Historias de Patagonia: Una pintura del Gallegos de hace un siglo

El joven diplomático camina sobre la calle Roca, en ese Río Gallegos convulsionado de 1921. Sin embargo, avanza tranquilamente meditando cada uno de los acontecimientos de los que se toma conocimiento público.
sábado, 27 de julio de 2019 · 20:29

* Mario Novack

Tiene en su fuero íntimo una postura contraria a la violencia que se ejerce sobre los obreros a uno y otro lado de la frontera, ya que ambos gobiernos – más allá de las banderas – han adoptado una decisión común de persecución del movimiento anarquista.

 La suya es posición diplomática, ya que representa en su condición de cónsul, al gobierno de Chile en la capital del Territorio Nacional de Santa Cruz. Esta Río Gallegos que inspirará muchos escritos en su obra “Recuerdos Entreabiertos” y otros poemas nutrirá su imaginación para crear maravillosos poemas.

Juan Guzmán Cruchaga llegó como cónsul a Río Gallegos y en su permanencia este joven funcionario, de sólo 26 años, fue testigo de los más sórdidos sucesos registrados en ese convulsionado período denominado “La Patagonia Trágica”. Compartimos a continuación algunos de sus recuerdos volcados en la obra

“Recuerdos Entreabiertos”:

En el pueblo chato y frío había una sola callejuela cruzada en la parte central por otras más pequeñas. Tres o cuatro cafeterías, un barracón que hacía las veces de teatro y algunas casas lamentables de prostitución eran los únicos puntos de reunión de los desterrados. En las cafeterías se jugaba hasta el amanecer mientras alguna murga arrabalera despojaba de toda su dudosa armonía los tangos más horriblemente sentimentales. La llegada de los vapores de Buenos Aires, El Argentino y El Asturiano, cada quince días, constituían un acontecimiento de gran importancia; el desembarco de la gente, la venta de los diarios y revistas de la capital, la renovación de las provisiones de verduras, que se cultivaban en Río Gallegos con grandes dificultades, daban a la pequeña población un movimiento inusitado que duraba algunas horas y languidecía luego.
Yo había alquilado dos pequeños cuartos en la vecindad del bar «La Armonía» de los socios Destri y Muszi. Uno de ellos me servía de oficina y el otro, de dormitorio, si se puede llamar así al sitio en donde no podía dormir desde el día de mi llegada a causa de la majadera charanga del bar que destripaba tangos durante toda la noche, hasta las cinco de la mañana. La música se filtraba entera a través de las tablas de la pared y me espantaba el sueño. Yo había llegado ya a la desesperación a causa de mi vigilia permanente. A las cinco en punto, cuando terminaba la música, empezaba el estruendo que hacían los mozos al recoger los vasos y colocar las sillas sobre las mesas y entonces, justamente entonces, empezaban los golpes de un endiablado punching-ball que golpeaba contra la pared cercana a mi cabecera.
Era de esperar, por lo menos, que el idiota que era la causa de esa nueva tortura se cansara pronto. Posiblemente su ejercicio no duraría más de quince minutos. Media hora le dejaría extenuado seguramente. Pero la media hora pasaba y daban las seis y las siete y el infatigable imbécil continuaba en su tarea sin desmayar. ¿Cómo sería la nueva «bestia» que sentaba ahora sus posaderas sobre mi destino? Ante la absoluta imposibilidad de conciliar el sueño y movido por la curiosidad de ver al causante de los interminables porrazos, me vestí, salí a la calle y golpeé a la puerta del vecino. La «bestia» era un muchacho alto de recia contextura, rubio y de apariencia simpática, a pesar de «todo».
-¿Suele usted hacer ejercicios todas las mañanas a la misma hora?
-Sí. Después trabajo y no tengo más tiempo libre.
-Por desgracia yo duermo en la pieza del lado y a la hora en que usted comienza a maltratar la pared podría yo dormir. No ve usted ninguna posibilidad de que el desarrollo de su cultura física y mi relativo bienestar lleguen a algún acuerdo?
-Ninguna.


Continuó el salvaje dando formidables bofetadas a la pelota y salí del cuarto.
Almorcé en compañía de mis colegas Bustichi y Oñoz en la pensión de Beltrán.
Rodolfo Reiger, compatriota, contador de la Compañía Mercantil de la Patagonia, llegó a los postres. Era Rodolfo un muchacho de baja estatura, grueso de espaldas, rubio y de un excelente buen humor que le permitía sobrellevar la abominable «vida» del pueblo.
-Ya se acostumbrará usted a todo, me había dicho sonriente. O se muere uno o se aguanta. No hay término medio. Además, hay que poner el cuero duro. Aparte de que esto no es aburrido del todo. Se pueden hacer «cosas».
-¿Qué cosas?
-Ir a putas, cazar. Es entretenido.
A la mañana siguiente temprano, salimos con los pequeños rifles calibre 22, de cacería.
El campo gris, negro a trechos era abrumadoramente triste. La pampa tediosa sin desniveles del terreno y sin árboles de ninguna especie se extendía igual, monótona hasta el horizonte. De trecho en trecho pequeños arbustos de «mata negra» ofrecían su olor salvaje. La «mata negra» es el único sobreviviente de la nieve. Su abundante resina produce calor y crea alrededor del tronco un anillo de verano que impide la cercanía de los copos.


