El crimen del ex secretario de Cristina: un extraño cofre y el misterio del cuarto asesino

Fabián Gutiérrez fue asesinado el 2 de julio pasado. Por el caso hay tres jóvenes detenidos y procesados, pero creen que pudo haber más involucrados.
viernes, 24 de julio de 2020 · 11:19

Un kilo de papas, medio de limones, un paquete chico de pan lactal y una botella de agua mineral. Fabián Gutiérrez entra al supermercado a las 19.28. Se cubre la nariz y la boca con un barbijo negro. Tiene una campera verde oscura con capucha, un jean negro y zapatillas marrones de trekking, indispensables para no patinar en las calles heladas de El Calafate , en Santa Cruz. Pasan solo tres minutos y ya está en la cola para pagar. Lo hace en efectivo, con billetes que guarda sueltos en el bolsillo delantero izquierdo del pantalón. Tres minutos más y ya está cruzando la calle hacia su camioneta. Es un jueves cualquiera y la temperatura es de cero grado. Nadie sabe que las cámaras del súper que lo filman con la compra serán sus últimas imágenes con vida; que en menos de 48 horas su cuerpo será hallado semioculto en la tierra helada de un barrio alejado y mucho menos que el joven que lo espera ahora mismo, sentado en su camioneta, será quien lo conduzca hacia una muerte feroz.

Gutiérrez sólo ha pasado una noche en la casa donde será atacado un rato más tarde. El miércoles 1º de Julio se había mudado a ese lugar luego de que se desocupara tras un alquiler. Estaba ansioso por la mudanza. Vivía con su hermana, su cuñado y sus sobrinos en una casa del barrio Aeropuerto Viejo pero ahora quería más privacidad, según le contó a Matías Lescano, uno de los tres amigos que lo habían ayudado a mudarse. El miércoles a la noche, ya instalado, cenó con ellos (Matías, Wilson y Kevin) y estuvieron juntos hasta la madrugada. Esa misma noche habló por teléfono con la última pareja estable que había tenido, Según le dijo Matías a la Policía, discutieron.

Su pareja era Mauro Francisco, un actor que meses antes había empezado a ser invitado a los programas de chimentos porque había roto su relación anterior con el conductor de radio y TV Oscar González Oro.

-¿Te acordás de lo que hablaron con Gutiérrez? ¿Te dijo si tenía miedo por algo?, le preguntó Clarín.

-No voy a hablar. Todo esto es un horror. No voy a decir nada de nada porque estoy de duelo-, contestó el actor, que está en Buenos Aires.

El plan para asaltar a Fabián Gutiérrez pudo haber comenzado ocho meses antes. Este año, cuando el ex secretario de Néstor y Cristina Kirchner llegó a El Calafate para hacer allí la cuarentena y se instaló en la casa de su hermana, hace poco más de dos meses, ya era un blanco móvil.

Facundo Zaeta -quien había conocido a Gutiérrez en Buenos Aires y ahora es quien lo esperaba a la salida del supermercado- cuenta que empezaron a escribirse por Telegram -es más privado que WhatsApp, explicó- y que él le enviaba fotos para incentivar futuros encuentros sexuales. Sin embargo, Zaeta dilataba esos encuentros.

Un cuaderno hallado en su casa tiene lo que fuentes de la investigación interpretan como un bosquejo básico de plan para el ataque y anotaciones a mano de una página impresa de la versión digital del diario Ámbito Financiero donde dice que Gutiérrez había sido procesado por lavar dinero de la corrupción. La publicación es del 4 de noviembre del año pasado. Cuando Facundo Zaeta hizo esas anotaciones en ese cuaderno -una pieza de tapas blandas con un paisaje montañoso, de espiral, marca América- alguien acababa de pensar una idea siniestra.

¿Fue a él a quien se le ocurrió, o a un tercero?

