Historias de Patagonia: El exterminio originario en Tierra del Fuego

"Una indiecita que usted quería que le enviase. He intentado obtener una de la Isla Dawson y Río Grande pero lamento decirle que no he podido. Si podemos capturar indios este invierno, intentaré guardar una niña para enviársela".
domingo, 16 de mayo de 2021 · 00:31

*Mario Novack

Quien vierte estos conceptos en una carta fechada en el año 1899 es nada menos que Mauricio Braun, fundador de uno de los grupos económicos más importantes de la Argentina, cuya empresa más destacada es la cadena de Supermercados “La Anónima”.

Es parte de una misiva dirigida al presidente de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego Peter McClelland en lo que se volvió una costumbre en la Argentina y Chile, luego del exterminio de los pueblos originarios.

El etnocidio practicado en Tierra del Fuego se encuentra documentado en el Museo Regional de Magallanes, con sede en Punta Arenas, organismo que publica el hecho y la documentación que echa luz sobre la historia.

Sostiene que “los colonizadores ejercieron políticas de exterminio sistemático contra los selk´nam para instaurar un modelo de explotación ovina en sus tierras ancestrales”.

Frente al etnocidio practicado por los colonizadores en la Patagonia, los fueguinos resistieron mediante la huida, construcción de trincheras y el desplazamiento a través de Tierra del Fuego.

En las persecuciones, la suerte de los selk´nam variaba de acuerdo a su edad o género. Los hombres adultos eran asesinados por encarnar la resistencia o eran separados al ser secuestrados:

"Para matar indios recibiendo en pago, diez pesos por cabeza de cada indio que mataban. Esta orden la recibían del administrador don Alejandro Cameron, quien les pagaba la remuneración y les daba las provisiones. Le dijeron también que tenían orden de matar los machos y traer las hembras y los muchachos" (José Concha, Sumario, 1895: fj. 83v-85v). Niños y niñas se mantuvieron con vida y se distribuyeron a familias para servicio doméstico:

"A nuestra presencia los indios varones emprendieron la fuga, quedando sólo las mujeres a quienes trajimos a las casas de la hacienda" (Ernest Wales, Sumario, 1895: fj. 95-95v). 

Las mujeres en contextos de colonización sufren violencias específicas, en su mayoría violaciones sistemáticas y secuestros. En el caso de Tierra del Fuego, las oleadas migratorias que arribaron tuvieron una población mayoritaria de hombres, por lo que estas prácticas se hicieron habituales.

La instalación de un modelo de explotación capitalista actuó de manera específica contra ellas lo que se reforzó mediante el patriarcado, que requirió servidumbre doméstica y sexual. Esta lectura ha cobrado relevancia para entender cómo actúan reforzándose ambos modelos: "el capitalismo se sustenta en la producción de un tipo determinado de trabajadores ―y en consecuencia de un determinado modelo de familia, sexualidad y procreación―, lo que ha conducido a redefinir la esfera privada como una esfera de relaciones de producción". 

Durante los primeros años, los selk´nam crearon estrategias para enfrentar a los estancieros, las que no fueron sólo respuestas frente a la violencia sino también intentos de acción. Por ejemplo, ante la escasez de alimentos robaron ganado y destruyeron cercos que la "sociedad blanca" instalaba en su territorio.

Evitaron el contacto con los colonizadores a través de desplazamientos estacionales: "hacia el sur en el verano, convivir con los Yámana y hasta trabajar en la Estancia Harberton (cercana a Ushuaia) para retornar a los bosques en invierno, cuando la presencia blanca disminuía debido a la crudeza del clima" .

Cuando los forasteros crearon métodos para capturarlos y perseguirlos, recurrieron a la construcción de trincheras y rutas de escape:

"Habría en el campamento como doscientos indios, entre hombres, mujeres y niños, y a corta distancia habían arreglado una especie de trinchera o fortín defendidos por dos costados con murallas de piedra y tierra y amparados por una laguna y un barranco elevado. (…) Como a las ocho de la mañana siguiente, se presentaron al campamento seis hombres de a caballo, armados de rifles o carabinas que después supe eran del Administrador Don Alejandro Cameron y los empleados de la Estancia Bahía Inútil, perteneciente a la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Los recién llegados comenzaron a hacer disparos de armas de fuego contra los indios, quienes se refugiaron inmediatamente en el fortín o atrincheramiento que tenían preparado para casos semejantes" (Manuel Lires, Sumario, 1895: fj. 207v-211).