Aplastadas contra la tierra áspera, tímidas y en parejas caminaban las codornices.
Los cazadores hacían de las suyas. La caza era fácil, pero cruel. Porque al matar al macho o a la hembra el animalito restante pedía espantado la muerte, acercándose a los rifles de manera conmovedora.
Pero la brutalidad de la Patagonia comenzaba ya a invadir a los recién llegados. De nada valían allí ternuras ni tonterías sentimentales. El problema, el único problema consistía en llenar el zurrón.
-Es embromado matar estos pájaros, había dicho Rodolfo, pero hay que hacerlo. Son tan sabrosos y este bárbaro de Beltrán nos da cordero a todas horas. Se cansa uno.
El viento soplaba incansable como los músculos de Ritchi, como la crueldad del frío, como el uniforme salvajismo de la gente. Hasta los buenos se despojaban allí de su bondad para sobrevivir ya que la bondad era, entre esos hombres de lucha, considerada como una debilidad suprema. Los débiles fracasaban y desaparecían.
Al regresar a la casa me contaba Reiger, sin darle importancia al asunto que motivaba su conversación:
-¿Sabe usted lo que pasó anoche con Juan Clark? Tuvo visita del juez.
Reiger se reía maliciosamente.
-Usted no sabe como son las visitas de Viñas. ¡Revólver en mano, compañero!
-Una broma tal vez.
-No sea bárbaro, mi amigo, exclamó Reiger soltando la carcajada. Esta gente no hace bromas. Sáquese usted esas leseras de la cabeza. El juez, nada menos que la segunda autoridad del Departamento, se presentó anoche en casa de Clark y lo asaltó lisa y llanamente. Lo obligó a firmar un cheque por diez mil nacionales amenazándolo como un bandido vulgar.
-Pero Juan Clark seguramente avisará ahora al Banco que no paguen el cheque.
-De ninguna manera. Juan estima en mucho su pellejo y sabe que esa medida equivaldría a dictar su propia sentencia de muerte.
-¿Y la justicia?
-Por supuesto. Se repartirán con el juez lo robado.
Caminamos silenciosos, Rodolfo contento de haber descubierto ante su compañero una parte de la tragedia patagónica y yo asombrado de la revelación de esas terribles vidas desnudas.
Al regresar llevamos las codornices muertas a Beltrán para que las cocinara.
Era tarde ya. Aproximadamente las 7 o las 8 de la noche. Sin embargo, la luz no disminuía. Ni siquiera la sombra escondía ese montón de miseria y allí permanecía el pueblo desventurado con sus autoridades peligrosas, su policía criminal y sus habitantes primitivos, iluminado por la tarde sin fin.
Los tangos salían de los «boliches» entre el humo de los cigarrillos y las bestiales exclamaciones. De cuando en cuando un balazo cerraba definitivamente un altercado.
Me acompañó Rodolfo hasta mi habitación. Ya en la soledad volví a mis pensamientos. Necesitaba esta tierra la noche interminable del invierno del sur para esconder en parte su horror. Era desagradable su visión plena como lo es la de una llaga a pleno sol.
Al pasar había visto luz entre las junturas de la puerta de Ritchi. El gorila estaba allí preparando tal vez sus instrumentos de tortura para la mañana siguiente.

Atormentado por la idea de mi desvelo me decidí a conversar de nuevo con él. Tal vez lo convencería.
El aspirante a boxeador permaneció imperturbable. Él no podía hacer otra cosa que lo que hacía.
Riéndome en mi interior de mí mismo, pero comprendiendo al mismo tiempo que las razones no valían de nada en el pueblo recurrí a la amenaza:
-¿Mi amigo Ritchi, ve usted este revólver?
-Colt 38, dijo inmediatamente A técnico en deportes.
-No olvide usted que su sala está separada de mi dormitorio por un tabique de madera. Si está usted definitivamente dispuesto a comenzar sus ejercicios a las 5 en punto de la mañana, a esa misma hora exacta dispararé yo, con este revólver, un primer balazo contra el tabique que usted aporrea, a la altura del techo. El segundo tratará de alcanzarle a usted la cabeza ya que no es posible hacerle entender de otra manera.
Ritchi se sonrió, pero su sonrisa no demostraba del todo incredulidad. La amenaza había dado en el blanco.
Más que nunca aquella noche se bailó, se gritó y se cantó en el bar. Cincuenta, cien, mil veces me di vueltas en la cama en espera de una catástrofe que diera fin a ese estúpido sacrificio. Pero en fin a la cinco dormiría. Ésa era mi esperanza. El bruto de Ritchi no se atrevería a golpear la pared a esa hora. Sin duda se había asustado. Una amenaza en la Patagonia es cosa seria y Ritchi lo sabía porque allí no se pierden palabras.
El acordeón del bar había soltado ya los gases del último tango cuando sentí que se abría la puerta de mi vecino. El animal estaba dispuesto a comenzar sus ejercicios. Una verdadera ira, producida por el cansancio y la tonta injusticia se apoderó de mí. Me puse inmediatamente de pie y cogí el revólver.


Ritchi no las tenía todas consigo. Seguramente, al través de la pared había oído que me preparaba para cumplir mi promesa. Se paseó un rato, dos o tres minutos, por su cuarto y luego, haciendo de tripas corazón, dio contra el punching-ball una fiera bofetada.
Disparé el primer balazo prometido contra la pared, a la altura del techo. Saltó la tabla quebrada sobre la cabeza del vecino.
No fue necesario disparar el segundo. Ritchi salió apresuradamente, cerró la puerta y se fue.
Después me quedé profundamente dormido. Río Gallegos 1922.

Juan Guzmán Cruchaga obtuvo en el año 1962 el Premio Nacional de Literatura de Chile, habiéndose retirado del Servicio Diplomático Exterior de su país en el mismo año. Murió en Viña del Mar un 21 de julio de 1979 a los 84 años de edad.

 

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