Historias De Patagonia: Otras mujeres de la Patagonia Trágica

“Señorita Esperanza, afuera la espera su tía. Se terminaron los días de internada en el María Auxiliadora”, decía la directora de ese colegio a esta mujer de fuerte carácter. En efecto la joven Esperanza Rivera había cumplido justo ese 7 de julio de 1920 su mayoría de edad.
domingo, 20 de diciembre de 2020 · 16:34

* Mario Novack 
 Río Gallegos soportaba una helada mañana de ese sábado invernal, pero lo que sucedía no era un episodio común en la pequeña capital del Territorio Nacional de Santa Cruz. Era vox populi el romance, convertido ya en convivencia pasional entre la joven Esperanza y el abogado español José María Borrero. Sí, efectivamente, el que posteriormente escribiría “La Patagonia Trágica”.

Borrero “ese elegante caballero andante”, como lo definiría más adelante el periodista y escritor Osvaldo Bayer, se había ganado el amor de la joven y la inquina de sus hermanos. Hasta había recibido una feroz paliza por parte de Antonio, uno de los Rivera.

“Soy libre”, dijo Esperanza a doña Crescencia , su tía. Afuera aguardaba el enamorado español y algunas comadronas que se acercaron al edificio del Colegio, para ser testigos de ese momento.

Es que la joven había sido remitida a ese establecimiento educativo en una especie de “internado”, para aplacar los ánimos de su familia que se oponía férreamente a esa relación.

Hubo en este trance, conflictos y capítulos que quedaron en la historia lugareña. Esperanza Rivera ganó la pulseada con su familia armando la vida junto a Borrero. Los hechos demostraron más adelante que, al parecer no fue la mejor elección.

La connivencia entre Borrero, el abogado Adolfo Corominas y el propio juez federal Ismael Viñas le costó una fortuna a Enrique y Antonio Rivera, cuando la justicia falló en contra de este último, demandado por Borrero acusado de lesiones después de la paliza que le aplicara a la salida del Hotel Argentino.

Pero los padeceres de la familia Rivera por culpa de Borrero no iban a quedar allí. Los dejará hasta sin residencia familiar. En efecto, en Río Gallegos y toda la Patagonia, en aquel tiempo los incendios estaban a la orden del día y todas las casas de cierta posición estaban aseguradas.

Cuando Borrero era apoderado de la sucesión Rivera se encargó del pago de los seguros de incendio sobre la casa de esta familia. Pero mientras pasaba los gastos a la cuenta sucesoria, pagaba estos seguros con pagarés que nunca pudieron cobrarse.

Por desgracia, el 27 de agosto de 1922 se incendia totalmente la casa de la viuda de José Rivera Sánchez, la señora Aurelia Alvarado. Cuando quisieron cobrar el seguro, le respondieron que su ex apoderado Borrero no había cumplido con el pago. Las pérdidas del edificio, los muebles y el vestuario fueron totales. 

Esperanza era doblada en edad por Borrero y fue su concubina durante casi 8 años, naciendo como fruto de esa unión tres hijos: José Salvador, María de los Angeles y Juan.

Finalmente en el año 1928 la mujer denuncia judicialmente a Borrero por abandono en el final de una borrascosa y tortuosa relación. Un capítulo más en la historia de una mujer que acompañó a unos de los más controversiales personajes de aquella década violenta en Santa Cruz.

Ella Nigl

Esta joven tuvo la desgracia que apareciera en su vida uno de los más feroces y sangrientos comisarios de la “Patagonia Trágica”. En efecto el comisario Gustavo Sotuyo, aquel asesino con uniforme, llamado “el chacal de Puerto Santa Cruz” se convirtió en el esposo de la desventurada alemana.


El hombre tenía casi el doble de edad que la joven germana y juntos vivían en la capital histórica del Territorio. Desenmascarado por efectivos de la Armada, que presenciaron la ejecución de dos obreros anarquistas por parte de efectivos policiales a las ordenes de este comisario, Sotuyo fue trasladado detenido a Río Gallegos.


