Historias de Patagonia: Amores borrascosos

El paso ansioso y acelerado de la joven mujer hace crujir los pisos de pinotea del Colegio María Auxiliadora. Es sábado 7 de julio de  1920 en el helado invierno de Río Gallegos.
sábado, 30 de mayo de 2020 · 20:31

*Mario Novack

En el edificio de chapas que aún permanece en pie sobre la avenida Roca, una mujer madura espera la salida de la joven que hoy cumple su mayoría de edad. “Paso ansioso y enamorado” dice la tía Crescencia a la monja directora.

Se refiere al taconeo apurado de su sobrina Esperanza Rivera, hija de José Rivera Sánchez y Aurelia Alvarado,  por esos tiempos protagonista de uno de los romances más comentados y, también más cuestionados del Río Gallegos de entonces.

Esa había sido la condena impuesta por el juez Ismael Viñas ante el escándalo desatado por los hermanos de Esperanza, Julio y Enrique, que se oponían férreamente al noviazgo de la joven y el periodista, escritor y abogado José María Borrero, una figura del pequeño poblado.

En la vereda de enfrente, un par de comadronas se dispone a presenciar el espectáculo de la salida de Esperanza. “Joven descocada” dicen algunas señoras, mientras sus hijas aplauden por lo bajo esa rebeldía de la joven.

Que habrá hecho como pupila en todo ese tiempo una joven veinteañera solo Dios lo sabe, aunque comentaban que ella había adoptado como confesora de sus penas y lágrimas a una de las jóvenes monjas del I.M.A.

Cerca de allí camina nervioso uno de los hombres más controversiales de la época. Para algunos un destacado periodista con dotes de orador de fuste. Para otros, representados en la oligarquía ganadera y la burguesía comercial, “simplemente un oportunista”.

Borrero, fue un español que dejaría su huella por ser una de las plumas más agudas y críticas del latifundio ganadero, cimentado a partir del otorgamiento de tierras del estado que le reportaron excelentes tasas de ganancias.

Los obreros que se desempeñaban en el campo y en los frigoríficos, soportaban condiciones infrahumanas de trabajo y pagas misérrimas por sus labores. El origen europeo de la mayoría de ellos y el avance del anarquismo tornaron a la Argentina en particular en un territorio de conflictos que incluyó desde la Semana Trágica a la rebelión de los jornaleros en la Pampa Agraria, hasta llegar a la Patagonia Trágica.

Esperanza era la hija mujer del  ganadero José Rivera Sanchez, aquel que comprara el buque Marjory Glenn y luego lo donara al gobierno del Territorio de Santa Cruz. Al morir éste, el abogado Borrero atendería los trámites sucesorios de esa familia, con sus idas y vueltas conflictos y apetencias económicas.

Pero volvamos a la historia de Borrero y Esperanza que tuvo ribetes cinematográficos según lo relató el escritor Osvaldo Bayer. “El enfrentamiento con los Rivera comenzó un 11 de junio de 1920 cuando un miembro de la familia, Antonio, se presentó ante el juez Viñas para pedir la detención de Borrero y  su hermana Esperanza po ser menor de edad.

Será cuando el juez – para aplacar los ánimos ordena el internado de la chica en el Colegio de monjas María Auxiliadora. Pero Antonio Rivera busca a Borrero para matarlo y tendrá un encuentro con el secretario de éste, José Aidar, a quien lesiona. De inmediato es detenido Antonio Rivera y se le inicia juicio.

Para su desgracia pone como abogado al doctor Corminas que era muy amigo del juez Viñas y de Borrero. El desgraciado Rivera pierde el juicio, es condenado y el juez Viñas le regula a su abogado defensor la suma de dos mil pesos ( cuando Corminas sólo había actuado tres veces por Rivera; escuchando la indagatoria, pidiendo la excarcelación bajo fianza y firmando el acta de fianza).

A Rivera le parece exageradísima la suma y evidentemente lo era. Se niega a pagar, recusa al juez Viñas por ser amigo de Corminas, cosa que le es rechazada. Al negarse a pagar Corminas le promueve ejecución. Le son rematados los muebles a Rivera que son comprados por el propio Corminas por la suma de mil doscientos pesos, a cuenta de la deuda.

