Historias de Patagonia: Un día como hoy

"Yo, Miguel Fitzgerald, con todo el derecho que me da ser ciudadano argentino, les exijo que se retiren de las islas Malvinas". Así decía la proclama entregada al gobernador inglés del archipiélago.
domingo, 8 de septiembre de 2019 · 00:25

*Mario Novack

Río Gallegos era una pequeña capital de provincia, convulsionada por una cris institucional que derivaría tiempo después en la destitución del entonces gobernador, el médico Rodolfo “Rudy” Martinovic.

  Una etapa signada por las interrupciones constitucionales en el país y en la joven Santa Cruz y un acontecimiento que se produciría alcanzando un gran impacto internacional, se gestaría en ese año mil novecientos sesenta y cuatro.

  Desde hacía tiempo un piloto hijo de inmigrantes irlandeses quería cumplir un intento frustrado de sus colegas aviadores: llegar a las Islas Malvinas. Río Gallegos sería el centro de esas actividades operativas, previas y posteriores para que esto se concretara.

  Un día como hoy, un 8 de setiembre de 1964 el piloto Miguel Fitzgerald despegó desde el Aeroclub de nuestra ciudad rumbo a las Islas Malvinas. Dos acontecimientos importantes también ocurrían ese día. Se reunía el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas y cumplía  38 años Miguel Fitzgerald, quien recuerda su derrotero al diario Aero Market.

–Pasé por Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, la ruta me llevaba a Pico Truncado. El avión tenía un problema, el motor “rateaba” y eso me preocupaba, así que aterricé en Pico Truncado, tenía que ver qué era lo que ocurría. Allí quité el capot  y detecté que el problema estaba en los cables de las bujías. Seguí a Río Gallegos, donde había tres pistas: el aeropuerto, con jurisdicción de la Fuerza Aérea, la Base Aeronaval y el aeroclub, en el que también se encontraba la aeronáutica provincial. Cargué combustible en el aeropuerto, pero luego me dirigí al aeroclub, donde finalmente solucionamos el problema del motor.

Cuando decimos que la operación tuvo “inteligencia”, lo hacemos en el más amplio sentido del vocablo. FitzGerald no sólo aplicó sus conocimientos como piloto, sino que también recopiló la información que la operación requería, con cierta habilidad táctica. Contaba en el terreno con una ayuda muy interesante. En Río Gallegos estaba Ignacio Fernández, quien era comandante de Austral y gerente.

–Yo le había confiado mi propósito para que en Río Gallegos recabara toda la información técnica para el vuelo –nos dice FitzGerald–. Él se encargaría de ir a meteorología para traerme el más reciente relevamiento de la zona que volaría, de modo tal que yo no apareciera por ningún lado. También, había hecho participar al operador de la radio del aeropuerto de Río Gallegos, que era a su vez despachante de Austral, así que era de cierta confianza. Con él coordinamos una secuencia de contactos por radio; yo llamaría en la hora y a las y veinte dando la posición, siempre sin hacer “plan de vuelo”. Ignacio era amigo de un oficial de la Fuerza Aérea que era la máxima autoridad en Río Gallegos quien, sin saberlo entonces, colaboró llevando a Fernández de aquí para allá por la zona. Luego tuve que encontrarme con Ignacio Fernández, y surgió el inconveniente de que no podía sacarme de encima a este señor, pero hasta ahí todo era explicable, ya que para todos los demás yo me dirigía a una estancia en Monte Dinero, Ushuaia, esa era mi cobertura.

Toda la maquinaria trabajaba: la prensa lista para la noticia, las comunicaciones preparadas, la logística ajustada y la información final para el vuelo en proceso de conseguirse. También, a bordo del LV-HUA “Luis Vernet”,  FitzGerald guardada con sentimiento y veneración la bandera celeste y blanca con que la familia vestía su departamento en las fechas patrias. Pero necesitaba algo más que Mike encontró en el hangar del aeroclub de Río Gallegos, tal vez era la única pieza que faltaba en todo este rompecabezas secreto: un asta para la bandera que enarbolaría en las Malvinas Argentinas. En el hangar consumó el armado del preciado símbolo, lo envolvió y allí lo dejó hasta el día siguiente. Solucionado este último asunto, FitzGerald partió con Fernández para el pueblo, los alcanzó el militar quien también se ofreció para llevarlos al aeródromo al día siguiente, para que el piloto, amigo de su amigo, continuara el vuelo a Ushuaia; según él estaba informado, era su destino.