Otra vez declara Matías, el amigo con quien Gutiérrez compartía todo tipo de secretos: “El año pasado, en septiembre u octubre, nosotros estábamos justo en Buenos Aires. Me quedé tres días en el departamento de Fabián. Una noche vamos a una hamburguesería y me dice que tiene que contarme un secreto. Me empezó a mostrar en su celular que se escribía y hablaba con Facundo Zaeta, que le mandaba fotos y hablaban bastantes cosas. No sé si en el sentido de extorsionar, pero Facundo le decía que si alguien más se enteraba de que ellos se estaban escribiendo no iban a verse”.

Pocos días después de eso, Zaeta guarda en el cuaderno con la tapa del paisaje montañoso la nota periodística sobre su nuevo amigo. La que hablaba de lavado de dinero. Allí anota también algunas direcciones y los nombres de otras personas procesadas en la misma causa que Gutiérrez.

Lichess
Desde ese momento, los mensajes privados se incrementaron en número y en voltaje sexual, según cuenta en el expediente otro amigo de la víctima, Daniel Quiroz: “En enero o febrero de este año (2020) Fabián me empieza a contar las conversaciones que tenía con este chico y me empieza a mandar fotos. El lo llamaba El Chico o El Pibe porque este chico no quería que se supiera su nombre y apellido. Me manda fotos muy privadas y me dice que él las tenía que borrar de su celular para no tener problemas con su pareja. Yo le dije que me parecía un lindo pibe y quedó ahí. Después, en otros audios que me envía me comenta que estaba ansioso para que le entregaran la casa, porque este chico quería que se juntaran tres o cuatro días en la casa de Fabián para distraerse. Supongo que para tener sexo. Fabián estaba muy emocionado esperando para estar con este chico. Todo el tiempo me hablaba del “pendejo de 19”. Que estaba ansioso por la entrega de la casa para cocinarle, para estar solos, para que nadie supiera…”.

Cuando comenzó a seducir a Gutiérrez, Zaeta estaba de novio con Fiona Wyss, una celebridad en El Calafate desde que bailó en el Teatro Colón ante el ex presidente Macri, Angela Merkel y otros líderes mundiales durante el último encuentro del G20 en Buenos Aires. Fue la noche en que Macri lloró de la emoción.

Fiona y Facundo siguieron su relación hasta la noche del crimen: la preocupación principal de Facundo tras el asesinato era llamar a su novia a la madrugada para decirle que todo estaba bien y que no había ido a dormir con ella porque se había quedado hasta tarde con sus amigos. Lo que había estado haciendo, según el procesamiento del juez Carlos Narvarte, era golpear, torturar y matar al hombre al que había estado seduciendo desde fines del año pasado. El hombre que había buscado acelerar su mudanza porque estaba emocionado para poder encontrarse con él y que le había dicho a sus familiares y amigos que no lo molestaran porque iba a estar ocupado hasta el domingo.

Zaeta, hijo de una familia “notable” de El Calafate y nieto de un escribano que escrituró varias de las propiedades de Néstor y Cristina Kirchner, dice que el plan para asaltar a Gutiérrez le fue propuesto dos meses antes del crimen en un lavadero de autos por su amigo Facundo Gómez, con quien solía andar en moto por los alrededores de la villa turística. Con él se conocían desde chicos: habían ido juntos a la secundaria.

El plan era sencillo pero a la vez inverosímil: Zaeta se haría invitar por Gutiérrez para un encuentro sexual, entraría, reduciría a la víctima y le taparía los ojos y luego entraría Gómez con otro cómplice para robar la “plata negra de la corrupción” (así lo escribieron en el cuaderno) que estaría escondida en la casa o en otro sitio que Gutiérrez les diría. Luego, todos se irían lo más campantes.

Según Zaeta, Gómez lo convenció con una frase definitiva: "Después del robo vas a tener que rellenar el colchón de la cama con dólares".

¿Y por qué Gutiérrez no los denunciaría? Porque como era “plata de la corrupción” no podría hacerlo porque hubiese quedado más expuesto de lo que estaba, dicen los jóvenes detenidos que razonaban entre ellos. ¿Sería realmente así?

