Historias de Patagonia:Héroes olvidados

El negro Felipe miró a los recién desembarcados que querían adueñarse de las tierras patagónicas, en el naciente Fuerte de Carmen de Patagones. Alzando su brazo con la bandera celeste y blanca los alentó a defender la libertad que reinaba en Argentina. 
sábado, 7 de marzo de 2020 · 21:12

*Mario Novack 
Se llamaba Felipe La Patria y fue uno de los héroes olvidados de esa gesta registrada en marzo del año 1827, cuando la infantería negra y los veintidós paisanos del gaucho José Molina derrotaron a un enemigo más poderoso en armamento y cantidad de combatientes.
Ese combate denominado batalla del Cerro de la Caballada se libró un 7 de marzo de mil ochocientos veintisiete y reafirmó la soberanía argentina sobre la Patagonia. Y como siempre los vínculos entre Patagones y Santa Cruz seguirían vigentes.
En este artículo pretendemos echar luz sobre los héroes que no han tenido su verdadero reconocimiento en la historia como Felipe La Patria, denominación que les otorgaron a los negros libres que quedaron en esa condición al abolirse la esclavitud por parte de la Asamblea del año 1813.
Quienes fueron estos héroes de la naciente Argentina, comenzando por José Luis Molina, debemos decir que es una figura que aún hoy sigue despertando controversias. 
Hace ciento ochenta años, un 27 de febrero de 1827, hacía su aparición en el horizonte una poderosa escuadra de guerra con intenciones de ingresar al río Negro. El pueblo de Patagones y Viedma debieron organizarse para enfrentar el mayor desafío de su larga historia.
Debemos remontarnos bastante más atrás del 7 de marzo de 1827 para comprender como se desencadenó la guerra con el Brasil y la pretendida invasión al otrora Fuerte y Población Nuestra Señora del Carmen que fue derrotada por los milicianos aquél día de gloria.

La guerra llega a la Patagonia

A las 9 de mañana del 28 de febrero de 1827, la infantería de negros del coronel Pereyra abrió fuego de cañón y metralla contra el bergantín el "Escudero" de la Escuadra Imperial del Brasil. El barco, que enarbolaba la bandera de las Provincias Unidas para engañar a los defensores, izó la bandera de su país al ganar las tranquilas aguas del estacionario y celebró su victoria. Detrás de este bergantín ingresó una poderosa corbeta, la "Itaparica", que traspasó la línea de la defensa sin dificultades porque ya no quedaban municiones para atender la batería ni existían otros medios para enfrentar la agresión.
 Sobre el mediodía, y en plena bajante, un tercer barco intentó franquear la desembocadura pero quedó varado en los bancos exteriores, impidiendo el desplazamiento de la cuarta nave que avanzaba detrás.
A esta altura de los hechos, y sin posibilidades de trabar combate con los invasores, la infantería se replegó en dirección al Fuerte junto a los corsarios de los comandantes Harris, Dautant y Soulin y a los hombres del gaucho Molina. Dos negros y el corsario Fiori, de origen Italiano, mueren durante estas acciones.