La ayuda se aceptó, pero nadie calculó que su constante cortesía sería un obstáculo.

–El tipo no se iba –dice FitzGerald– yo tenía que tomar la bandera y despegar, no sabía cómo hacerlo sin que surgieran preguntas. Ignacio Fernández, llevando al límite la confianza que tenía en su amigo militar, lo abordó y, casi jugando la misión, le dijo: “Che, Miguel se quiere ir a Las Malvinas”. Momento crucial, segundos que parecieron horas y una sonrisa en su cara. Lo miro y le dijo: “Me alegro que lo tome así…”. A lo que contestó: “Por favor, si usted se la va a jugar, cómo no nos vamos a jugar nosotros”. Así que voy, saco la bandera, pongo el avión en marcha y despego. A las 09:00 del día 8 de septiembre, día de la sesión de descolonización en las Naciones Unidas, y mi cumpleaños, la fase crucial de la operación había comenzado.

Ya en el aire FitzGerald recibió una llamada desde el Aeropuerto Río Gallegos, contestó que la operación era normal, que se encontraba a 8.000 pies y brindó otros datos mientras iba internándose en el mar rumbo a las Malvinas. Sucede que cuando se pasa la línea de la costa y comienza a sobrevolarse el mar, todo suele cambiar. Surgen ruidos extraños, el motor suena distinto y el capot vibra de una manera que antes era diferente… hay que tener cierta firmeza de carácter para abstraerse de esas impresiones marítimas y volar concentrado en la navegación, los instrumentos del motor y los cálculos. Abajo está el mar, en este caso 550 km de un mar gélido y revuelto. Nuestro hombre llevaba un bote atado a su cuerpo, pero sabía que si debía acuatizar allí, sus posibilidades eran mínimas. Había volado más de 47 horas seguidas en 1962 cruzando todo el Oceáno Pacífico en busca de un record, pero ahora eran las Malvinas, nuestras Malvinas.

La reunión de la ONU era ese día. Héctor García le había advertido que el 9 de septiembre se jugaba una fecha clave del campeonato de fútbol, y que no podía asegurarle la tapa del diario. Todo eso estaba en la mente de FitzGerald mientras el Cessna parecía gruñirle al cielo oceánico y al mar argentino que comprendía al hombre.

–Seguí volando, todo estaba en orden –señala FitzGerald cambiando el tiempo verbal, viviendo el hecho–. Comienza a formarse una capa de nubes. Yo sabía que en las islas había un cerro de 600 metros, esa era la altura que debía respetar si no podía ver el terreno. Continué avanzando sobre capa. El archipiélago tiene 250 km. de este a oeste y unos 150 de norte a sur, por lo que sabía que viniendo del continente a algún lado de las islas la iba a “embocar”; navegaba guiado por la emisora –radio AM– de río Gallegos y el radiocompás. Luego de cierto tiempo un agujero en la capa de nubes me permite ver unas rocas, así que me sumerjo por allí y decido continuar visual, lo que significaba no superar los 150 metros. Aviso a Río Gallegos que había encontrado lo que buscaba y que estaba cruzando el estrecho de San Carlos, que era una referencia que nadie tendría demasiado en cuenta. En mis planes estaba llegar a las Malvinas para el mediodía, esa es la hora de mayor calor y, por lo tanto, la más adecuada para que las nubes, de haberlas, y siempre las hay, tuvieran su mayor altura. Avanzo, con tierra a la vista, hasta que llego a Puerto Argentino, que entonces se llamaba Stanley. Allí hago dos virajes sobre el pueblo para que todos me vieran. Hechas las dos vueltas sobre el pueblo,  me dispongo a aterrizar en una cancha de carreras cuadreras, cuya existencia conocía por el testimonio del propietario de la Estancia Monte Dinero, en Tierra del Fuego. Informo a Río Gallegos dónde estaba, aviso sobre mi cometido por HF. Como “reguero de pólvora” comienza a propagarse la noticia. Aterrizo, freno el avión, pero no detengo el motor, me bajo con la bandera, la desenrollo y la sujeto al alambrado donde queda flameando como si respirase orgullosa el aire de su tierra. Subo al avión, me dirijo a la cabecera para despegar, ya comenzaban a congregarse unas cuantas personas. Mi llegada a Stanley no habría sido una sorpresa para los lugareños, yo había volado un buen rato sobre las islas y seguramente alguien habría informado por radio que un avión extraño los sobrevolaba. Ellos estaban acostumbrados a ver una aeronave con flotadores, un De Havilland Beaver, pero no un avión “con ruedas” como el Cessna. Del grupo que se reunió en la cancha de carreras salió un hombre que se aproximó al avión, le abrí la puerta; me pregunta: “Where do you come from?”(¿De dónde viene?)” “De Río Gallegos”, contesto. Me ofrece combustible. Tal vez se imaginaba que yo me había desviado. Le agradecí, le dije que no necesitaba nada, pero le pedí un favor: que le entregara al gobernador una proclama que había llevado conmigo. Quizá hoy –reflexiona FitzGerald– después de tantas cosas ocurridas, el texto no tenga demasiado trascendencia, pero en aquel momento… Luego me enteré de que bandera y proclama estarían o estuvieron en el pequeño museo del pueblo.