Los acusados
De entrada, parece estar claro que la única forma de asaltar a Gutiérrez de ese modo y evitar ser denunciados era matando a la víctima. Con los hechos consumados, eso declara Zaeta, argumentando haber sido engañado en la ingenuidad de sus intenciones iniciales: “Gómez entró directamente a matarlo”, dice. Y dice algo más: que ese joven, tras el crimen, les dijo a él y al otro implicado -Pedro Monzón, novio de una prima de Gómez y empleado suyo en una agencia de autos- que se llevaran un televisor, un equipo de música y una caja de habanos.

¿Para qué necesitaba Gómez “simular” un robo llevándose electrodomésticos irrelevantes para ellos -ni Zaeta ni Gómez son chicos marginales y vivían con todas las comodidades- una vez que Gutiérrez estaba muerto?

Esa pregunta sobrevuela aún el expediente, además de un botín fantasma, de un jean que aparece y desaparece y de un extraño cofre manchado con sangre.

El jean fue visto por Matías y Wilson cuando fueron a la casa de Gutiérrez para ver por qué su amigo no les contestaba el teléfono, el viernes al mediodía, unas 12 horas después del asesinato. Allí dicen que rodean la casa tratando de mirar hacia adentro, que tiran piedras al techo para ver si Fabián los escuchaba y que ven la camioneta sucia con barro y con el espejo retrovisor izquierdo (del lado del conductor) roto. En la cabina ven un jean negro con “una pierna normal y la otra dada vuelta”, como si se lo hubieran sacado de apuro.

De allí van a un gimnasio y vuelven un rato después con un tercer amigo. Vuelven a mirar en la camioneta, abren la puerta del acompañante esta vez -dicen que estaba sin traba y que la vez anterior no se dieron cuenta- y ven que el jean negro… ya no está. La familia de Gutiérrez y la Policía llegaron recién 40 minutos después de eso.

Monzón declara que el jean lo había llevado él y que luego fue a sacarlo de la escena del crimen porque tenía sus huellas. Apenas unas horas antes, él y los otros acusados habían salido de allí vestidos con ropa de Fabián Gutiérrez que sacaron de sus placares para lucir diferentes a como habían llegado, por si alguien los hubiera visto. Si realmente él volvió a sacar el pantalón de la camioneta, es un extraño regreso al lugar de donde todos dijeron que querían irse rápidamente tras el crimen.

Matías declara algo más: que en la parte trasera de la camioneta había una alfombra y un cofre “como de adorno”, junto a la campera de la víctima -la misma que había usado en el supermercado- manchada de sangre, lo mismo que el cofre y “cajas”. Aún es un enigma qué contenía ese cofre y si lo cargaron los asesinos junto al cuerpo de Gutiérrez o ya estaba allí. ¿Había efectivo guardado, el famoso “dinero negro” que buscaban los asesinos? ¿Lo pusieron ellos junto con las cosas que llevaron a la cabaña para simular un robo común o la víctima andaba con ese cofre en la camioneta por todas partes?

Los otros misterios son los del cuerpo y el botín. Cuando se quiebran ante la Policía, dos de los jóvenes dicen que dejaron el cuerpo en una cabaña y, junto a él, los 90.000 pesos (o dólares, según quien lo cuente) que Zaeta le había robado a Gutiérrez apenas entró a la casa donde la víctima acababa de mudarse. Pero el cuerpo no estaba donde dijeron los asesinos sino semienterrado a pocos metros de allí. Y la plata no estaba en ningún lado.

Es en base a todos estos indicios que algunos investigadores creen que podría haber un cuarto implicado en el crimen que volvió a los sitios clave después de que se fueron Zaeta, Gómez y Monzón, o incluso que participó con ellos en algunas de las instancias previas. ¿Fue él quién trató de enterrar el cuerpo o ayudó a hacerlo y quien se llevó el botín?

Hay otro punto en la secuencia criminal de esa noche que queda oscuro y casi elimina la idea de que lo que planificaron fue un asalto sin intenciones de matar. Después de ser reducido por Zaeta y cuando ya Gómez y Monzón habían entrado a la casa para buscar el “tesoro escondido”, Gutiérrez consigue zafar, se pone de pie y corre hasta un baño de la planta baja, donde logra encerrarse.

