Historias de Patagonia: La primera feminista

Isabel  los vió pasar y su rencor contenido aumentó al punto de la ira. No podía entender como aquellos italianos venidos de Río Gallegos de pronto habían logrado el nivel de “nobles” accediendo al comercio y obteniendo también la propiedad de tierras agrícolas.
sábado, 13 de junio de 2020 · 00:12

* Mario Novack

Isabel  los vió pasar y su rencor contenido aumentó al punto de la ira. No podía entender como aquellos italianos venidos de Río Gallegos de pronto habían logrado el nivel de “nobles” accediendo al comercio y obteniendo también la propiedad de tierras agrícolas. Entre ellos se encontraban Bautista Troche, Tomás Risso, Urban Centurión y Benito de Basinana.

  “Pobres…tan pobres como nosotros eran” gritó amargamente la española a otras mujeres que se encontraban en la misma situación. La escena transcurre en la espera de la misa dominical, en Asunción del Paraguay,  y reúne a personas que luego de 30 años nada habían logrado de las riquezas prometidas cuando llegaron a fundar la primera Buenos Ayres.

  Fue sacrificada en extremo la vida de Isabel, junto con otras mujeres que resistieron y pudieron llegar desde la fallida ciudad que fundara el Adelantado Pedro de Mendoza en una maldición de pestes y muertes, que hasta incluyeron el canibalismo.

  Dicen que una treintena de mujeres componía la legión de luchadoras que se habían aventurado a poblar estas nuevas tierras que un día un Rey español decidió repartir sin miramientos ni contemplación de que otros la habitaban desde milenios.

  Entre las mujeres que llegaron – y posteriormente retornaron a España – se encuentran la propia criada y amante del Adelantado Mendoza, María Dávila, quien lo acompañara también tanto en su llegada a estas tierras, como en su regreso mortal acaecido en alta mar.

  Pedro De Mendoza había contraído sífilis y esta enfermedad acabó con su vida cuando volvía desde la recientemente fundada Buenos Ayres. Las mujeres se convirtieron en las más bravas guerreras a la hora de acompañar y luchar junto a los hombres. En muchos casos eran sus hombres, cuando otros eligieron el mestizaje dando paso al mestizaje al unirse con mujeres originarias.

María Dávila, Elvira Pineda, Mari Sánchez, Isabel de Quiróz, María Duarte, María de Angulo, Isabel y Ana Arrieta y Catalina de Vadillo, la "Maldonada". Isabel de Guevara, probablemente fuera hija, o al menos pariente, de Carlos de Guevara, uno de los principales de la expedición encargado de "administrar la real hacienda" y capitán de la nave Santa Catalina., entre otras integran una nómina de mujeres que se destacaron en esa empresa fundacional de la colonización en el Río de La Plata y Asunción.

  Incendiada la primera Buenos Ayres todos se trasladan hacia Asunción del Paraguay, río arriba por el Paraná. Allí comenzará a gestarse el episodio que dejaría en la historia a Isabel de Guevara.

  Ella, harta de la discrecionalidad y sintiendo que hacerse la América supone un fracaso, decide un 2 de julio del año 1556 escribir una carta que la dejaría definida como “la primera feminista de América del Sur”.

  La carta enviada a Doña Juana de Austria, Princesa Gobernadora de los Reinos de España, expresa lo siguiente:

A la muy alta y muy poderosa señora la Princesa Doña Juana, Gobernadora de los Reinos de España, […] En su Consejo de Indias. 

Muy alta y muy poderosa señora:

A esta provincia del Río de la Plata, con el primer gobernador de ella -Don Pedro de Mendoza- habemos venido ciertas mujeres, entre las cuales ha querido mi ventura que fuese yo la una. Y como la Armada llegase al puerto de Buenos Aires con mil e quinientos hombres y les faltase el bastimento, fue tamaña la hambre que a cabo de tres meses murieran los mil. Esta hambre fue tamaña que ni la de Jerusalén se le puede igualar ni con otra nenguna se puede comparar. Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, ansí en lavarles las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, alimpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les veníen a dar guerra, hasta acometer a poner fuego en los versos [cañones] y a levantar los soldados, los que estaban para ello, dar arma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados.

Porque en este tiempo, como las mujeres nos sustentamos con poca comida no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres. Bien creerá Vuestra Alteza que fue tanta la solicitud que tuvieron que si no fuera por ellas todos fueran acabados, y si no fuera por la honra de los hombres muchas más cosas escribiera con verdad y los diera a ellos por testigos. Esta relación bien creo que la escribir a Vuestra Alteza más largamente y por eso cesaré.