Destrucción de modos de vida y matanzas en los selk'nam

La exclusión de las voces de los fueguinos como testigos en el litigio que indagó sus vejámenes, refleja las relaciones de poder existentes a fines del siglo XIX, que al ser contrastadas con otras fuentes documentales revela la visión de los terratenientes y los sentidos que le atribuyeron a las matanzas.

Los conceptos del antropólogo James C. Scott de "discursos públicos/discursos ocultos" permiten una lectura del sumario en términos de interpretación de silencios, prácticas y la contradicción con lo enunciado públicamente (2000: 38). Las autoridades judiciales en el sumario dan cuenta de esto:

"Habiéndose hecho notar a los comparecientes las contradicciones o diferencias que existen entre las declaraciones de ambos, expuso Cameron que reitera lo que tiene afirmado por su parte, asegurando que si bien hicieron algunos disparos los de su comitiva que se habían adelantado, éste duró poco tiempo y solo hasta que el declarante se unió a ellos y que en la noche del mismo día se hicieron algunos disparos sin ánimo de ofender a los indios" (Sumario, 1895: fj. 237v-239).

Salesianos como Juan E. Belza y Lorenzo Massa cedieron ante el poder de los terratenientes. El sacerdote de esa congregación Raúl A. Entraigas reconoció en su correspondencia privada que "no se me oculta la verdad verdadera: que hubo matanzas de indios […] pero no seamos nosotros los salesianos los que encendamos la tea del escándalo" (Marchante, 2014: 216).

Las misiones garantizaron condiciones mínimas a los fueguinos frente a las persecuciones, pero detenidos contra su voluntad e influenciados por doctrinas que les eran ajenas sufrieron el progresivo abandono de sus formas de vida, lo que contribuyó al desarraigo y la propagación de enfermedades traídas por los recién llegados, como neumonía, tuberculosis, sarampión y sífilis.

La destrucción sistemática de modos de vida, pensamientos y tradiciones fue definida por el etnólogo Robert Jaulin como etnocidio, a partir de casos que se dieron en América Latina: "el genocidio asesina los cuerpos de los pueblos, el etnocidio los mata en su espíritu" (En Clastres, 1996: 56).

Su alcance puede perdurar a través de generaciones, pues depende de la capacidad de resistencia de los pueblos. Para el antropólogo Pierre Clastres, el Estado es el eje que lo sostiene:

"El etnocidio, como supresión más o menos autoritaria de las diferencias socioculturales, se inscribe primariamente en la naturaleza y funcionamiento de la maquinaria del Estado, que procede por uniformización de la relación que liga a los individuos: el Estado no reconoce más que ciudadanos iguales ante la ley" (1996: 62).

La digitalización y difusión del sumario judicial, que en 1895 recogió 158 testimonios sobre los vejámenes contra los selk'nam y otros grupos originarios de Tierra del Fuego, permite hoy revisar la asimilación forzada a la que fueron sometidos, al igual que las repercusiones que este proceso tiene en la actualidad.

El tribunal excluyó los testimonios de los indígenas por supuesta falta de intérpretes, pero figuran en el expediente las declaraciones de trabajadores de Punta Arenas y Tierra del Fuego, que junto a otras fuentes históricas permiten dimensionar lo ocurrido.

El documento brinda acceso a testimonios de diversos actores de las estancias:

Trabajadores de Punta Anegada, Estación Porvenir, Gente Grande. De Caleta Josefina declararon Prado, Madsen, Nielsen y Macleod., administradores, como Alexander Cameron de Caleta Josefina. De la orden Salesiana, el presbítero Mayorino Borgatello y el dueño de Caleta Josefina, Mauricio Braun.
Las acusaciones se desecharon por ausencia de testigos directos o pruebas materiales, y el caso fue cerrado y sobreseído, pese a que los maltratos y recompensas ofrecidas por capturas o matanzas de fueguinos constan en el mismo expediente.

El Juzgado de Garantías de esa zona expresó que los malos tratos se debieron a la creencia de un "estadio menor de desarrollo" de los fueguinos y una defensa de la propiedad privada, y esperó que la investigación disminuyera los acosos y prácticas genocidas:

"El celo bien laudable de US. Para investigar los hechos denunciados, habrá indudablemente de contribuir a hacer desaparecer o al menos disminuir los excesos a que pueda llevar la defensa de la propiedad en su lucha inevitable con la barbarie que, por desgracia, aún existe en aquellas apartadas regiones" (Sobreseimiento sumario, 1895: fj. 405-406v).

