Historias de Patagonia: La odisea de Gertrudis

Era un 30 de noviembre del año mil ochocientos treinta dos en Isla Soledad cuando un grupo de soldados sublevados asesina al Comandante Militar de Malvinas, Martín Francisco Mestivier delante de su esposa Gertrudis Sánchez y su pequeño hijo.
sábado, 18 de julio de 2020 · 18:06

*Mario Novack

“Considero al ayudante Gomila como el principal autor de la muerte de mi finado esposo; él ha instigado a los que lo ejecutaron, y es tan evidente ese cargo, que no es extraño si usted ha tenido que atentar a mi honor para atenuarlo. Usted, que invoca la compasión de los jueces en favor de un culpable, tiene la inhumanidad de desgarrar el corazón de una inocente!...”   Así escribía Gertrudis Sánchez un capítulo de nuestra poco conocida historia del archipiélago austral.

La tragedia sucedida en Malvinas simplificó dramáticamente la invasión británica posterior: además de la inutilización de las defensas y fortificaciones argentinas de Puerto Soledad, de la destrucción de edificios y del robo de materiales a manos de la USS Lexington, en un ataque cometido el 31 de diciembre de 1831. El archipiélago se hallaba en medio de un caos administrativo, solo estaba defendido por una goleta y su escasa dotación, varios de sus soldados estaban presos y en estado de virtual insubordinación, y la mayoría de los habitantes eran colonos extranjeros que habían recibido recientemente la nacionalidad argentina.

El capitán Juan Esteban Mestivier era de origen francés Nació en Blois (Francia), el 11 de noviembre de 1780 y fue bautizado como Etienne Joseph François. De muy joven se desempeñó en el ejército de su patria. Ingresó a nuestro país, el 30 de setiembre de 1827, previa estada en la Banda Oriental, ya que no pudo hacerlo directamente a causa de la guerra con el Brasil. El 20 de octubre del mismo año, fue nombrado teniente 1º de Infantería, revistando en el Parque de Artillería.

A comienzos de 1828, por pedido del coronel Ramón Estomba se lo trasladó al regimiento Nº 7 de Caballería de Línea, cuyo mando ejercía, y con el cual emprendió la campaña que culminó con la erección del fuerte “La Esperanza”. Al ser disuelto aquel cuerpo montado al año siguiente, Mestivier prestó servicios en el Batallón de Artillería de Buenos Aires.

Ascendido al grado de capitán, actuó con esa jerarquía en la fortaleza “Protectora Argentina” (actual ciudad de Bahía Blanca). El 28 de diciembre de 1829, se hizo acreedor a los galones sargento mayor graduado.

En 1830, contrajo matrimonio con Gertrudis Sánchez en la Iglesia del Pilar. El 10 de setiembre de 1832, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, lo nombró interinamente comandante político y militar de las Islas Malvinas. Cuatro días después, Rosas le dio las instrucciones por las cuales debía ceñirse al ejercicio de sus funciones.

Las instrucciones de Rosas a Mestivier fueron muy precisas: “Tomará las medidas conducentes y pondrá todo esmero en que los habitantes se dediquen a la siembra de maíz, papas, porotos y otros vegetales que se dan en aquel clima” … “En el caso impensado de ser atacado el punto que manda, hará la resistencia que se espera de su honor y conocimientos para dejar bien puesto el honor de la República”…” Se encarga con especial recomendación al comandante todo el esfuerzo posible para que se mantengan la moral y decentes costumbres, tanto en la tropa como en los demás pobladores, cuidando de promover la Religión Católica del Estado por medio de prácticas piadosas, como hacer rezar el Rosario de la Santísima Virgen en todas las noches y en los domingos y días de fiesta destinar dos horas a la enseñanza de la doctrina cristiana por el Catecismo del Padre Astete que se usa en esta Provincia, instruyendo de ese modo al pueblo en los dogmas y preceptos de nuestra Religión”.