Pasada esta peligrosa turbunada determinaron subir río arriba, así flacos como estaban y en entrada de invierno, en dos bergantines, los pocos que quedaron vivos, y las fatigadas mujeres los curaban y los miraban y les guisaban la comida, trayendo la leña a cuestas de fuera del navío y animándolos con palabras varoniles que no se dejasen morir, que presto darían en tierra de comida, metiéndolos a cuestas en los bergantines con tanto amor como si fueran sus propios hijos. Y como llegamos a una generación de indios que se llaman timbúes, señores de mucho pescado, de nuevo los servíamos en buscarles diversos modos de guisados porque no les diese en rostro el pescado, a causa que lo comían sin pan y estaban muy flacos.

Después determinaron subir el Paran arriba en demanda de bastimento, en el cual viaje pasaron tanto trabajo las desdichadas mujeres que milagrosamente quiso Dios que viviesen por ver que en ellas estaba la vida de ellos. Porque todos los servicios del navío los tomaban ellas tan a pechos que se tenía por afrentada la que menos hacía que otra, serviendo de marear la vela y gobernar el navío y sondar de proa y tomar el remo al soldado que no podía bogar y esgotar el navío y poniendo por delante a los soldados que no se desanimasen, que para los hombres eran los trabajos. Verdad es que a estas cosas ellas no eran apremiadas ni las hacían de obligación ni las obligaba, sí solamente la caridad. Ansí llegaron a esta ciudad de la Asunción, que aunque agora está muy fértil de bastimentos entonces estaba de ellos muy necesitada, que fue necesario que las mujeres volviesen de nuevo a sus trabajos haciendo rozas con sus propias manos, rozando y carpiendo y sembrando y recogiendo el bastimento sin ayuda de nadie, hasta tanto que los soldados guarecieron de sus flaquezas y comenzaron a señorear la tierra y alquerir indios e indias de su servicio, hasta ponerse en el estado en que agora está la tierra.

He querido escrebir esto y traer a la memoria de Vuestra Alteza para hacerle saber la ingratitud que conmigo se ha usado en esta tierra, porque al presente se repartió por la mayor parte de los que hay en ella, ansí de los antiguos como de los modernos, sin que de mí y de mis trabajos se tuviese nenguna memoria, y me dejaron de fuera sin me dar indio ni nengún género de servicio. Mucho me quisiera hallar libre para me ir a presentar delante de Vuestra Alteza con los servicios que a Su Majestad he hecho y los agravios que agora se me hacen, mas no está en mi mano porque estoy casada con un caballero de Sevilla que se llama Pedro de Esquivel. Que por servir a Su Majestad ha sido causa que mis trabajos quedasen tan olvidados y se me renovasen de nuevo, porque tres veces le saqué el cuchillo de la garganta, como allá Vuestra Alteza sabrá, a quien suplico mande me sea dado mi repartimiento perpetuo, y en gratificación de mis servicios mande que sea proveído mi marido de algún cargo conforme a la calidad de su persona, pues él de su parte por sus servicios lo merece. Nuestro Señor acreciente su Real vida y estado por muy largos años.

De esta ciudad de la Asunción y de julio 2, 1556 años.

Servidora de Vuestra Alteza que sus Reales manos besa.

Doña Isabel de Guevara.

(Archivo Histórico Nacional: ES.28079.AHN/5.1.8.//DIVERSOS-COLECCIONES, 24,N.18)

Isabel pide en su misiva cobrar por su trabajo,  que se le pague como se les pagaba a su marido y a todos los que se aventuraron en esta empresa creyendo alcanzar un sueño.

Su marido era Pedro de Esquivel, un caballero andaluz "de bella compostura y bella traza" que llegó con Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1542 y que anduvo metido en las luchas entre "comuneros" y "leales" que desangraron a la incipiente colonia. Es casi seguro que no obtuvo los cargos requeridos y es seguro su final trágico, sucedido a los pocos años de escrita la carta. Martín del Barco Centenera en su obra "La Argentina" (1602) cuenta cómo fue víctima de la lucha entre Fray Pedro de la Torre, Obispo de Asunción -de quien era partidario- y el Gobernador Felipe Cáceres. Éste lo detuvo, le condenó a muerte, le cortó la cabeza en la plaza y la puso en una picota. Lo que es seguro que sus demandas nunca llegaron a manos de su destinataria, la "muy alta y muy poderosa Señora Doña Juana de Austria", conocida como "Juana la Loca" llevaba un año de muerta, sin contar los 46 de reclusión en el castillo de Tordesillas.

En tanto, para algunos de los que naufragaron en Río Gallegos, un 30 de noviembre de 1537, la empresa fue fructífera, alcanzando campos, cargos públicos o categoría de nobles. La nao Concepción varada a la altura de Punta Loyola, nos ha colocado en la historia tras ese episodio.