Miguel FitzGerald despegó de regreso al continente. De ida habían sido tres horas y cuarto, pero de regreso serían cuatro o más, los vientos siempre soplan del oeste. Ya en el aire llamó a Río Gallegos, le indican que no se dirija al aeroclub, sino al aeropuerto. Nuestro “Condor solitario” pregunta:

–¿Me van a meter preso?

Del otro lado una risa le da cierta tranquilidad.

La suerte estaba de su lado. Ya por aquellos tiempos se enfrentaban legislaturas y gobernadores. Santa Cruz era un hervidero de periodistas que habían llegado para cubrir la posible destitución del gobernador, pero una noticia, tal vez más jugosa, comenzaba a copar la escena. La primicia era de Crónica, que en su quinta edición a página completa tituló: “MALVINAS: HOY FUERON OCUPADAS”. La Razón no tenía esa información… y casi todos los ejemplares de ese día quedaron en los escaparates de los quioscos.

Cuando FitzGerald llega a Río Gallegos, la autoridad aeronáutica le labra un sumario, recuerda las palabras que le habían dicho esa misma mañana, pero no se sorprende. Vuela de regreso a Buenos Aires, pero pernocta en Bahía Blanca y al otro día aterriza, a pedido, en Azul. Allí unas señoras lo esperaban con un ramo de flores, se entera de que pertenecen al comité radical. Circunspecto, siempre en sus treces respecto del cometido, Miguel FitzGerald aclara:

–Esto no es política de partido, señoras, seré un aventurero o un patriota, como ustedes quieran, pero mi idea era poner la bandera de mi país en nuestras islas, y esa es la única bandera que reconozco.

El sumario derivó en un “apercibimiento” que, por decisión del Presidente Illia, quedaría sin efecto. En las Naciones Unidas también repercutió el hecho. Los diplomáticos se habrían molestado, según se supo luego, pero una reunión que seguramente hubiera pasado inadvertida para los argentinos, despertó un interés inesperado.

Luego vino el intento del denominado “Grupo Condor” en el año 1966, con mayor contenido político, hasta que en el año 1968, un día 27 de noviembre, Miguel Fitzgerald realizó un segundo vuelo a las islas.

En esta oportunidad al mando de un avión bimotor propiedad del diario Crónica, en el que también viajaban Héctor Ricardo García, director del citado matutino y uno de sus periodistas, Juan Carlos Navas.

En esta oportunidad la pista del hipódromo había sido obstruída, por lo que se vió obligado a tomar por un camino de tierra, lo que provocó la rotura de una hélice. Fueron detenidos minutos más tarde por un oficial inglés, luego de lo cual fueron declarados “inmigrantes ilegales”, por lo que pasaron 48 horas detenidos.

Luego, los subieron a un avión con destino a Río Gallegos, en el que también viajaba el canciller británico, de visita en las islas. Miguel Fitzgerald murió el 25 de noviembre de 2010. Uno de sus hijos – Cristian Fitzgerald – trabajaba y reside en la localidad de Los Antiguos, provincia de Santa Cruz.