 La designación de Mestivier en la gobernación de Malvinas fue consecuencia de dos hechos anteriores: la llegada de Vernet con toda su familia a Buenos Aires en el mes de noviembre de 1831; y, el feroz pillaje norteamericano del poblado argentino de Puerto Soledad cometido el 31 de diciembre de 1831. Estos dos hechos, la segunda en represalia a la decisión del Gobernador Vernet de apresar a tres barcos norteamericanos infractores de normas respecto de la explotación de la pesca y de anfibios en el archipiélago malvinero, dejaron las islas transitoriamente sin autoridades oficialmente reconocidas por el Gobierno Central en la Capital porteña.

 Embarcado con su mujer en la goleta de guerra “Sarandí”, al mando del teniente coronel José María Pinedo, partió de la rada el 22 de setiembre, acompañados de los miembros del destacamento que habría de permanecer de guarnición en el puerto de la Soledad, con sus respectivas familias. También lo hicieron varios hombres del establecimiento particular de Vernet, junto con Metcalf, el encargado de su administración.

Rosas también envió una fuerza militar a cargo del teniente coronel Pinedo, a quien dio las siguientes instrucciones: “Luego que esté desembarcado el Comandante (Mestivier) y su guarnición reunirá el Comandante de la Sarandí los oficiales del Buque de su mando y le dará posesión del Establecimiento, comprendiendo la isla de Soledad y las demás adyacentes hasta el Cabo de Hornos, enarbolando a bordo y en tierra el pabellón de la República y haciendo una salva de veintiún cañonazos. De esta posesión y del pormenor de las formalidades con que haya sido dada, firmará el teniente Coronel Don José María Pinedo una acta por triplicado (…). Se pondrá de acuerdo con el expresado Comandante para facilitarle los auxilios que necesite para hacer respetar su destino y la comisión de que ve encargado suministrándole los víveres necesarios para el mantenimiento de su guarnición”.

La travesía de la “Sarandí” resultó penosa, y aunque llegaron a destino el 6 de octubre, no pudieron desembarcar por las lluvias y nieves de tres días seguidos. El 10 de octubre tuvo lugar la ceremonia de toma de posesión de la Comandancia de las islas por parte del gobernador Mestivier, con la consiguiente reafirmación de nuestro dominio sobre ese pedazo de suelo patrio.

Una vez instalado, la goleta “Sarandí” abandonó el fondeadero del puerto de la Soledad, para efectuar un crucero de inspección por el litoral sur del archipiélago en busca de barcos extranjeros dedicados a la pesca en aguas argentinas. Luego de sorprender en infracción a dos de ellos, se dirigió al Estrecho de Magallanes en persecución de un bergantín oriental y otro de bandera norteamericana.

Sedición y crimen

Gertrudis sería madre de un niño nacido en el archipielago. En el interín, parte de la guarnición de la Soledad se amotinó, al mando del sargento Manuel Sáenz Valiente. En efecto, el 30 de noviembre, en horas de la noche, una sublevación de parte de la guarnición no pudo ser reprimida por el Comandante. Sorprendido éste en sus propias habitaciones, fue atacado y, antes de que pudiera defenderse, ultimado a tiros y bayonetazos.

Las causas de la sublevación pueden encontrarse en la rígida disciplina de Mestivier, quien “no consentía ninguna falta a sus subordinados y demostraba poseer mano dura para aplicar castigos”. Estas medidas crearon una actitud de hostilidad entre sus hombres, que obedecían al ayudante Juan Antonio Gomila, a quien veían como su verdadero jefe.

Luego de asesinar a Mestivier, los peones del establecimiento ganadero de Luis Vernet, , ayudados por la tripulación de un ballenero francés prontamente capturaron a los amotinados y los trajeron presos”.

En su libro “Mujeres en Tierra de Hombres” la escritora Virginia Haurie dedica un fantástico relato denominado “Gertrudis Sanchez y las Siete Horcas” que demuestra los escalones y privilegios de la justicia militar con respecto a los sentencias y su ejecución.