La población se prepara para resistir


Luego del choque en la desembocadura, y sin que se volvieran a producir nuevos enfrentamientos, el comandante de la "Chacabuco", capitán Jorge Santiago Bynon, es designado para ejecutar el plan defensivo.
No todos los vecinos están de acuerdo con la decisión adoptada por el jefe militar, el coronel Lacarra. Hay quienes opinan que el Fuerte no puede ser un punto de resistencia y aconsejan armar las naves corsarias para salir al encuentro de los agresores. 
El informe de Melchor Gutiérrez será decisivo. Adelantado con un puñado de hombres al escenario controlado por los brasileños, Gutiérrez examina el deplorable estado que presenta la Escuadra por el desconocimiento que sus jefes tenían del río. La suerte de la "Duquesa de Goyaz", que había varado el 28 de febrero en los bancos exteriores, era irremediable. El oleaje, y el insistente viento proveniente del mar la estaban demoliendo. A su vez, la "Itaparica" presentaba una encalladura en el estacionario. Estas novedades producen un giro en los planes: Bynon debe preparar una escuadra para pasar a la ofensiva y atacar la debilitada fuerza del comandante James Shepherd. Sin embargo, el desconcierto parece reinar entre los defensores. Algunos proponen, como el corsario Doutant, concentrar todas las fuerzas en Patagones y esperar a los brasileños. Otros, como Ambrosio Mitre - padre de Bartolomé Mitre -, no confían en la fortaleza de las instalaciones y son partidarios de atacar por el río con las naves corsarias.
Patagones no tiene un fondo estratégico para retirarse si el enemigo logra llegar al puerto. ¿Para dónde marchar? ¿Remontar el río con toda la población? ¿Internarse en el campo? ¿A quién acudir en caso de una retirada en pleno confín del mundo? No hay muchas salidas. Con el río bloqueado en poder de los invasores y a mil kilómetros de Buenos Aires, el pueblo debe tomar las armas para enfrentar al enemigo.

 


Las acciones sobre la orilla de Viedma


Luego de permanecer un día en alta mar, la "Constancia" logra atravesar la barra con los sobrevivientes de la "Duquesa de Goyaz", la corbeta insignia de la expedición que se hundió en la desembocadura tras permanecer cinco días encallada en los bancos exteriores.
Sobrepasada en su tonelaje y con el peligro de varar en el estuario, el comandante de la "Constancia" decide un desembarco en inmediaciones de lo que hoy se conoce como el "Pescadero" para aligerar su carga y redistribuir a los náufragos en el resto de las naves.
El propósito de los invasores era desembarcar para marchar por tierra hasta la altura del estacionario donde estaba varada la "Itaparica" y el "Escudero". Pero un grupo de milicianos que tenían la misión de custodiar la margen sur los tomó por sorpresa. Los invasores abandonaron sus botes de desembarco y gran cantidad de pertrechos que inmediatamente fueron incendiados por los defensores.

Los milicianos de Olivera
Al tiempo que se cumplían distintas tareas en el Fuerte para protegerse de un posible ataque de la infantería brasileña y tomaban posiciones en el lugar los negros libertos del coronel Pereyra, la caballería, integrada por vecinos armados y los 22 "tragas" del gaucho Molina, eran adelantados a Laguna Grande - bajo las órdenes del subteniente Olivera -, con la misión de determinar la ubicación del enemigo y el posible escenario desde donde podrían consumar un desembarco.
La caballería tomó posiciones en el lugar en horas de la tarde, tras lo cual Olivera dispuso que un grupo de vecinos, a cargo de Cabrera, marche hacia el cerro de Pepe Rial para efectuar tareas de reconocimiento.
Alrededor de la diez de la noche del 6 de marzo, dos centinelas de este grupo avistan una división de infantes brasileños que había desembarcado más abajo de la estancia de Rial con la aparente intención de inspeccionar el terreno.
Frente a este cuadro de novedades Olivera decide que el Juez de Paz Alfaro marche hasta el Fuerte para transmitir la información y destaca a un nuevo grupo para que siga de cerca la acción del enemigo.
Por esas horas, el comandante de los invasores, James Shepherd, acababa de confirmar a sus oficiales la realización del plan que había articulado los días anteriores: avanzar por tierra durante toda la noche para sorprender a Patagones con las primeras luces del 7 de Marzo.

