Historias de Patagonia: La historia de Valeriano Fernández

Los ladridos alterados de los perros sobresaltaron al español Valeriano Fernández en su casa de Río Gallegos. Noche oscura y nublada, así fue que buscó un farol y salió para ver que ocurría. No se vivía tranquilo por esos días en el Territorio Nacional de Santa Cruz. 
domingo, 21 de febrero de 2021 · 00:46

* Mario Novack 

Era un 15 de noviembre de 1921 y ya se había encendido la mecha de la masacre de trabajadores en las estancias del sur santacruceño. El galope apresurado de un caballo tordillo y la voz de un español angustiado le indicaban a Valeriano que sería  algún amigo.”

Pronto lo reconoció: se trataba de Eulogio Alonso, aquel joven asturiano que trabajaba como peón en la estancia Paso del Medio, cercana a Río Gallegos.   “Eulogio, hombre que ocurre…? interrogó Valeriano al agitado visitante. “Pues que están fusilando en las estancias. Vengo de Punta Alta y han llegado las tropas  del 10 de Caballería y están masacrando a los peones”, respondió angustiado Alonso.

“Allí nos dieron a elegir entre un caballo o un fusil. Yo elegí volver y me largué para el pueblo, porque ya empezaron a fusilar compañeros y esto recién empieza”, añadió Eulogio.

Valeriano quedó un momento en silencio mirando a su paisano y amigo. “Tu eres muy joven para morir, has hecho bien. Aquí la cosa también está que arde. Persiguen y detienen a medio mundo. Además ha llegado el teniente coronel Varela con muchos soldados”.

“Será mejor que cenes algo, descanses y luego veremos. Tu casa es la mía y aquí estarás a salvo el tiempo que necesites”, dijo Fernández quien sentía un gran afecto por el joven asturiano.

Valeriano no durmió esa noche, le ganó la intranquilidad por la suerte de su amigo y por la suya propia. Hacía pocos días había llegado a Río Gallegos el teniente coronel Héctor Benigno Varela con tropa, vehículos y armamentos.

Y desfilaron por su memoria aquellos acontecimientos  que comenzaran varios años atrás. Y de allí se conocían. Eulogio Alonso era un muchachito flaco y tímido que recientemente había llegado de Asturias, buscando un porvenir en esta América.

Sólo, con una taza de té en la mesa y contemplando el ventanal Valeriano rememora los sucesos del 16 de abril de 1917. Esa fecha fue distinta en la pequeña ciudad de casas de chapas, hollín de carbón y calles de ripio, llamada Río Gallegos.

Cerquita del río los obreros de la Barraca Amberense le dirían basta al maltrato corporal de los peoncitos menores de edad que trabajaban allí. “Pedazo de cabrón,  maltratador de críos ese Ubaldo Peréz” pensaba para sus adentros Valeriano. Después de las quejas de los obreros mayores de edad, el día 14, la Sociedad Obrera de Río Gallegos  proclamó el paro general.

“Todos asturianos, dice ahora en voz alta Valeriano, cuando recuerda a los hermanos Antonio y José Mayo Priege. Los ruidos en la calle lo sobresaltan y de inmediato lo ve a Eulogio que también se ha levantado entre asustado y sorprendido”

“Amigo Alonso, estaba recordando la huelga de la Barraca Amberense por los peoncitos castigados. Le pedimos que lo echaran al segundo capataz Ubaldo Pérez y como se negaron, argumentando el derecho de organización y administración de la empresa,  se decidió la huelga”.   “Eramos como cincuenta estibadores que nos fuimos a la playa y allí estuvimos cruzados de brazos, como protesta”, dice Valeriano.

Y que pasó ?, inquiere Eulogio. “Hombre, los administradores de la Barraca nos denunciaron a la policía que a garrote limpio nos corrieron de la playa y detuvieron  amparados por la denominada Ley Social  detuvieron al amigo José Mayo, acusándolo de predicar “ideas disolventes y antiargentinas”.

“Al pobre Mayo lo liberaron, pero perdió su empleo y sabes que Eulogio..?. Lo que son las ironías de la vida. Al cabrón de Ubaldo Peréz lo detuvieron hace pocos días, lo acusan de anarquista”, cuenta en medio de una carcajada. Pero dime…que pasó en las estancias ?”.

Ya está amaneciendo y con las primeras luces llega la tranquilidad de saberse menos expuestos. Entre agotado y tenso Eulogio Alonso comienza su relato de lo ocurrido en la estancia Punta Alta.

