Historias de Patagonia: El contrabando de pieles de lobo marino

“Estos chilenos son contrabandistas  y hay que aplicarles todo el peso de la ley”, dice enérgico el entonces gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz, Matías Mackinlay Zapiola. “Tampoco quiero escuchar que me acusen de sectario, pero lo real es lo real, han desembarcado cueros de lobos marinos en Punta Loyola sin autorización".

*Mario Novack



Ese domingo 25 de enero de 1903 todo es comentario en Río Gallegos y tienen como tema la llegada del pailebote chileno “Alfredo” que había descargado  sin autorización una numerosa cantidad de pieles de lobos marinos.



El gobernador viene de una etapa de fricciones con las autoridades chilenas por sus intentos  de afirmar la soberanía argentina en el seno de Última Esperanza. Allí a fines de octubre de 1900, envió una expedición de 13 hombres quienes después de izar el pabellón argentino ocuparon el sitio en el cual el gobierno chileno fundaría once años después  la ciudad de Puerto Natales  Como la Comandancia del Apostadero Naval de Punta Arenas envió al escampavía Huemul, el 16 de noviembre de 1900 se produjo la retirada del contingente argentino, sin enfrentamientos. Entre el 8 de febrero y el 24 de mayo, se produjeron nuevos incidentes en el cerro Palique en la misma región. 



Con el fin de obrar rápidamente Mackinlay Zapiola se interioriza del incidente del barco, apoyando las actuaciones de la Subprefectura Río Gallegos. “Como le va amigo Novello”, saluda el mandatario cuando se acerca al edificio donde se labran los sumarios. Antonio Novello es un joven marinero que ha regresado desde la Isla de los Estados y fue uno de los testigos de la fuga de los presos de la denominada “cárcel del diablo”, en la prisión de San Juan de Salvamento.



El marinero saluda entre ausente y desganado, tiene aún frescos los recuerdos de la rebelión y muerte de guardias e internos de la prisión. Él pudo contarla. “La verdad señor gobernador yo me metí a la prefectura para tener un empleo fijo ya que somos solos mi madre y yo. Casi pensé que no volvía”, dice Novello.





“Yo soy roquista y lo digo abiertamente. El general Roca prometió el telégrafo y acá lo tenemos en marcha desde diciembre del año pasado y eso permitió avisar a Buenos Aires de la fuga de los presos. Es más, hasta han mejorado las instalaciones donde está funcionando el Correo. Ese logro, joven Novello trajo un enorme adelanto en la ciudad” alcanza a decir el gobernador mientras ve llegar al capitán del buque chileno apresado, que se dispone a brindar su declaración en las actuaciones sumariales.



“Arturo González Paredes es mi nombre, soy capitán del pailebote “Alfredo” y vengo a  aclarar todo este mal entendido que surgió con el desembarco de los cueros de lobos”, dice el hombre que pide ser atendido por las autoridades marítimas.



El oficial a cargo lo invita a pasar para tomar su declaración. “Cuénteme todo, en detalle por favor” dice el subprefecto Ismael Pintos. El capitán chileno relata que “yo salí de Punta Arenas el 18 de noviembre del año pasado hacia la isla Diego Ramírez, en el Cabo de Hornos para asistir a la goleta, también chilena, “Alejandro” que había naufragado con siete tripulantes a bordo, los que felizmente no resultaron lesionados”.





“Además habían otros quince hombres en esa isla que pertenecían a otras embarcaciones y compañías, pero igualmente los asistimos ya que se encontraban sin víveres ni alimentos de todo tipo. Decidimos poner rumbo a Río Gallegos debido a algunas averías a bordo y falta de víveres fundamentalmente”. Por otra parte teníamos un conato de rebelión entre la tripulación que hacía peligrar la seguridad de todos quienes estábamos a cargo de la embarcación.



“Es por eso que nos dirigimos aquí, no teníamos conocimiento que podíamos ser acusados de contrabando porque todo lo que transportamos, así como los cueros de lobos marinos provienen de territorio chileno”, acotó el capitán González Paredes.



El oficial escribiente hace una pausa mientras observa el atardecer en la ría del Gallegos, ese estuario que regala atardeceres de imponentes horizontes. Uno a uno desfilan los integrantes de la tripulación, pasajeros y también los loberos rescatados de las islas Diego Ramírez, chilena e islas de los Estados, argentina.