Razones que motivaron el sumario vejámenes 

En 1888 el sacerdote salesiano José Fagnano fundó una misión en isla Dawson para que se "acogiera, cristianizara y civilizara" a los indígenas fueguinos. Para mantenerla, la orden religiosa llegó a un acuerdo financiero con la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, la mayor empresa ganadera de la Patagonia:

"Aunque los reverendos padres recibían una subvención del Estado con el objeto de que recogiesen y civilizasen los indios de Tierra del Fuego, era justo que la Sociedad contribuyese con algo a este fin y se acordó que por cada indio que la Sociedad llevare en adelante a la Isla Dawson se daría a los reverendos padres una libra esterlina, por una sola vez" (Moritz Braun, Sumario, 1895: fj. 11v-13).

Resguardada en este pacto, la compañía fundada por José Nogueira y Sara Braun promovió el rapto de numerosos indígenas. El más conocido secuestro fue el de un grupo de selk'nam en la Estancia Caleta Josefina, situada en Bahía Inútil. Los trabajadores relatan en su declaración:

"Recibí ordenes del Gerente de ella Señor Moritz Braun de tomar cualquier indio que encontrara en el campo alambrado donde están las ovejas y lo remitiera a la Isla Dawson. Obedeciendo a esta orden hace cinco meses más o menos una partida de ciento sesenta indios pretendieron romper el alambre de los cercos por cuyo motivo me dirigí yo acompañado de Jacobo Nielsen, N. Matsen, N. Mc Leod y Gregorio Prado armados todos de rifles e hicimos un rodeo, los acorralamos y los trajimos al galpón de la hacienda. En la resistencia que opusieron para someterse fue muerto uno de los indígenas sin poder designar yo la persona que lo mató" (Alexander Cameron en Sumario, 1895: fj. 41-41v).

Estuvieron apresados 15 días en un galpón, y luego el gobernador Manuel Señoret ordenó su traslado a Punta Arenas, en el buque "Huemul".

En esa ciudad, la autoridad creó una comisión que repartía a niñas y niños indígenas entre familias de Punta Arenas para el servicio doméstico, y envió al grueso de los adultos a los aserraderos, mientras que el resto deambuló por la ciudad en condiciones míseras:

"La situación actual de los indios en esta población es de lo más miserable e infeliz, pues pululan por las calles, medio desnudos y muertos de hambre pidiendo de limosna carne y hasta robando, para satisfacer su necesidad, animales enteros" (José Concha, Sumario, 1895: fj. 83v-85v).

Esto provocó la publicación de cartas de reprobación hacia el gobernador, al igual que denuncias de maltratos y matanzas hacia los fueguinos. En 1895 el periódico El Chileno de Santiago difundió dos escritos anónimos:

“En Magallanes los indios fueguinos y los salesianos. Cacerías de indios, escenas de sangre”. Publicado viernes 8 de noviembre de 1895.
“Una raza que se extingue. Grandes escándalos en Magallanes. Tráfico de indios en Punta Arenas.” Publicado sábado 9 de noviembre de 1895.


El cronista de El Chileno, publicada los días 8 y 9 de noviembre de 1895, denunció este hecho:

“En los días, 7, 8 y 9 de agosto, se llevó a cabo el doloroso i salvaje espectáculo que en Punta Arenas se ha llamado el REMATE DE INDIOS, en medio de las escenas más desgarradoras que he visto en mi vida. Los amigos del gobernador (Manuel) Señoret recibieron para su servicio uno o más pequeños esclavos. Siento oprimida mi alma por el recuerdo de aquellas escenas cuando las evoco al escribir estas líneas. Al comprender que les arrebatan a sus hijos, los indios salieron de su habitual serenidad y dócil placidez, y dando gritos horribles, con ademanes desesperados, trataron de defender sus criaturas. Cada niño arrebatado originaba una escena (…) Horrorizado y sin hallar medio de protestar contra aquellas iniquidades que la autoridad había decretado, me retiré a mi alojamiento, y allí vi todavía, desde la ventana, a dos hombres que arrastraban a una niña como de ocho años”.

Los hechos y su difusión en prensa dieron inicio al proceso que enfrentó posturas sobre la colonización del territorio y de los indígenas. 

Cabe consignar que en Chile la esclavitud fue abolida el 24 de julio de 1823, cuando previamente José Miguel Carrera promulgó en el año 1811, la libertad de vientres. Sin embargo la esclavitud de los habitantes originarios se mantuvo entrado el Siglo Veinte.