“Habiamos salido de Gallegos proclamando la huelga en las estancias. Te aseguro Valerioano que no hubo ningún atropello ni contra vida ni contra bienes, eso te lo puedo asegurar. Cuando se sacaba algo de los almacenes de las estancias siempre se dejaba un recibo firmado. En Punta Alta, en un lugar donde había un corral de marca de palo a pique, muy cercano a la estancia Punta del Monte, allí hicimos campamento. También, en las cercanías del corral había una especie de ranchito. 

Y estaban solos ? inquiere Valeriano..” “No amigo, en el grupo había dos “turcos”: Nasif, de Río Gallegos y Amado, de Lago Argentino. Al pobre Nasif  luego lo asesinaron las tropas). La columna nuestra iba con rumbo a estancia “Anita” para concentrarnos todos allí con los otros grupos que iba reuniendo Antonio Soto”.

“Eulogio y como te has salvado ?, pregunta Fernandez. “Pasa que ese día el alemán Otto, otro más y yo salimos en comisión para buscar víveres a la cercana estancia Punta del Monte. Llegamos allí y ya cerca del anochecer íbamos a salir de regreso al campamento cuando se aparece un peón de la estancia Punta del Monte, que había estado en el campamento, de nombre Bautista y si mal no recuerdo García de apellido. Venía huyendo y nos dijo que había caído policía o tropa del ejército sobre el campamento y que había metido bala matando a unos cuantos. Esa tropa había llegado por arriba, por el lado de Fuentes del Coyle y había rodeado a los peones en huelga. Algunos pocos se salvaron cruzando a Chile.

“Entonces resolvimos desparramarnos. Yo pensé que lo más inteligente era venir para Río Gallegos para informarme bien de lo que estaba ocurriendo, dice tenso Eulogio Alonso. “

“Has hecho bien muchacho”, interrumpe Valeriano. “Pero esto es muy doloroso y recién comienza. Como te dije antes, puedes quedarte el tiempo que quieras, somos paisanos, somos amigos”.

Los años pasaron y los amigos tomaron caminos distintos con un denominador común, el trabajar de sol a sol, buscando el mejor porvenir para sus familias. Por eso Eulogio Alonso después de ser peón, contratista de esquila y finalmente emprendió la labor como hotelero, con los Hoteles Alonso y Covadonga.

Valeriano por su parte, incursionó en otras labores, trabajando en las estancias de Montes, Fernandez y Suarez, todos compatriotas españoles. Carnicero y finalmente dueño de una chacra camino a Río Chico. Su nieto Luis Mario “Toti” Fernández lo recordaba con una característica curiosa. Invierno y verano dormía con las ventanas de su casa abiertas.

Y era como muchos inmigrantes españoles partidario de los republicanos. Tenía un cuadro en la cabecera de su cama con el símbolo de la República, la bandera ( roja, amarilla y borravino) y abajo un león, la hoz el martillo, un tren, un barco y un avión.”

Agradezco a Estela Fernández, nieta de Valeriano haberme alcanzado algún material para la elaboración de este artículo donde también tomé algunos conceptos de su hermano 

Sin conocerlo, porque murió en la década del 60,es admirable la actitud de Valeriano Fernandez, declarando una huelga no por cuestiones salariales, sino en contra de la barbarie del castigo a menores de edad y luego protegiendo a su amigo y paisano Eulogio Alonso, para quien escribiéramos esta milonga:

El asturiano

Eulogio Alonso ya vuelve
Trae en la cintura un cuchillo
Y su destino jugado
A las patas de un tordillo

Sabiendo que fusilaban
Eulogio quiso partir
Cuando pidieron que elija
Entre caballo y fusil

Se despidió de los suyos
Sin lamentos ni reproches
Pudo llegar a Gallegos
Ya bien entrada la noche

Se le atropellan recuerdos
Cuando se acuerda de Otto
Ese anarquista alemán
Ladero de Antonio Soto 

De sus viejos compañeros
Solo quedaron algunos
Salvados de la masacre
En la huelga del veintiuno

Aunque pasaron los años
Este inmigrante asturiano
Mantuvo viva la historia
De aquellos nobles paisanos

Don Eulogio y su caballo
Siguen cruzando el desierto
Aunque haya pasado un siglo
Se oye el galope en el viento

Valeriano Fernández lo recibió, protegió y acompañó. Esa noche del 15 de noviembre de 1921 es una fecha donde dos de sus virtudes se destacaron: la lealtad y la solidaridad.