Día de mucho trabajo ese domingo, atípico en una ciudad que recién ha llegado a los 260 habitantes. Cuando termina la ronda el joven prefecto se muestra agotado y aprovecha la pausa para pedirle a Novello unos mates que lo relajen un poco.



“Habrá que elevar este sumario al juzgado. El doctor Domingo Guglielmelli es un hombre muy severo para este tipo de acciones, así que veremos lo que ocurre. Hay cuestiones que no me cierran, pero son cosas que debe evaluar el juez”, dice a modo de conclusión. 



A la semana se completó la ronda de declaraciones y luego de analizarlo el juez Guglielmelli declaró absuelta a la tripulación del delito de contrabando. Pero poco duró el festejo de los loberos, ya que de inmediato se llamó a un nuevo sumario, luego de nuevas medidas de apelación del ministerio de hacienda de la Nación.





El tiempo ha pasado y ya está cercano el festejo de la Nochebuena y Navidad de ese 1903. Los pasajeros y tripulantes del “Alfredo” están en Río Gallegos y algunos han encontrado trabajo en los campos de la zona y otros, más calificados en el pujante frigorífico Swift. De tanto en tanto son convocados por las autoridades marítimas y judiciales para ampliar las declaraciones.



En las nuevas declaraciones queda clara la diferencia de testimonios. Mientras que algunos sostenían que “el arribo a Río Gallegos fue por falta de víveres, otros sostenían que no existió tal conato de rebelión, sino que los loberos pretendían cobrar el producto de su trabajo en las islas australes, antes de ser rescatados por el pailebote “Alfredo”.



Pero el testimonio que permitió develar el entramado de la historia fue el que brindara el croata residente en Chile,  Antonio Zaric cuando sostuvo que el rumbo hacia Río Gallegos había sido decidido ante el peligro de decomiso que existía en Punta Arenas, donde el pailebote se había acercado antes de enfilar a Río Gallegos. Fue el propietario de la embarcación, el empresario naviero José Pasinovich,  quien transmitió esa orden verbal al capitán de la embarcación.



Sin embargo las actuaciones continuaron y se volvió a la discusión, en el criterio de haber operado entre el Puerto de Río Gallegos o el apostadero de Punta Loyola y en sí modificaba el delito de contrabando haber notificado la decisión del desembarco de los cueros. El procurador fiscal de la Cámara Federal de Apelaciones, Isaac Godoy definió con claridad la diferencia al decir que “ la descarga a la vista de la autoridad marítima hubiera permitido el control y conteo para saber de que se trataba el cargamento y de que capital se hablaba”. Se confirmó entonces el decomiso de la carga y el pailebote por parte de la Aduana y Prefectura. 



Los años fueron transcurriendo y ante la sorpresa del entonces gobernador de Santa Cruz, el doctor Antonio Lamarque invitado por las autoridades nacionales a una reunión del Congreso, se anotició de la autorización que un 12 de junio de 1912 ambas cámaras concedieron al propietario del pailebote incautado. Se le otorgó autorización y venia José Pasinovich, armador naval, para la demanda por daños y perjuicios en contra del estado nacional.



Admirable fue su tesón para seguir reclamando en diferentes estrados y poderes. Un año antes, un 26 de abril de 1911 el Poder Ejecutivo Nacional desestimó el reclamo de Pasinovich por el decomiso del “Alfredo” y su carga. 



La resolución de este conflicto se pierde en los vericuetos de la burocracia judicial. Como dato anecdótico se cita un pedido de informes, en el año 1909, de la Corte Suprema de Justicia de la Nación al juzgado federal de Río Gallegos, a cargo por entonces del doctor Federico Badell para que informe si se sabe quien compró los cueros de lobos marinos y cuál ha sido el destino de los integrantes de la tripulación de la embarcación decomisada.



El comprador o acopiador no aparece mencionado en las sentencias del juicio mientras que de la tripulación solo se conoció la huella en los primeros años de permanencia en la capital santacruceña. Al parecer a Don José Pasinovich sólo le importaba su añorado pailebote “Alfredo”.  



Como dato histórico debemos señalar que el gobierno argentino un 19 de abril de 1974 promulgó el decreto 1216, por el cual se prohibió “la caza de lobos, elefantes marinos, focas, pingüinos, y especies similares de la fauna marina”. Esta norma es una ampliación del decreto 1252/58 que había prohibido la caza de cetáceos.

 

  


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