Historias de Patagonia: Poetas de un siglo atrás

La ciudad se despereza luego una noche helada, fría, tan fría como la muerte de uno de los periodistas y poetas que han arribado a este lugar hace pocos años. En busca dijo, de paz interior.

Escrito en HISTORIAS DE LA PATAGONIA el

* Mario Novack

“Como se llamaba dijo…? pregunta el juez Ismael Viñas algo alterado esa noche del  jueves 24 de junio de 1920. “Ernesto Turini era su nombre” responde casi a desgano el comisario Nicolía Jameson, que profesa escasa simpatía por el letrado, a quien los sectores del poder califican como “cómplice” de las revueltas sindicales, que ya comienzan a anunciarse.

“Porteño…? Vuelve a consultar el juez, mientras va armando el rompecabezas del deceso del periodista, escritor y poeta, afincado en Río Gallegos desde casi tres años. “Uruguayo de nacimiento señor”, sigue ampliando el comisario, que tiene fama de “duro” y “garroteador”.

Era corresponsal del diario “La Nación” y además responsable del suplemento literario que editaba el diario “La Unión”, de fuerte línea conservadora y considerado como el “decano” del periodismo santacruceño.

Ciudad pedregosa, barrida por el viento. Refugio de los desesperados como ilustrara el cónsul chileno en la ciudad don Juan Guzmán Cruchaga, paradójicamente otro de los hombres de letras destacados que habitaban la pequeña población.

“Comisario dejemos esto pendiente hasta mañana, en que se conocerá el resultado del deceso del pobre Turini y descasemos lo más tranquilos que podamos”, ordena el Dr. Viñas.

Al día siguiente el letrado se desplaza hacia la sede del Consulado chileno en Río Gallegos con la firme intención de hablar con Guzmán Cruchaga, de literatura y también política.

Río Gallegos es en ese entonces un pueblito de apenas 2.912 habitantes, con más necesidades que cualquier otra capital. El juez Viñas camina cuidando no terminar con su humanidad en medio de la escarcha que adorna el poblado.

Se encuentra a la pasada con el doctor Julio Ladvocat, a quien le encarga que lo tenga rápidamente informado sobre la causa de muerte de Turini. El médico asiente y continúa su marcha hacia el local de la Asistencia Pública, como se le llama al hospital local.

Finalmente arriba al consulado y su titular lo recibe sonriendo. “Que lo trae por acá señor juez”, inquiere amablemente Guzmán Cruchaga. La respuesta no se hace esperar. “quiero saber más del poeta que murió”.

El cónsul se sienta en el amplio sillón de su despacho, al tiempo que invita al juez a hacer lo propio. “Sé que había llegado en el año 1917, era estudioso, bueno, taciturno. También que había publicado dos libros en Buenos Aires. El primero de ellos en 1907 titulado “Líricas” y al año siguiente “Animas”. Sin incorrectos y con cierto aire danunziano, perfumados de una penetrante melancolía y reveladores de una tierna alma soñadora.

“La muerte no le ha sorprendido. La presentía, la esperaba, tal vez la deseaba. Todas sus páginas en verso o prosa la anuncian. He aquí una de sus últimas poesías de misteriosa entonación pascoliana:

“En noches de ensueño eres buena,
Mi lámpara fiel compañera
Mi sueño tú velas serena
Y me velaras cuando muera.
Responde: en un rayo de luna ?
Vendrá la ensoñada hasta mí
Sus besos serán mi fortuna

En noches de tedio eres seria, 
Oficias de amiga clemente, 
Y borras la arruga en mi frente
Confortas mis ansias de histeria.
Responde: tu luz en su ocaso
Es como un reflejo de mí
Y todo mi esfuerzo es fracaso ?

En noches de histeria eres grave, 
Compartes mi insomne tristeza.
Yo soy el marino que sabe 
Del viaje tan solo que empieza
Responde: tal vez el destino
Impulsa la muerte hasta mí
Y acaso ha emprendido el camino ?

Reina el silencio luego de la lectura. El juez federal decide el regreso a su despacho, mientras que el cónsul seguirá con sus tareas asistiendo las consultas que le hacen sus compatriotas afincados en la Argentina.

A las pocas horas aparece el médico forense con el resultado de la autopsia. “Fue un paro cardíaco, un síncope” adelanta el facultativo. El doctor Viñas asiente con la cabeza, pero su recuerdo está en la charla con el cónsul poeta que le adelantó lo que ahora certifica el forense. Las ansias de muerte se le fueron al corazón al poeta Ernesto Turini.