En ese punto pudo terminar todo y los ladrones pudieron haber escapado convencidos de que Gutiérrez no los denunciaría porque ya le habían robado dinero y era plata “negra”, como ellos decían. Sin embargo, los ladrones van sobre la víctima otra vez, derriban la puerta del baño y se ensañan con Gutiérrez torturándolo, ahorcándolo con un cable y una venda deportiva y finalmente atacándolo con un puñal y aplastando su cabeza con una piedra. Eran una jauría sobre un cordero indefenso.

Todo parece indicar que lo único que querían era torturarlo para sacarle información y finalmente matarlo, como lo hicieron sin contemplaciones.

La autopsia de Fabián Gutiérrez
Si fue así, y Gómez realmente fue la voz cantante, no está claro si el asalto se transformó en la ira inexplicable de chicos cegados por la droga o si el plan para matarlo tenía otras motivaciones y el asalto fue sólo una excusa.

Es inexplicable que, cuando Zaeta ya estaba en la casa con Gutiérrez dominado -”apenas entré le pegué dos golpes en la mandíbula porque practico boxeo y lo desmayé”, contó él mismo-, luego llamara a Gómez y Monzón y, en lugar de abrirles la puerta, los hiciera entrar por una ventana con mosquitero tras romper esta tela metálica con un cuchillo.

Sólo se explica si estaban montando la escena de un robo ya con la idea de matarlo. En esta hipótesis encaja también perfectamente que se llevaran tras el asesinato un televisor, un equipo de audio y una caja de habanos, de escaso valor para chicos de familias sin privaciones como ellos.

En el expediente aparece de costado un dato inquietante. Repasando todas las declaraciones, se ve que los tres jóvenes que están en la casa de Fabián Gutiérrez hablan por teléfono y envían mensajes de textos y audios a personas que están afuera. Se están comunicando con el exterior mientras torturan a Gutiérrez. Zaeta, incluso, obliga a la víctima a darle la clave de su iPhone con carcasa roja, y utiliza también este teléfono mientras está en la escena del crimen.

Uno de sus cómplices cuenta que, mientras lo hacía, le gritaba a Gutiérrez, que agonizaba: "No quisiste por las buenas... y esto te pasa por las malas".

Zaeta quedó preso en la Comisaría Primera de El Calafate donde sus padres le llevan comida casera todos los días. Sus abogados debieron presentar una queja ante el juez porque el chico no puede desayunar: por alguna razón de seguridad interna, los policías de la seccional no le permiten recibir galletitas empaquetadas. Quizá sea por la insólita situación que pasó con los otros detenidos.

Gómez y Monzón están presos en la otra comisaría de la ciudad, la Segunda. Increíblemente y mientras estaban incomunicados, Gómez le pasó a Monzón varios papelitos con mensajes en los que intentaba manipularlo. Esas “cartitas” improvisadas de puño y letra se las dio al juez el propio Monzón.

Una dice: “No te voy a dejar tirado nunca. Menos en ésta. Hay que incriminar a una sola persona. Pensá las cosas antes de hablar. No me incrimines”. Abajo escribe un “código morse” casero para comunicarse de celda a celda a través de golpes en la pared: “Dos golpes: estás. Un golpe: estoy. Tres golpes: te quiero, bro (brother, hermano). Fuerza”.

La segunda es más interesante: “El robo existía desde el principio, teles y demás. Lo mata porque se escapó. Nunca lo tocamos al cuerpo para pegarle, ni vos ni yo. (Fue) Facundo (Zaeta) todo el tiempo, loco y exaltado. Hasta que llegaste nunca sabías que ibas a la cabaña, nunca lo dijo. Hablamos para irnos dos o tres veces pero por miedo a lo que (Zaeta) pueda hacer y los nervios que teníamos nos cegaron. No hay que mentir en nada. Yo no limpié nunca. Yo estaba arriba con la tele y vos abajo, se suelta y subiste. Bajó Facu (Zaeta) corriendo, le pegó varias veces y lo ahorcó. No mintamos. Te quiero hermano. Juntos hasta el fin”.