El triunfo


Alrededor de las dos de la mañana del 7 de marzo de 1827, las tropas brasileñas inician su marcha hacia El Carmen desde un punto ubicado a unos dieciocho kilómetros río abajo, al este del Cerro Dirección. La fuerza, compuesta por cuatrocientos efectivos y trece oficiales, fue conducida hasta el Cerro de la Caballada por un negro brasileño. El baqueano - que había vivido un tiempo en Patagones luego de ser tomado en una de las presas del corsario "Lavalleja" -, para eludir las zonas barrancosas y cortadas de la costa se internó por el monte cerrado, sometiendo a los invasores a una difícil travesía.
El calor sofocante y los terrenos arenosos de la ruta elegida, pronto comenzaron a minar la energía de los agresores que durante todo el trayecto estuvieron privados de agua y con el río demasiado lejos para obtenerla.
A las cinco y media de la mañana, cuando ya el negro del "Lavalleja" había enfilado la columna hacia el Cerro de la Caballada, distante a unos cuatro kilómetros, los hombres del subteniente Olivera apostados en Laguna Grande se preparaban para una nueva vigilia.
Ninguno de los dos bandos sabía, obviamente, que estaban separados por apenas un kilómetro de monte y que en pocos minutos se trabarían en combate.
En esos momentos, Francisco Herrero y Domingo Miguel son mandados por Olivera a buscar unas reses para carnear y racionar a los milicianos. Se internan hacia el norte. A poco andar comprueban una infinita cantidad de huellas que delatan la presencia del enemigo. En menos de quince minutos están frente a Olivera con la novedad y toda la caballada, a brida suelta, sale en busca de la gloria.
Los brasileños, por su parte, ignoraban que los milicianos estaban alertados y empeñaron los últimos alientos para trepar por el cerro desde el que pensaban rendir sin mayor trámite al pueblo de Patagones.
En los pliegues del uniforme del capitán James Shepherd - uno de los primeros enemigos que cayó bajo el fuego de los defensores - se encontró una carta en la que requería la rendición: "Permaneced tranquilos en vuestros hogares; vuestras personas y propiedades serán respetadas, en caso de acceder a mi justa solicitud; pero en caso contrario incendiaré todas vuestras propiedades".
 Para su desazón, el comandante imperial comprobó que toda la población estaba en pie de guerra y que su demanda, en Patagones y Viedma, jamás encontraría destino.
Felipe La Patria fue homenajeado cuando cumplía 104 años, como uno de los mayores héroes de esta batalla.
El gaucho Molina murió envenenado según los relatos documentales. “Molina,  al cual no absuelvo de sus crímenes ante el juicio sereno de la posteridad la gloria de Patagones, continuó prestando sus servicios al gobierno de Rosas y alcanzó el grado de coronel de milicias, terminando sus días en el Tandil" (Biedma, ídem). "Día 30 de enero de 1830. Muere hoy, de resultas de un lento envenenamiento dispuesto por Rosas, el titulado coronel Molina, uno de sus caudillos principales en la guerra contra el general Lavalle y que tenía gran poder sobre los indios, entre los cuales, como soldado desertor, había vivido muchos años, regresando indultado en 1826" (Biblioteca del Comercio del Plata, de Montevideo, que dirigía Valentín Alsina).

Las calles de Carmen de Patagones llevan los nombres de ambos héroes, en homenaje al Gaucho Molina, el folklorista  Angel Hechenleitner   escribió esta obra titulada 

“Milonga por Molina”
Esta Milonga quiero
Para nombrarlo a Molina,
Porque la historia, se sabe
Es con los gauchos mezquina.

Su hazaña no he de contar
Pues de gauchos no sería,
La milonga que es mujer
Me va a decir su valía.

Los piratas de este puerto
Lehan envidiado la baquía,
pa`cruzar un mar de pampa
con instinto de guía.

Corta es la calle que nombra
Al gaucho José Molina,
¿quién sabe quién la eligió?
¡Saberlo me gustaría!

¿Qué apellido hay que tener
Para entrar en esta lista?
¡Fierro que fue el más mentao
anda afuera todavía!

Siempre hace falta algún gaucho
cuando la patria peligra,
¿Quién otro pondría el cuero
a la historia que es mezquina?

Anoche pasó tu rastro,
tan cerca de mi memoria
¡que mi perro, que es de viento
Salió a torearle la sombra!

Autor: Angel Hechenleitner