Historias de Patagonia: Un riogalleguense muerto en la Guerra Civil Española

Río Gallegos descansaba en su calma veraniega de ese enero de mil novecientos treinta y siete, cuando una noticia estremeció a una familia local y por ende a toda una colectividad. Es que los españoles inmigrantes se habían dividido en facciones que apoyaban a los republicanos o los franquistas, aún fuera de ese país.
sábado, 16 de mayo de 2020 · 17:22

*Mario Novack 

Una carta enviada desde Lisboa daba cuenta de la muerte de José Antonio Sánchez Iglesias, un joven de nuestra ciudad, que acariciando el sueño de ser médico había partido a la madre patria iniciando sus estudios en la Universidad de Valladolid.

Era un joven prometedor y el orgullo de sus padres hacía que cada paso dado por él fuese destacado socialmente. La escueta comunicación daba cuenta de su muerte en el denominado Frente Asturiano, un sector que ofreció una tenaz resistencia a las tropas franquistas.

José Antonio se encontraba en Oviedo y fue incorporado a la Cruz Roja Franquista prestando servicios primero en los Hospitales, para trasladarse luego a las líneas de avanzadas. Y precisamente ese lugar, Oviedo, fue escenario del más encarnizado sitio por parte de las tropas republicanas.

El sitio de Oviedo hace referencia a las operaciones militares que tuvieron lugar en torno a esta ciudad durante los primeros meses de la Guerra Civil Española, enfrentando a las fuerzas sublevadas o «nacionales» contra las fuerzas leales al gobierno republicano y, principalmente, las poderosas milicias obreras.

Tras el comienzo del golpe de estado de julio de 1936, se produjeron numerosas sublevaciones militares a lo largo de toda la península. En dicho contexto la ciudad de Oviedo se une a las fuerzas sublevadas por orden del jefe de la guarnición, el coronel Antonio Aranda.      Desde entonces ésta quedó sitiada por las milicias mineras y/o obreras que se habían mantenido fieles a la República. A pesar de la presión republicana —la ciudad fue duramente bombardeada por los sitiadores—, la capital asturiana se mantuvo en esta situación durante varios meses, hasta que el 17 de octubre de 1936, fuerzas sublevadas procedentes de Galicia lograron romper el cerco al que estaba sometida la ciudad.

Los sublevados lograron establecer un estrecho y precario pasillo que conectaba la capital asturiana con el resto del territorio sublevado. En principio el peligro que se cernía sobre Oviedo había desaparecido,37​ aunque la ciudad siguió estando sitiada por las fuerzas republicanas durante varios meses más,38​ hasta el final de la Guerra en el Norte.

La ciudad todavía sufriría varios ataques republicanos que, sin embargo, no lograron prosperar. Esta victoria le dio a Aranda una gran fama y popularidad en la zona sublevada. Continuaría al frente del sector de Oviedo durante un año más, y durante el resto de la contienda tomó parte en numerosas batallas y campañas militares.

Es en contexto que se produce la muerte del joven José Antonio Sanchez Iglesias cuando se había desplazado hacía los sectores de combate. La noticia fue difundida en los diarios de Río Gallegos en la edición del día 10 de enero de 1937, tanto en “La Mañana”, como en “La Unión”.

Resulta difícil establecer con claridad si la participación en las denominadas “labores humanitarias” del joven Sánchez Iglesias fue en carácter de voluntario o conminado por las fuerzas del Franquismo, sublevadas en Oviedo.

José Antonio Sánchez Iglesias había cursado sus estudios primarios en la Escuela Nº 1 y su formación secundaria se había dado en el malogrado Instituto Secundario de Río Gallegos y era hijo de Joaquín Sánchez.

En nuestra ciudad, la comunidad de inmigrantes estaba dividida en dos sectores que se manifestaban en la Sociedad Española de Socorros Mutuos y el Centro Gallego, respectivamente. Una herida que continua abierta hasta el día de la fecha.

