Historias de Patagonia: "Cuando lo ví venir, saqué el que no miente…y ahí lo bajé de un balazo”

“Garroteado y todo volví de mi pieza. Lo esperé sentado en la cocina y cuando lo ví venir, saqué el que no miente…y ahí lo bajé de un balazo.” El crudo relato del peón Laureano Montero describe la violenta noche del 6 de marzo de 1998 en la estancia La Porfía, margen norte del Lago Argentino. 
sábado, 21 de noviembre de 2020 · 00:29

*Mario Novack 

Enfrente suyo está el abogado Eduardo Díaz Razmilich, que a partir de ese momento será su defensor y le pide que describa con lujo de detalles esa fatídica jornada que terminara con la muerte del jornalero chileno Enoch Moncada. 
“Doctor la cosa venía mal, porque este hombre en los diez días que estuvo en la estancia sólo generaba discordias, conflictos, era de mal entraña”, dice Montero mientras revive esa historia que había comenzado antes de marzo. 


El abogado se acomoda en la silla, buscando agenda y lapicera porque ya se ha dado cuenta que esta historia tiene para largo, que no es un caso común. “Digame Montero cuando llegó este hombre..?, le pregunta. 


El paisano se queda en silencio un minuto que parece eterno y comienza el relato de los hechos. “Un día don Juan Bautista Zaccaría, que era administrador de la estancia, se llega con este hombre por que a su entender había que hacer algunas reparaciones y nosotros, los tres que estábamos en la estancia ya somos gente grande”. 


Yo tengo 50, mi compañero Victoriano Barrera tiene 62 y don Pedro Muñoz, el quintero creo que ya calza más de 70  años. Entonces había cosas para las que no nos daba el cuero. Reparar alambrados, tranqueras,  matar los leones que se habían multiplicado en el campo.” 


“Entonces el patrón trajo a esta persona desde Calafate, por unos días, para arreglar cosas. El vino con su cuchillo como única arma y el clima se fue haciendo tenso, porque el hombre quería ganarse la gracia de don Zaccaría .  Tenía desplantes hacia nosotros que hacía muchos años trabajábamos allí. Nos cambió la vida”, dice entristecido Montero. 


Diaz Razmilich lo mira y sigue indagando. “y que pasó concretamente el día de la muerte de Moncada, me lo puede describir en detalle..? “Dr. Me llamó la atención que insistiera tanto en tener un arma. Le dijo al patrón, que había llegado ese día desde Calafate que necesitaba el revólver que había quedado en su casa, en el pueblo.  


"Don Zaccaría le dijo no me voy a hacer un viaje tan largo de ida y vuelta solo para buscarte el revólver, además para que tanta preocupación por tener un arma aquí. Entonces Moncada le respondió “ hay que matar leones ( pumas ), porque en cualquier momento se comen hasta las gallinas en esta estancia.” 


“El patrón le buscó una solución y le dejó una pistola Bersa calibre 22, que era de él con la condición que se la devuelva cuando Moncada se acercara a El Calafate”. El peón Laureano Montero hace silencio y recuerda una frase fatídica del muerto. “cuando don Zaccaría le entregó el arma, Moncada dijo …ahora sí a matar leones, hasta los de cabeza negra van a caer” 


Seis horas fue el tiempo que demoró en desatarse la violencia contenida. Al abogado le sorprende la minuciosidad del relato del paisano. La estancia La Porfía está ubicada en la margen Norte del Lago Argentino y cuenta con una sola entrada. Desde luego que hay campos vecinos. 


Entonces el letrado pregunta, “que pasó esa noche..? Montero ahora mira un punto perdido en la pared de la Unidad Regional, donde se encuentra detenido. Respira hondo y dice “yo estaba sobando cueros con un macetón hecho de tronco de lenga, mientras Barrera preparaba la cena en la cocina a leña. Estaba dándole fuerte al cuero con ese garrote que es bien pesado.

Entonces se acerca Moncada y le dice mi compañero Barrera “yo no voy a comer esta porquería. Me voy a cocinar lo mío, dejame lugar”.  


Barrera le pide que se tranquilice, que no busque pelea. Entonces Moncada le revolea una palangana y Barrera, intuyendo lo que se viene, porque lo vé armado con la pistola en la cintura,  sale rumbo a su pieza que estaba fuera del lugar donde se cocina.” 
Y que pasó..? vuelve a preguntar el abogado..” entonces el tipo se me viene encima, me quita el garrote y me empieza a pegar con el macetón de sobar cueros. Me pegaba en la cabeza. En eso vuelve Barrera con el revólver 22.” 


“Usted no va a creer doctor, Barrera le vació el cargador y el tipo nada. Parecía blindado. Se le fue encima y mi compañero corrió a encerrarse en su habitación nuevamente seguido por Moncada, que buscaba herirlo. Como no lo encuentra o no logra que salga de la pieza, vuelve por mí. En ese lapso yo aproveché me fui a la pieza, me traje mi revolver 38 y lo esperé sentado en la cocina. En cuanto se asomó a la puerta lo bajé de un tiro. Cuando Barrera escuchó el disparo y después el silencio, volvió y al ver a Moncada tirado sin saber si está vivo o muerto, le descarga el arma con ocho tiros más de su revólver calibre 22 Rubí. 


Díaz Razmilich, se queda pensando en los disparos de Barrera y su nula efectividad. Los informes periciales indican que estaban desalineados el caño y el tambor de su arma. Si bien el martillo percutía y el proyectil salía, la bala se fragmentaba porque el caño se comía la mitad. Entonces lo que salían eran esquirlas. Esto sumado a que eran balas viejas y vencidas transformaron al muerto en una especie de Terminator rural. 


Bueno Montero, dice el abogado, que hicieron después…?. “Después, dice el peón, medio que las cosas quedaron congeladas en el tiempo. Lo fuimos a buscar a don Muñoz, el quintero, que no sabía nada de lo ocurrido. Estuvimos todo el día siguiente con el muerto allí, sólo que lo habíamos tapado con una lona, siempre en el mismo lugar, la puerta de la cocina” 


“Además, agrega el paisano, ya era marzo no hacía tanto calor, pero tampoco los fríos de invierno y el cuerpo empezó a largar olor y nosotros no sabíamos bien que hacer. El domingo 8 de marzo Barrera me dice, hay llamar a la policía, hacer algo con esto.” Entonces, agrega Montero, le dije yo me voy a ir a entregar a la policía de Calafate y les voy a contar como fueron las cosas.” 
“Como no teníamos vehículo, y a caballo era muy lejos para llegar , decidí irme caminando a la estancia vecina.

Cuando llego lo encuentro al dueño con su camioneta y le pregunto si me puede llevar hasta el pueblo. Entonces el hombre me dice que sí y me pregunta a mí si hay algún enfermo… 


Y entonces le dije, le llegó la hora a  Moncada. Me llevó a Calafate, me entregué y vino  la policía a la estancia, trasladaron el cadáver, secuestraron las armas y nos llevaron detenidos. Y aquí estamos doctor”, dice abriendo sus brazos Montero. 
“Vea mi amigo, interrumpe Diaz Razmilich, vamos a defenderlo como corresponde, quedese tranquilo que ya nos ponemos manos a la obra”. El abogado abandona el lugar de detención de los dos peones y medita en la simpleza del hombre de campo, sabiendo que encontrará un desafío para obtener la libertad de Laureano Montero. ( continuará ) 
Mañana….El juicio..”