Por el modo en que está escrito, cada vez que dice “no mintamos” parece significar todo lo contrario. ¿Por qué, sino, haría falta recalcar toda una secuencia de hechos e intenciones?

Cuando dice “el robo existía desde el principio, teles y demás” se podría interpretar que eso era justo lo que no existía y se trató de disimular.

La tercera carta profundiza sobre los consejos acerca de lo que debían decir, que no parece ser lo que en realidad ocurrió: “Cuando entramos había mucha sangre. Facundo le hablaba y le decía que él se iba a ir y venían otros dos tipos por él. Nunca se habló de robar plata. Todos los golpes son de Facundo. Fuerza, hermano. Vamos a salir de ésta pero juntos. Perjudicarnos no nos lleva a nada. Te quiero hermanito”.

Monzón entrega las cartas pero la primera vez declara tal cual se lo pide Gómez: que toda la responsabilidad del ataque a Fabián Gutiérrez -la planificación, el asalto, los golpes, las torturas, el crimen- es únicamente de Facundo Zaeta. Luego cambia y también involucra a Gómez.

Entre los abogados de Zaeta apareció Carlos Telleldín, el hombre procesado por haberle vendido la famosa Trafic blanca a los terroristas que volaron la AMIA. Entre sus experiencias como abogado figuran la defensa del cura Grassi y de algunos de los miembros de la banda de narcos Los Monos, en Rosario.

-¿Y cómo llega usted a este caso?-, le pregunta Clarín.

-Yo tengo estudio jurídico acá en Santa Cruz, en Río Gallegos, igual que en otros lugares del país como Rosario y Córdoba. En este caso particular, me sumé a la defensa de Facundo para hacer trabajo de campo.

-¿Cómo es eso?

-Yo estudio la causa y doy un panorama para que la verdad jurídica sea lo más cercana posible a la verdad histórica…

-¿Y por qué son diferentes?

-Porque en el expediente se va armando un panorama pero muchas veces actúan prejuicios y preconceptos que no tienen que estar porque allí sólo van las pruebas. La idea es que los hechos del expediente sean solamente los comprobados y no otros.

-¿Qué piensa de todo esto la familia de Zaeta?

-Ellos están destruidos, lógicamente.

-¿Pero qué piensan que ocurrió, por qué Facundo habría hecho esto?

-No tienen la menor idea. Nadie se lo imaginaba ni remotamente.

-¿Y cómo van a defenderlo?

-Nosotros presentamos un escrito con la declaración de Facundo y vamos a ajustarnos a eso, que es la pura verdad. Tanto es así que el juez empezó a allanar algunos lugares que indicó Facundo y está encontrando todo lo que decimos. También apelamos el procesamiento porque entendemos que muchas cosas sobre la participación de cada uno no están probadas.

Lo que Zaeta dijo es que todo fue culpa de Gómez. Los abogados intentan vincular, además, a Gómez con Fabián Gutiérrez de este modo: el padre de Gómez tiene una agencia de venta de autos y la hipótesis es que Gutiérrez lavaba dinero a través de esa operatoria.

“Gómez tenía cuatro Renault 12 y ahora tiene 11 camionetas RAM que valen 40.000 dólares cada una”, dice Telleldín. La Justicia comenzó a investigar esta pista en base a otro dato del expediente: cuando le preguntaron a uno de los amigos de Gutiérrez si sabía a qué se dedicaba Fabián actualmente, contestó: "se ocupa de la compra y venta de vehículos”.

En esta pista, aún en exploración, se abre la hipótesis de un “cuarto asesino” como una figura que no necesariamente podría ser una sola persona.

Altas fuentes de la investigación dijeron a Clarín que habría datos sobre otras dos personas que no están en el círculo íntimo de los adolescentes detenidos pero que pudieron haber tenido algún tipo de participación -directa o indirecta- en las torturas a Gutiérrez y en el entierro del cuerpo y la desaparición de los 90.000 pesos o dólares robados.