Poco se vieron juez y cónsul durante las huelgas de la Patagonia Trágica. Estuvieron ambos muy al tanto de lo acontecido, hasta que un día de junio de 1923 se encontraron en la sede del Correo despachando correspondencia personal.

“Sigue con la literatura poética ?, interrogó el juez Viñas. Una sonora carcajada se anticipó como respuesta “ claro pó…y ahora ha venido un primo mío de Chile, poeta y diplomático como yo”, retruca el cónsul.

“Se llama  Angel Cruchaga Santa María y téngalo presente, pues tiene mucha calidad para la escritura. El juez sonríe, ahora interesado en conocer la poesía de esta dinastía familiar chilena, que durante su paso por nuestra ciudad aprovechó los momentos de inspiración para dejar una huella en la cultura de Santa Cruz, aunque hayan llegado de otros lugares y también países.

                           RETORNO 
                Mi corazón me dice: ha regresado el grillo 
                y lo escucho cantar en la umbría del huerto 
                mientras la tarde mueve su lastimado brillo 
                y te miro, mi padre, en la distancia, muerto. 

                El grillo que tú amabas retornó y yo te llamo 
               para que tu lo sientas. Todo ahora es lamento. 
                 Cruza una golondrina y perfume el retamo 
              como si Dios pasara hondamente en el viento. 

               La noche de los grillos era la noche sola 
             allá en la casa donde tu perfil quedó quieto, 
                   de ese acantilado de la terrible ola 
            en que hallan el corazón su trino y su secreto. 

              Vienes ahora, grillo. Con qué dulzura vienes 
               en ese atardecer en que estira su arrullo 
           la tórtola y me crece una herida en las sienes 
          con tu recuerdo, padre, porque el grillo era tuyo. 

             Aquí el ciprés y el álamo se elevan en suspenso 
               y hay un dorado leve en la luz de mi anillo, 
              mientras el horizonte en un temblor inmenso 
           se curva ante mis lágrimas. Ha regresado el grillo. 

De corta duración fue la permanencia de Cruchaga Santa María en Río Gallegos, sin embargo alcanzó para que su recorrido poético se destacara.

Trayectoria de su vida

Se desempeñó como empleado en distintos servicios de la administración pública: el Banco Español, Ministerio de Relaciones Exteriores, Comisaría de Subsistencia y Precios, Dirección de Bienes Nacionales, la Biblioteca Nacional y la Caja de Colonización Agrícola. 

Influenciado por los simbolistas franceses y por los "poetas malditos" (Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Tristán Corbiere,  entre otros), dio a conocer su primer poema "El conde Narciso" en 1908; tres años más tarde, la revista Zig-Zag publicó "Nada más", para luego en 1915 publicar su primer libro “Las manos juntas”. 

Junto a Vicente Huidobro fundó la revista Musa Joven en 1912, en la que además escribían Juan Guzmán Cruchaga, Mariano Latorre y Jorge Hubner Bezanilla. También se desempeñó como colaborador en las revistas y periódicos: Zig-Zag, La Unión de Valparaíso, La Discusión de Chillán, Caras y Caretas de Buenos Aires (donde además fue redactor en1919), Corre-Vuela, la Revista de Los Diez, y Letras, entre otras. 

A juicio del crítico Mario Osses, la poesía de Ángel Cruchaga posee una tristeza trascendente, que viene de lo absoluto, de Dios y llega a lo Absoluto, a Dios. Este rasgo, es uno de los ejes que articula su obra Job. 

Tras recibir numerosos premios, entre los que se encuentran el segundo premio en el Concurso Estudiantil de la Federación de Estudiantes; el primer premio en los Juegos Florales de Curicó que compartió con Pablo Neruda, quien en 1946 seleccionó y prologó, una Antología de sus poemas. En 1948 el jurado integrado por Juvenal Hernández, Humberto Díaz Casanueva y Mariano Latorre, le concedió el Premio Nacional de Literatura. 

Falleció en Santiago de Chile, el 5 de septiembre de 1964. Treinta y dos años más tarde, Manuel Silva Acevedo publicó La hora digna, libro compilatorio de sus mejores obras. 

Durante su permanencia en Río Gallegos escribió “Los Mástiles de oro”,  Poemas en prosa. En estas líneas hemos pretendido hacer conocer a aquellos hombres de letras que se destacaron en Río Gallegos, descubriendo la riqueza literaria que tiene la provincia de Santa Cruz, con testimonios de siglos pasados.