“Al regresar a Buenos Aires Gertrudis se había encerrado en casa de sus parientes buscando como único consuelo que se haga justicia.Una mañana un amigo de su marido le había llevado la noticia de la sentencia dictada por el Consejo de Generales: siete amotinados serían fusilados y luego ahorcados, al negro Sáenz Valiente también se le cortaría una mano.

El ayudante Gomila, no sólo no sería ahorcado sino que sería puesto en libertad. Se aducía en su descargo, que su juventud y su falta de carácter no le habían permitido controlar a la gente. Gertrudis sintió que la sangre se le envenenaba de impotencia. Pero faltaba más. Ese mismo día en el Diario de la Tarde el General Pedro Nicolás de Vedia hizo pública la defensa de Gomila. Fue entonces cuando Gertrudis quiso morir, un recurso que por su hijo no podía permitirse.

En la plaza de Marte se cumplió la sentencia..Balcarce, a cargo del Gobierno de Buenos Aires, dispuso que estuvieran presentes todos los militares que habían estado en Malvinas. A las diez de la mañana, el sargento segundo José María Díaz, el cabo primero Francisco Ramírez y los soldados Bernardino Cáceres, Juan Antonio Díaz, José María Suárez, Juan Moncada y Manuel Sáenz Valiente, fueron pasados por las armas y colgados durante cuatro horas en la horca.

A Manuel Sáenz Valiente que había sido el autor material del asesinato se le cortó la mano derecha antes de colgarlo. Esto con arreglo a los artículos diez y seis, y veinte y seis del Tratado ocho, título diez de la Ordenanza. Tres carros de madera se llevaron los cadáveres.

Los soldados Mariano Gadea y Manuel Delgado que habían profanado el cadáver

de Mestivier recibieron doscientos y cien palos dentro del cuartel. El capitán Gomila, mientras tanto, elegía el lugar para su exilio.

El diario El Lucero lamentó que esos hombres no hubieran muerto en batalla. Si así hubiera ocurrido todavía flamearía la bandera argentina en Malvinas en lugar de la inglesa.

Penoso resultó también que la defensa del capitán ayudante Gomila se basara en sembrar dudas acerca de la moral de la desdichada Gertrudis que haría conocer su impotencia y desazón a través de una carta pública.

“Considero al ayudante Gomila como el principal autor de la muerte de mi finado

esposo; el ha instigado a los que lo ejecutaron, y es tan evidente ese cargo, que no es extraño si usted ha tenido que atentar a mi honor para atenuarlo. Usted, que invoca la compasión de los jueces en favor de un culpable, tiene la inhumanidad de desgarrar el corazón de una inocente!...

Lamenta la muerte de un "desgraciado joven", que ha sufrido el "ignominioso peso de una barra de grillos", y no vacila en atropellar a la pobre viuda, para quitarle lo único que le queda, y que no está en poder de nadie arrebatarle -¡su honor! Después de esto ¿qué hay de extraño si usted procura justificar los insultos de Gomila, atribuyéndolos a su edad, a su genio y a su cordura? y ¿Usted es padre de familia y anciano? No quiero, Señor Vedia, insistir más en este examen; y hubiera deseado para usted y para mí no hallarmeen la precisión de emprenderlo.

Gertrudis Sánchez, viuda Mestivier.

Firmó la carta sin convencimiento, pero no había otra cosa que pudiera hacer.

El 11 de febrero de 1833, el General Vedia contestó la misiva de la viuda de Mestivier a través del mismo diario, El Lucero. Un importante historiador de nuestro siglo dijo en un libro acerca de esa respuesta: "El general contestó con una carta hermosa, escrita con mucha altura y no poca ironía". Haber fundamentado parte de la defensa en insinuaciones que pusieran en duda la moral de una mujer que había vivido con un bebé casi un mes a merced de asesinos no parece el recurso de alguien con altura. Una persona honorable tampoco hubiera recurrido a la ironía que en definitiva no es otra cosa que burla. Indignante resultaría el párrafo final del anciano general cuando  Vedia decía que Gomila «en estilo de broma la solía abrazar a Gertrudis».