Historias de Patagonia: La vida del primer gobernador de Santa Cruz

Pensativo, taciturno. Así con esa expresión el marino Carlos María Moyano emprende el regreso desde Malvinas, trayendo a su futura esposa: una destacada kelper con parentesco entre las autoridades de las islas.
domingo, 25 de julio de 2021 · 18:47

*Por Mario Novack 

Moyano, que ya es gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz piensa en sus dos hijos que tuviera con una de las mestizas más bellas que habitaron estas tierras del sur y lo asalta la angustia al recordar el trágico destino de su amada.

 “Lo nuestro no puede seguir. Es imposible María, venimos de mundos diferentes y lo mejor para los dos será la despedida. Si algo le ocurre a nuestros hijos yo estaré de inmediato para ayudarlos y protegerlos. Lo juro por mi propia vida”, así se despide el gobernador Moyano en su última carta dirigida a María Notini.

Blanca, bella, muy bien parecida. Así la describen los testimonios de la época a María, el amor de un Carlos María Moyano que aún no había sido designado gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz. 

El viento de mar le refresca la piel y su memoria. Recuerda que a ambos hijos los tuvo que rescatar de Buenos Aires luego que la tribu del gran cacique Orkeke fuera apresada y forzada a viajar a Buenos Aires, a mediados del año 1883. 

María formaba parte del grupo y con los dos hijos de Moyano y un tercero que estaba en su vientre. Se despidió de las tierras patagónicas en Puerto Deseado, desde donde zarpó el Transporte Villarino el 19 de julio, arribando a Buenos Aires diez días más tarde.

El líder Orkeke fue capturado por el ejército junto a su tribu, cerca de Puerto Deseado, cuando estaban realizando un tradicional festejo. Los uniformados no tomaron en cuenta que se trataba de un grupo pacífico, que dócilmente se sometía a las imposiciones.

Fueron trasladados a Buenos Aires. El 29 de julio desembarcaron en La Boca. “Espectáculo ingrato de miseria y abandono contemplan absortos los periodistas cuando al asomarse a la bodega se les presentan apiñados en un ambiente fétido toda la gente de Orkeke. 

 

El terror, ese terror supersticioso del indígena, altera la habitual expresión de sus semblantes con la rigidez de una máscara trágica. Un miedo invencible los domina” (Leoncio Deodat. El descubridor de historias).

Los alojaron en el cuartel de Retiro del Regimiento I de Infantería. Su presencia en las calles porteñas despertó la curiosidad de la prensa, dando lugar a la publicación de varios artículos, algunos complacientes con la injusta condena y otros críticos con el absurdo confinamiento. 

La trascendencia adquirida por Orkeke y los suyos llevó a Ramón Lista a pasearlos por la ciudad, a visitar el zoológico y a concurrir a un teatro. Hasta fueron recibidos por el presidente Julio Roca.

Paulatinamente, la noticia de su presencia dejó de despertar el interés inicial y sólo algunos medios dedicaron algunas líneas para criticar sus condiciones de vida.

Pero, el clima porteño fue sometiendo a pruebas exigentes a los nativos australes y su salud se fue deteriorando progresivamente, afectando “su fuerte estructura orgánica, que es el resultado de una severa selección natural operada con el andar de los siglos en el rígido clima de su suelo natal, debe sufrir las consecuencias del brusco trasplante a un ambiente donde las costumbres, medios de vida y género de alimentación, les son absolutamente adversos. Es la ley de la inadaptabilidad que se impone a la voluntad del hombre”.

Primero sucumbió Valeska, la vieja bruja de la tribu, luego tres niños, y le llegó el turno a Orkeke, el doce de septiembre, mientras estaba internado en la cama 39 del Hospital Militar, correspondiente a la sala destinada a los soldados, donde el nativo se resistió a los tratamientos hasta que -como escribió La Nación- “como una luz que se apaga de súbito” concluyó su vida.

Moyano presenció estando en Buenos Aires el triste destino sufrido por los habitantes originarios y decidió hacerse cargo de sus hijas ante la inminente muerte de María. Su regreso al Territorio Nacional de Santa Cruz ya lo hace en calidad de gobernador.

En 1885 hizo un viaje a las Malvinas, donde compró ovejas y carbón. El entonces presidente Julio Argentino Roca le había dado instrucciones para que procurase atraer a agricultores malvinenses para establecerse en Santa Cruz.

La decisión se debió por la proximidad y coincidencia de clima y pastos. Moyano viajó varias veces al archipiélago, logrando éxito su tarea de poblar Santa Cruz con colonos malvinenses y trasladar ovejas para su cría. La primera migración involucró a 16 familias (unas 80 personas) que montaron 27 estancias y que abandonaron las islas para siempre por la presión ejercida por la empresa monopólica británica Falkland Islands Company.

En sus viajes a las islas también conoció a una joven malvinense, Ethel Turner. En su primer viaje a Malvinas, Moyano había comprado seiscientas ovejas a un próspero comerciante y granjero inglés, que resultó ser el padre de Ethel.

Ethel y Moyano contrajeron enlace el 15 de septiembre de 1886 en Puerto Santa Cruz. Ethel apenas tenía 18 años4 y Carlos, 32. Su boda fue la segunda de gente blanca celebrada en el territorio santacruceño y estuvo fuera de lo común para la zona y época.  De la boda no existen crónicas ni documentos de época, salvo la constancia del casamiento en el folio dos del libro de actas inaugurado al efecto.

Moyano, luego de conocerla en la capital isleña, le había pedido matrimonio cuando ella tenía recién 16 años, por lo que el compromiso formal debió esperar dos años hasta Ethel alcanzó la mayoría de edad.

Antes de la fecha de la boda los familiares de Ethel y otros invitados malvinenses viajaron hacia Santa Cruz en el vapor ARA Villarino de la Armada Argentina. Entre los regalos a la pareja hubo dos quillangos elaborados por los Tehuelches locales: uno de grandes dimensiones confeccionado con pieles de zorros, que cubría el piso de una habitación de regulares dimensiones, y otro más chico, pero confeccionado con pieles de crías de ñandú. Relatos de boda también cita oro en polvo como uno de los regalos.

 Los recién casados fueron a Buenos Aires en viaje de bodas. Recalaron un mes en Carmen de Patagones, luego hasta el río Colorado donde el gobierno nacional le había asignado unas tierras a Moyano por sus labores militares. Allí Moyano formó la estancia La Etelvina, en homenaje a su esposa.

 El matrimonio tuvo dos hijos, un varón y una mujer (Juan Luis y María Clarisa). Ethel no rompió los lazos con su tierra de origen ya que su familia le escribía con frecuencia, contándole los acontecimientos las islas y mandándole la gaceta oficial y el periódico que publicaba el deán local. Ethel viajó a las islas de visita solo una vez, en 1889. Ella murió en Buenos Aires en 1918, a los 50 años de edad y ocho años después del fallecimiento de su marido.

Los hijos que el primer gobernador de nuestro territorio tuviera con la mestiza María fueron bautizados en la Iglesia de Puerto Santa Cruz el 31 de agosto de 1886 y convivieron con la familia Moyano-Turner radicándose en el norte del país.
 

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