Luego de la salvaje represión, en Puerto Santa Cruz habían quedado dos miembros de la Federación Obrera: Domingo Islas, español, y el delegado de los albañiles, Miguel Gesenko, ruso. Este último había desarmado al presidente de la Liga Patriótica, doctor Sicardi, durante la manifestación obrera del 1 de mayo del año anterior, provocando un manifiesta inquina hacia el gremialista.


El 8 de diciembre de 1921, cuando Sotuyo logró la captura de los dos obreros mencionados, invitó a la comisaría al doctor Sicardi. Los testigos declararan que oyen decir a Sicardi: “hay que liquidar a los federados” y dirigiéndose al obrero Islas le advierte: “vas a ser fusilado como tu compatriota Francisco Ferrer”.


Sotuyo a Gesenko le dirá: “a vos se te acaba la vida”. Luego al obrero Islas le hacen pegar cincuenta latigazos con el sable”. Islas aguantó 35 y cayó al suelo, donde le pegaron el resto. Luego el sargento Sánchez lo levantó a puntapiés y lo obligó a caminar hasta el calabozo donde lo metieron en la barra.


Durante toda la noche se oyeron ayes (gemidos) y a la madrugada cuando lo fueron a buscar para fusilarlo, notaron que estaba muerto. Llevaron entonces el cadáver de Islas hasta la playa y trajeron también al albañil Gesenko. A éste, amenazado con armas largas, lo obligaron a arrastrar el cadáver hasta el mar. Una vez que Gesenko estaba ya con el agua a la cintura y el cadáver de Islas comenzaba a boyar, los policías, por orden de Sotuyo empezaron a dar gritos de “¡se escapa!, ¡se escapa!”.


Y entre grito y grito lo fueron cazando a Gesenko que trataba de rehuir los balazos mientras se caía y se levantaba en el agua. Ocho balazos de armas largas fueron suficientes para terminar con el ruso anarquista. Devuelto el cuerpo todavía caliente de Gesenko a la playa , el sargento Sánchez lo despenó de un balazo en la nuca. 

Por el crimen sería acusado y juzgado en Río Gallegos. Pero Sotuyo había sido testigo de los crímenes cometidos por las tropas del Ejercito comandadas por el teniente coronel Hector Benigno Varela. Esto le daba datos y elementos para la extorsión.


Bajo la consigna de “pagar porque aparecen la libreta negra de Varela”, el comisario fue recaudando cifras fabulosas de comerciantes y empresarios de las localidades de Puerto Santa Cruz y Paso Ibañez.

Cuando es detenido le dice a su esposa Ella Nigl que busque al abogado Córminas para su liberación. La ingenua mujer le entrega todo el dinero recaudado por Sotuyo, pero el abogado se marcha de la ciudad al día siguiente, llevándose el dinero sin ejercer ningún tipo de trámite judicial.

Ella le informa esta situación y es donde Sotuyo maquina una maniobra macabra. Le pide a la joven que le traiga un arma para fugarse. Inocentemente la joven acata el pedido. Cuando logra su cometido y al entregarle el arma Sotuyo apoya el revolver en el seno izquierdo y le dispara al corazón. Con todo lo simbólico del hecho. Se ha vengado del más débil de la historia.
  
Ella Nigl es otra de las mujeres de la Patagonia Trágica, rescatada de la historia de sangre y violencia de esa época.

La abuela Pura

Cae la noche y con ella el miedo. La joven viuda Pura Fernández arma su trinchera. Corre los muebles, bloquea la entrada con sacos y bolsas de harina y empuña el viejo trabuco. Es una escena que se repite allá en Paso Ibañez, hoy Comandante Luis Piedrabuena.

Cuenta las horas y vive como eterno ese infierno que le toca vivir luego del asesinato de su marido José Rogelio Ramírez, español como ella. Los cinco críos, sus hijos, duermen todos en la misma cama, como dándose abrigo y para su madre, la certeza de protegerse juntos.

El comisario del pueblo la quiere cazar, como una presa, la acosa para que sea su esposa. Es por ello que todas las noches se repite el simulacro de barricada en su casa. No le ha sido fácil esta gallega de Vigo vivir en esta tierra sureña. Había llegado a la Argentina con 15 años de edad.