Ahí las motivaciones reales del crimen acaso podrían girar hacia otro lado. Por alguna razón, el juez les ha preguntado a cada uno de los imputados si conocen a alguien que vive en la ciudad hace bastante tiempo y suele presentarse con dos nombres diferentes.

Es notable que los abogados de la familia de la víctima también salieran a plantear en el expediente que se investigue la presunta participación de más personas en el crimen o en su encubrimiento. De este lado de la causa hablan de “dos testigos” que podrían aportar algún dato nuevo sobre eso.

Lo cierto es que los dos jóvenes que llevaron el cuerpo hasta la cabaña donde lo encontraron (un predio que alquilaba Gómez de palabra a un amigo de Buenos Aires) dijeron que el cadáver quedó “en el baño” y que allí mismo dejaron la plata robada. Pero el cuerpo no estaba allí sino enterrado bajo un árbol, a pocos metros. ¿Cuál sería el sentido de, una vez que confesaron haber llevado el cuerpo hasta allí, decir que lo dejaron en un lugar en vez de en otro? ¿Fue alguien detrás de ellos a enterrar el cuerpo y a llevarse el dinero que estaba junto al cadáver?

Otro punto es si Facundo Zaeta estuvo realmente interesado alguna vez en una relación homosexual o si fingió su elección sexual desde la primera vez en que se comunicó con Gutiérrez sólo para seducirlo y acceder al encuentro a solas que estuvo cultivando cuidadosamente durante meses. Si fue así, ¿realmente semejante planificación pudo ocurrírsele sólo a él?

Fabián Gutiérrez empezó a trabajar con los Kirchner siendo dueño de un auto viejo y sin tener casa. Cuando terminó tenía 36 propiedades, 35 autos y tres embarcaciones. La cantidad de coches es un indicio de que parte del lavado de dinero por el que lo procesó la Justicia habría sido a través de la compra de vehículos. ¿Seguía actualmente con la actividad? ¿Guardaba aún más “dinero negro de la corrupción” para blanquear aún después de haber declarado como arrepentido? Si fue así, ¿dónde tenía guardado el efectivo?

El tiempo en que fue torturado antes de morir -pudieron ser horas- es un indicio claro de que sus asesinos buscaban información puntual y específica sobre algo que iba mucho más allá de 90.000 pesos o dólares, un televisor, un equipo de música y una caja de habanos.

Fabián Gutiérrez no era un testigo protegido porque no lo pidió. ¿Cómo iba a hacerlo, si quien dirige ese programa en el Gobierno es un hombre que responde directo a Cristina Kirchner, la ex jefa a quien Gutiérrez le declaró en contra?

Ahora era un hombre a la deriva, con una fortuna embargada pero a su vez imposible de ocultar. Y acaso un tesoro en efectivo que sigue despertando todo tipo de fantasías en la villa turística.

El Calafate, la ciudad más cercana al imponente glaciar Perito Moreno, sigue en shock por el caso, 20 días después. Es el lugar en el mundo de Cristina, cuya casa allí fue allanada justamente para buscar los lugares donde se podrían haber ocultado los bolsos que viajaban desde Buenos Aires y que el propio Fabián Gutiérrez dijo haber trasladado hasta allí, cuando declaró como arrepentido en la causa de los cuadernos de la corrupción.

Gutiérrez -que este sábado 25 de julio hubiese cumplido 47 años- trabajó allí mismo muchas veces. Tras ser torturado y asesinado, los criminales envolvieron su cuerpo en una alfombra, lo cargaron en la caja de su propia camioneta y emprendieron el viaje final para deshacerse de él. En el camino, contó uno de ellos, “doblamos por la casa de la Presidenta”.

A veces las ironías del destino son un exabrupto: en aquel viaje final hacia la cabaña donde lo encontrarían menos de 48 horas después, el cuerpo del secretario de Cristina pasó por la puerta de la casa de su ex jefa.

Desde el día en que se conoció la noticia, ella tuiteó 10 veces sobre diversos temas, incluso con humor. Pero no dijo una palabra sobre el crimen atroz del hombre que había sido su sombra. 
 

​*Informes: Lucía Salinas y Nicolás Revello (desde Santa Cruz).