Historias de Patagonia: La abuela Pura

Cae la noche y con ella el miedo. La joven viuda Pura Fernández arma su trinchera. Corre los muebles, bloquea la entrada con sacos y bolsas de harina y empuña el viejo trabuco. Es una escena que se repite allá en Paso Ibañez, hoy Comandante Luis Piedrabuena.
domingo, 23 de junio de 2019 · 01:44

* Mario Novack 

Cuenta las horas y vive como eterno ese infierno que le toca vivir luego del asesinato de su marido José Rogelio Ramírez, español como ella. Los cinco críos, sus hijos, duermen todos en la misma cama, como dándose abrigo y para su madre, la certeza de protegerse juntos.

El comisario del pueblo la quiere cazar, como una presa, la acosa para que sea su esposa. Es por ello que todas las noches se repite el simulacro de barricada en su casa. No le ha sido fácil esta gallega de Vigo vivir en esta tierra sureña. Había llegado a la Argentina con 15 años de edad.

También joven se casa con un español, de apellido Martínez, que era carrero radicado en Paso Ibañez, Santa Cruz. La fatalidad comienza a ensañarse con ella. Su esposo Martínez, en una mala maniobra en el atraque a los barcos cuando se producía la descarga, se accidente y  muere producto de heridas recibidas.

Pura Fernández se casará luego con José Rogelio Ramírez, quien se desempeña como chofer de la familia Lewis, propietaria de una estancia en la zona centro de la provincia. Pero pronto llegaron los sucesos de la Patagonia Trágica en 1921 y nuevamente la historia de la abuela Pura dará un dramático vuelco.

Dice Osvaldo Bayer en su obra..” Pero tal vez de todos los ajusticiamientos, el más injusto fue el del pescador español José Rogelio Ramírez, padre de cinco hijos. Si bien fue huelguista se limitó a llevar a Outerelo y Descoubiére en un automóvil requisado. Hay un testimonio revelador (expediente V, núm. 113, año 1922, p. 1.679) del estanciero inglés Guillermo Lewis (52 años de edad con 24 de residencia en el país, dueño de la estancia “Cañadón Toro”).

Dice que el 16 de noviembre de 1921 lo tomaron prisionero ocho huelguistas que iban al mando de Descoubiére y que lo trasladaron como rehén a Paso Ibáñez. Pero que a pesar de eso le permitían ir a visitar a su familia que se encontraba en la estancia “Semino”. Para hacer esas visitas lo llevaba en auto el español José Rogelio Ramírez. Que cuando los huelguistas decidieron entregar todos los rehenes a Varela y embarcarlos en un cúter, José Rogelio Ramírez fue en busca de la familia de Lewis a la estancia “Semino” y llegó a tiempo para embarcarla junto a Lewis en el cúter “Alfa” con destino a Puerto Santa Cruz.

Agrega Lewis que el dirigente chileno Descoubiére, durante la ocupación de Paso Ibáñez, “puso mucho empeño en medidas de orden evitando abusos en casas de familia empezando por prohibir especialmente el alcohol y que hubiera desmanes contra las familias”. Pero volvamos a José Rogelio Ramírez. El cae prisionero de Varela en Corpen, junto con el argentino Avendaño. De allí lo trasladan a Paso Ibáñez, donde comienza el verdadero baile para él.

Todas las noches le dan unas palizas de hacha y tiza para hacerle declarar crímenes de sus compañeros de huelga. Hasta que al final se cansan, porque el gallego es muy duro y de esos que no delatan. Usan el procedimiento habitual. Lo sacan en auto a dar un paseo y, listo el pollo, un problema menos.

La viuda de Ramírez, una española —Pura Fernández— con cinco hijos pequeños, era mujer de no callarse fácilmente e hizo todo lo posible para recuperar el cadáver de su marido pero no hubo caso. Profundamente dolorida, resolvió marcharse a España. En septiembre de 1922, el órgano de la Federación Obrera Marítima publicará una foto de la viuda de Ramírez con sus cinco hijos y acusará abiertamente del fusilamiento al teniente coronel Varela y al ejército argentino.