También joven se casa con un español, de apellido Martínez, que era carrero radicado en Paso Ibañez, Santa Cruz. La fatalidad comienza a ensañarse con ella. Su esposo Martínez, en una mala maniobra en el atraque a los barcos cuando se producía la descarga, se accidente y  muere producto de heridas recibidas.

Pura Fernández se casará luego con José Rogelio Ramírez, quien se desempeña como chofer de la familia Lewis, propietaria de una estancia en la zona centro de la provincia. Pero pronto llegaron los sucesos de la Patagonia Trágica en 1921 y nuevamente la historia de la abuela Pura dará un dramático vuelco.

Su esposo Ramírez tuvo la desgracia de haber actuado como chofer de Ramón Outerello y ser detenido el 25 de noviembre de 1921, en Corpen por las tropas de Varela y llevado a Paso Ibañez. Sometidos a palizas constantes, luego de días de torturas fue asesinado. La abuela Pura reclamó y exigió, sin obtenerlo, la entrega del cadáver de su esposo.
  
Profundamente dolorida, resolvió marcharse a España. En septiembre de 1922, el órgano de la Federación Obrera Marítima publicará una foto de la viuda de Ramírez con sus cinco hijos y acusará abiertamente del fusilamiento al teniente coronel Varela y al ejército argentino. 

La abuela Pura, como la llamaron sus nietos y bisnietos, era brava y murió muy grande ya, con muchos años sobre el cuero arrugado del dolor. En los delirios de su Alzheimer nombraba a sus compañeros y parientes, a los que nunca olvidó.

 


Sofía Schmidt

Llegó con 23 años años a Santa Cruz, para casarse y ser la compañera de toda la vida de Pablo Lenzner, un inmigrante alemán que se había radicado a principios del siglo pasado en esta región.

Su arribo se produciría el primero de noviembre de 1911 para sumarse al trabajo en la estancia “Librún” que llevaba el nombre de un  propietario anterior , un francés de apellido Le Brun. 

Luego de años de mucho sacrificio lograron desarrollar un establecimiento altamente productivo en la actividad ganadera ovina. 

El libro “Historias de Inmigración” de Lucía Galvez destaca los sucesos de las huelgas rurales en Santa Cruz y la postura de los Lenzner ante los conflictos. Describe la figura de Antonio Soto y el trato amable que este tuvo cuando arengó a los peones de la estancia a sumarse a la huelga.

Recuerda también que allí fueron asistidos los policías heridos después de los enfrentamientos registrados en El Cerrito, en los últimos días de noviembre de 1920. Pablo Lenzner decidió viajar a Río Gallegos para aprovisionarse y a su regreso llegó acompañado por tres soldados y un cabo, pudo entrar en su estancia sin ver visto por los huelguistas.

Más de 20 años más tarde Lenzner recordaría la forma en que se preparaban para un eventual combate: “mi mujer, con un revolver se ofreció relevar  al guardia que estaba apostado frente al galpón; acomodamos a los chicos en el suelo y pusimos colchones para amortiguar el impacto de los balazos a través de las delgadas paredes de la casa, pero todo resultó una falsa alarma. Al día siguiente al revisar los alrededores, ya no quedaba nadie más en las cercanías”.

Luego de aclarar que él no tuvo participación en el tremendo y sangriento episodio en la zona de Lago Argentino, Lenzner concluye: “la rebelión fue aplastada brutalmente por los uniformados en muy poco tiempo y años más tarde el teniente coronel Varela fue a su vez víctima de un atentado a manos del anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens”.

El 1 de febrero de 1922 el diputado socialista Antonio De Tomasso citó en el Congreso de la Nación unas palabras de Pablo Lenzner que no dejaban muy bien parado al Ejercito: “un fuerte hacendado , el señor Lessner (sic) - dijo – rogaba a las autoridades en Río Gallegos que retiraran de su establecimiento a los soldados de la Gendarmería, por cuanto al amparo del uniforme cometían toda clase de hechos delictuosos.
  
Esta ha sido la semblanza de cuatro mujeres que tuvieron actuación, directa o indirecta con los sucesos históricos de la tragedia del año mil novecientos veintiuno.