El frente asturiano y particularmente el sitio de Oviedo constituyeron los episodios con los combates más encarnizados de la Guerra Civil Española. Agradecemos a Raúl Peralta el suministro de este material periodístico. Profesor Juan Vilaboa nos entrega este fantástico relato sobre la suerte que corriera un brigadista de San Julián, describiendo su origen español por nacimiento o ascendencia de dos protagonistas de la historia: su padre Ramón Tomás Vilaboa y su amigo Corsino Vega Gutiérrez.

En los años 30,  los diarios y las elementales radios anunciaban la tragedia en la que se debatía España:  la República o el Fascismo. El fervor de esos dos galleguitos estaba por la república, vaya a saber porque causa a tanta distancia se comenzó a gestar una adhesión tan fervorosa. No faltaban las conversaciones “pobre doña María va a tener que mandar a sus hijos a pelear a España”….y tampoco las respuestas muy ibéricas “ ¿Qué me dio España para que le entregue a mis hijos…..hambre me dio hambre y mis hijos son argentinos con documentos, ..y alguna puteada, que dejaba al ser creado manchado, confirmaba las determinación. Fueron los años de la solidaridad, de los festivales para ayudar a la república, algún español en medio sin mucho motivo y con dos vasos de vino se mandaba con una arenga en cualquier bar: “tu patria es el mundo y tu familia la humanidad”, “ no concurras nunca al trabajo sin la contraseña sindical”. Pero los jóvenes veían al mundo distinto., ya no bastaban las palabras las fiestas, el juntar comida . Dos muchachos que poblaban la aldea: uno de ellos era español de nacimiento, aunque de muy chiquito los padres se vinieron a trabajar a estas tierras. Otro era nacido en Buenos Aires, luego del extenuante viaje en barco. El español en su interior comenzó a sentir que su deber era viajar a España, no alcanzaba para su vida ser repartidos de La Anónima.

El argentino, que compartía las lecturas republicanas y el fervor por esa causa. Tenía a más de la madre muchos hermanos, fue obligado a entrar a trabajar en el Correo.

El español entro de repartidor en La Anónima y manejaba el carro tirado por caballos, un día al intentar pasarle a su amigo un paquete de caramelos, no controló el freno y el matungo movió las ruedas por sobre los dedos de su amigo que de por vida tuvo la uña del dedo gordo del pié con la uña machucada.

Por las tardes caminando por la costa de la bahía el plan de viajar a España se fue transformado en un secreto compartido entre amigos. Corcino viajaría a Buenos Aires, con el pretexto de la licencia o vacaciones y de allí inmediatamente para España a defender la República. El amigo que compartía ese secreto se quedo haciendo los primeros turnos de telégrafo.

Los días de las vacaciones pasaron y de Corcino no se supo mucho. Luego se supone que hubo una carta que no era precisa en datos pero calida a los familiares.

Una noche de agosto de 1938 el telégrafo empezó su cruel rutina de punto y raya: el sonador comenzó a repiquetear: “Telegrama para San Julian Familia Vega raya, raya punto, Corcino Vega muerto en combate en las últimas batallas de Teruel Sirvio con honra a la república española”.

El amigo que compartió el secreto del viaje a España, ahora recibía la noticia de la muerte de su compañero de sueños. Siguió recibiendo los pocos telegramas que llegaban al pueblo y mascando que hacer con ese que llegó desde la España dividida. No quedaba otra que ir a la casa de la familia Vega y llevar el mensaje…. Cocino no volvió a San Julián, su familia siguió siendo republicana, siguió en el trabajo de imprenta.

El fascismo triunfó en España. Por muchos años, Corcino Vega fue una de las víctimas ignoradas que dejaron sus huesos por defender la república, tal como García Lorca y los poetas de su generación víctimas por pensar en una sociedad más justa. En otro siglo vemos que por orden del juez Baltasar Garzón se comienza a investigar sobre la muerte del poeta andaluz, hacer un censo de víctimas de la guerra civil, quizá sea tiempo que en estas tierras comencemos a conocer la historia de ese galleguito que por puro ideal volvió desde estas lejanas tierras de defender a España del fascismo. Se llamaba Corsino Vega Gutiérrez, de San Julián.