Pero las tribulaciones de la familia Rivera por culpa de Borrero no iban a quedar allí. Los dejará hasta sin residencia familiar. En efecto, en Río Gallegos y toda la Patagonia, en aquel tiempo los incendios estaban a la orden del día y todas las casas de cierta posición estaban aseguradas.

Cuando Borrero era apoderado de la sucesión Rivera se encargó del pago de los seguros de incendio sobre la casa de esta familia. Pero mientras pasaba los gastos a la cuenta sucesoria, pagaba estos seguros con pagarés que nunca pudieron cobrarse.

Por desgracia, el 27 de agosto de 1922 se incendia totalmente la casa de la viuda de José Rivera Sánchez. Cuando quisieron cobrar el seguro, le respondieron que su exapoderado Borrero no había cumplido con el pago. Las pérdidas del edificio, los muebles y el vestuario fueron totales.

Los episodios protagonizados por este increíble “caballero andante” son innumerables, como innumerables son sus entradas a la Policía por incidentes, agresiones, puñetazos, insultos, etc. Vamos a relatar relatar el protagonizado con el comisario Nicolía Jameson y con otros dos miembros de la familia Rivera que, efectivamente se la tenían jurada al “caballero andante”. El juicio nos da una pintura de época exacta.

El hecho ocurrió a las 2.45 de la madrugada del 14 de marzo de 1921, en la calle 9 de Julio, a 25 metros de la Avenida Roca. Borrero había estado bebiendo cerveza con el estanciero Enrique Clark en el Hotel Argentino. A esa hora salió y fue seguido de cerca por Julio y Enrique Rivera, quienes estaban en otra mesa con el comisario Nicolía Jameson, Luis Correa, Ignacio Navarro y José Vidal.

Al ver salir a Borrero del hotel en compañía de su socio y amigo, el doctor Juan Carlos Beherán – de 25 años de edad y domiciliado en el mismo Hotel Argentino – los siguieron. Al llegar al lugar del hecho, Julio Rivera se adelantó e interpeló a Borrero por su comportamento con su hermana Esperanza Rivera.

Lo que ocurrió después jamás se sabrá porque todos los testigos dirán una cosa diferente. Lo cierto es que Borrero recibirá tremendo puñetazo en la cara que le hará perder el sentido y caer en la calle. Los amigos de Rivera declaran después que Borrero estaba conversando con uno de los Rivera y que de pronto, al ver avanzar al ver avanzar sobre él al comisario Jameson, retrocedió un paso, cayendo desde un cordón que tenía 60 centímetros de alto DE CARA AL SUELO. Eso de “de cara al suelo” el gigantesco hematoma que tenía Borrero en el rostro.

Al caído lo recogen y lo llevan a la farmacia de Baleztena, donde se le practicarán las primeras curas, tanto el farmacéutico como el médico de la Asistencia Pública, doctor Isaza, comprobarán que Borrero estaba en completo estado de ebriedad. Lo mismo ocurrirá con lo mismo ocurrirá con los dos hermanos Rivera que estaban totalmente pasados de copas.

  Como consecuencia del trompazo Borrero tuvo que guardar días de cama, pero parece que finalmente habría sido el comisario Jameson quien le tiró el “soplamocos”, por quien sentía una verdadera inquina por él.

A los pocos días de este episodio nacerá en nuestra ciudad el hijo de Borrero y Esperanza Rivera, llamado José como su padre y el segundo nombre Salvador, mueve a pensar en algún deseo de los padres por librarlos de la conflictiva situación que vivían con los Rivera.

Luego vendrían otros hijos María de los Angeles y Juan, hasta que en 1928 luego de varios años de convivencia y concubinato, Esperanza denuncia judicialmente por abandono a José María Borrero.

Previamente Borrero había intentado emprender como estanciero en tierras cercanas a Puerto Deseado. Quebrado económicamente abandona Santa Cruz y se radica en Buenos Aires, donde milita en el Yrigoyenismo, actuando con éxito como periodista y abogado.

Pero su estrella se apagará definitivamente un 21 de enero de 1931, a los  51 años de edad producto de la tuberculosis pulmonar en el Hospital Muñiz. Había publicado con éxito su obra “La Patagonia Trágica”, en 1928 libro sobre el cual se conocieran los episodios de las huelgas patagónicas y las atrocidades registradas en Santa Cruz.