Decía la noticia del diario “El Radical” de Río Gallegos, el 6 de Agosto de 1922
“no hace tres meses embarcose en el vecino puerto de Santa Cruz, a bordo del vapor “Argentino”, de Menéndez Behety, una mujer extranjera, que aparentaba tener 28 y 30 años, acompañada de cinco criaturas, la mayor de 7 años, y la menor de meses de edad. Todos enlutados, ofrecían un conmovedor espectáculo de tristeza y dolor infinitos. Quien sabe por que motivo de curiosidad o su por espíritu de investigación, un caballero que paseaba sobre cubierta entabló conversación con la señora, y en transcurso de ella le preguntó:
-¿A donde va señora?
- A España –contesto la interpelada- a ganarme la vida mía y la mis hijos, que aquí me falta.
- ¿Y sus hijos son Argentinos?
- Por desgracia –contesto la desdichada mujer en tono sombrío y desesperado.
Pasada la impresión del primer momento, intentó el interlocutor, que era argentino (se trataba nada menos que el señor gobernador del Territorio capitán don Ángel Yza) calmar a la señora, haciéndole reflexiones y, sobre todo convenciéndola de su error y diciéndole que no emitiera tales conceptos, porque al fin y al cabo, la Argentina era la patria de sus hijos, en ella habían nacido, a ella habrían de volver y que, en consecuencia, no podía ni debía considerar tal hecho como una desgracia.
Rápidamente lo hubo de atajar ella, diciéndole:
Si es cierto que aquí han nacido, no lo niego ni lo podría negar, pero también es cierto que aquí han asesinado al padre de ellos, pegándole cinco balazos, rompiéndole luego el pecho con enormes peñascos y deshaciéndole después el cráneo a culatazos y cuando por último, en un rasgo de aparente hipócrita piedad sus miserables verdugos lo enterraron a flor de tierra, tan a flor de tierra que esta se removía con estertores a agónicos del mártir que fue mi esposo – los malvados lo habían enterrado vivo – como única oración fúnebre y mientras apisonaban la tierra saltando sobre el cadáver, aquellos demonios del infierno prorrumpieron en la siguiente espantosa frase: “Puta, que había sido duro pa´ morir este gallego e´ mierda.”..

Nos dice su bisnieto Séptimo Tomás Ruggiero que “ cuando fue a reclamar al Ministro del Interior de Yrigoyen, la subieron a un barco y la mandaron de vuelta a España con sus hijos. Dejó los hijos al cuidado de sus parientes gallegos, donde fueron trabajadores explotados y luego presos por el Régimen Franquista por no querer jugar la bandera española ya que se consideraban Argentinos y le debían lealtad a nuestra bandera. Su hijo Reynaldo murió víctima de las consecuencias de las horrendas prácticas de tortura que sufrió durante su cautiverio.
La historia de la familia fue signada por esta desgracia y sigue al día de hoy, siendo José Rogelio Ramírez un desaparecido, además de su brutal asesinato, humillación, nunca hubo reconocimiento alguno para su esposa e hijos.
Ni siquiera de los dueños de la Estancia donde trabajaba como chofer y a los cuales ayudó a refugiarse en el pueblo, escapando de la toma del establecimiento.
La abuela Pura, como la llamamos sus nietos y bisnietos, era brava y murió muy grande ya, con muchos años sobre el cuero arrugado del dolor. En los delirios de su Alzheimer nombraba a sus compañeros y parientes, a los que nunca olvidó.

Uno de los tantos episodios de la Patagonia Trágica contados en la obra de Osvaldo Bayer, contando además con la colaboración de Luis Milton Ibarra Philemón y Séptimo Tomás Ruggiero, su bisnieto.