes con la excusa de la despedida, aunque por lo contado se podrán dar cuenta que somos grandes buscadores de excusas. Nosotros les brindamos a manera de agradecimiento unos temas de rock nacional y cumbia, interpretados por Lucas en la guitarra y vos, quien escribe en percusión y Elías con su güiro, quizás un factor más para consolidar nuestro afecto, Seguir viviendo sin tu amor, El tiempo no para y Sin cadenas de Los Pericos fueron algunos de los temas con los que tratamos de afianzar el cariño existente. Ya nos había unido el fútbol, el asado y ahora la música también lo hacía.

La noche pasó y la mañana nos encontraba preparando el regreso, pero no podíamos volver sin fotografiarnos con quienes nos recibieron, tanto con Beto, quien nos dio su casa a Elías, Lucas y a mí, como así también al mecánico Hedo, quien junto a sus hijos Jonatan, Jeferson, Jacson y su mujer Ivanette, también nos abrieron el corazón.

La despedida fue rápida, para evitar todas esas cuestiones que conciernen a las despedidas, como las lagrimas y las palabras que se hacen inentendibles cuando llega el momento, simplemente porque es difícil llorar y hablar a veces.

Nuestro viaje tuvo todos los ingredientes, algunos imaginados y otros impensados, quizá casi como fue la aventura en si misma. Nosotros partimos hacia el suroeste no sin antes pasar por la casa del hombre de campo que nos socorrió y que fue quien se comunicó con el pueblo para solicitar un mecánico para nosotros, Ricardo es su nombre. Ahora si, el viaje de vuelta comenzaba, el viaje de vida continuaba. La vuelta nos cruzó nuevamente con Erechim, Passo Fundo, Ijuí y demás pueblos. Físicamente volvíamos a Argentina, pero afectivamente, nuestro corazón quedó allí, entre las montañas que abrazan a Alto Bela Vista, donde el calor de su gente es mayor que el del sol por las mañanas, donde la gentileza es moneda corriente, más que los reales, allí donde 5 argentinos oriundos de Río Gallegos, vivimos la final del mundial de otra manera, muy distinta a la historia que pueda contar alguno de los miles que logró llegar a Río.

En nombre de mis compañeros de aventura agradezco a nuestros padres antes que nada, que bancaron nuestra ilógica, entendiendo que esa era una oportunidad única, ellos son Luis, Mirta, Carmen, Luis, Jorge y Angelica. También al pueblo de Alto Bela Vista en su totalidad, desde su prefeita, hasta a los más pequeños quienes nos brindaron su amabilidad desinteresadamente, subrayando el corazón gigante de quien nosotros llamamos, el Mascherano de Alto Bela Vista, Beto Maltauro, quien, como anteriormente les conté, nos abrió las puertas de su casa tan solo un par de horas después de habernos conocido. A los Pott, por su humildad y afecto, a la gente de Cruz e Sousa, Peritiba y Concordia, poblados cercanos al nuestro que vivió el partido con nosotros dejando un recuerdo único en nuestras cabezas. A Carla Maimo, nuestra gran amiga que colaboro en esta locura nuestra.

 

La promesa de volver está tan latente como las ganas y nuestra invitación para todo aquel que lea este texto también, ya que en el pueblo que nosotros adoptamos como nuestro, las puertas de las casa se abren con el corazón, no con las manos. Los 5 aventureros de este viaje son Lucas Flores, Elías Corsini, Gaspar, Gabriel y Julián Quirós, este último soy yo, quien oficié de narrador de este delirio.