Historias de Patagonia: El Motín de los Artilleros

“Papá nos atacan los argentinos” gritaba desesperado el hijo del gobernador Diego Dublé Almeida en la madrugada del lunes 11 de noviembre de 1877, en la pequeña – por entonces -Punta Arenas.
sábado, 25 de julio de 2020 · 20:37

*Mario Novack

La férrea y hasta brutal disciplina del jefe de la guarnición de Artilleros en la colonia Penal provocaría el más sangriento episodio del que se tenga registro en la historia de la región de Magallanes.

A la 1.40 de la madrugada, un cañonazo disparado a boca de jarro estremeció la casa de tablas de la gobernación. La granada atravesó las paredes del salón; una segunda destrozó el piano y la bala fue a caer en la pieza vecina, donde dormían las niñeras con los niños chicos. Una de ellas se fue a la pieza de Dublé Almeida, y presa de gran espanto, le dijo: "Señor, un tiro". En los momentos en que éste se dejaba caer de la cama, otra granada pasó por encima de la cabeza de su esposa, hizo explosión en la pared opuesta, y el culote cayó en medio del dormitorio.

En los primeros momentos, el gobernador creyó que se trataba de la explosión de algunos bolsones de pólvora que había en el cuartel de artillería, situado enfrente de la gobernación; pero la fuerza con que penetraban las granadas, lo hicieron comprender pronto que se trataba de disparos de cañones.

Los dos niños mayores, de 8 y de 7 años, llegaron desnudos, gritando: "¡Papá, los argentinos nos matan!'. Dublé arrastró a toda su familia y a las empleadas a una pieza subterránea. Enseguida, salió a la calle, acompañado de su hermano materno, Diego Miller Almeida, ambos armados de revólveres. Se encontró delante de 3 cañones emplazados a diez metros de distancia de la gobernación.

En medio del vocerío ensordecedor de: "¡Vivan los argentinos!", oyó claramente: "¡El gobernador! ¡Mátenlel". "¡No le maten! ¡Ríndase; el capitán está muerto!" "¡Viva San Diego!. Era el onomástico del gobernador. Una bala de carabina mató al soldado que estaba más próximo a Dublé. Otra le llevó el quepis. Diego Miller Almeida fue capturado.

Dublé continuó hacia el cuartel de cívicos, con la esperanza de reunir el batallón. El fogonazo de un cañón "abocado contra la casa del administrador de la hacienda fiscal Julio Izarnótegui permitió a los soldados reconocer al gobernador; pero, al tiempo de dispararle, el alférez Ramírez, quien gobernaba la pieza, les gritó: "¡No le tiren! ¡Déjenlo!". Llegó al cuartel de la guardia nacional, que estaba ya tomado por los artilleros.

Al sentir el primer cañonazo, los cívicos acudieron a su cuartel a armarse, mas el cabo Riquelme había tomado la precaución de enviar al cuartel un piquete a cargo del cabo Martines, que se apoderó individualmente de los que llegaban, encerrando a los adversarios y agregando a sus filas a los amigos.

 Al pasar enfrente del boliche del comandante de cívicos y primer alcalde de Punta Arenas, sargento mayor de guardias nacionales Cruz Daniel Ramírez, Dublé lo encontró parado enfrente de su negocio. Lo disuadió de dirigirse al cuartel, donde ya nada era posible hacer; y entre ambos encaminaron a los pocos civiles que venían retrasados y en armas y a los empleados que toparon en la calle, a la gobernación marítima, donde el gobernador creía posible organizar la defensa.

Los cañones seguían disparando en la plaza y frente a la casa de Izarnótegui. En los alrededores del cuartel, los baldes de licor circulaban con profusión. La gente pacífica corrían a refugiarse en los bosques que en ese entonces rodeaban la ciudad.

En ese momento, Dublé Almeida se dio cuenta de que ardía la gobernación, y su familia iba a perecer abrasada por las llamas. Se dirigió a su casa, esquivando el encuentro con los grupos de sublevados. Logró salir por el fondo de la casa a un potrero vecino, cargando las niñeras los niños más pequeños, y arrastrando él, atados en una frazada, a manera de trineo, a los cuatro mayores. A campo traviesa, cayendo y levantando, llevó su familia a un galpón de la Sociedad Carbonífera vecino a la playa y allí la depositó, con la esperanza de encontrar alguna embarcación en que ponerla a salvo.

A todo esto, el gobernador estaba tan a ciegas como el lector sobre el desarrollo de la primera parte del motín. El cabo Antonio Riquelme, que lo encabezó, vivía desde hacía algunos meses en una casa fiscal desocupada, en compañía de un confinado de malos antecedentes. Pero, por razones de servicio, el capitán Guilardes lo obligó a alojar en la cuadra del cuartel, como las demás clases de soldados. Sobre el otro cabecilla, el sargento Isaac Pozo Montt, no hay antecedentes anteriores al motín. Entre ambos lograron ganarse a algunos soldados, uno de los cuales, José Antonio Stuardo, iba a señalarse por sus hazañas de criminal sanguinario.

Dado el orden que reinaba en la República y la relativa rapidez de las comunicaciones, el motín, a diferencia del de Cambiase, no tenia posibilidad alguna de afianzarse siquiera por un mes. Más aún, la presencia de la "Magallanes"; en las inmediaciones de Punta Arenas, sólo permitía un rápido saqueo de la ciudad, seguido de la fuga inmediata a la Argentina. El golpe se ajustó desde el primer momento a este orden de cosas, inclusive la destrucción de la colonia, precio con que sus autores pensaban comprar el amparo del gobierno argentino.

 Al grito de "Los argentinos", Riquelme y sus compañeros despertaron a la tropa, engañándola con una alarma nocturna, que todos creyeron dispuesta por el comando. Procedió enseguida a amunicionar a los confinados, en su mayoría desertores del ejército, y con su concurso se apoderó de los cañones que había en el cuartel. Un tiro de carabina, que se escapó a un confinado, alarmó al sargento Belisario Valenzuela, comandante de la guardia; mas ya no era tiempo de defenderse. A los gritos de "¡Al cuerpo de guardia!", "¡A la casa del capitán!", los conjurados, que ya pasaban de ciento, se dividieron en dos partidas. Una se apoderó del sargento Valenzuela y lo encerró en una pieza contigua. Arrastraron enseguida las tres piezas de artillería y las abocaron a la casa de la gobernación, situada en frente del cuartel, y abrieron el fuego contra el edificio.

Otra partida, al mando del soldado Stuardo, se dirigió al fondo del cuartel, donde estaba la casita que habitaba el capitán Pío Guilardes. Los asaltantes derribaron la puerta, y apartando a la señora, que les salió al encuentro, penetraron en el dormitorio. Descargaron sobre el capitán sus carabinas. Un balazo, que dio en el pecho, lo mató instantáneamente. Ya cadáver, el soldado Carlos Sepúlveda le dio un bayonetazo en el ojo izquierdo. Cuatro soldados que acudieron en su auxilio murieron en defensa de su jefe.

La orgía de alcohol, sangre y lascivia

Al clarear el día 11, la mayor parte de las familias acomodadas habían huido al monte. Las que no pudieron hacerlo se habían agrupado en las casas de algunos extranjeros o nacionales, que suponían a cubierto de asaltos, en razón del respeto o del cariño que inspiraban al pueblo. Y cuando el alcohol borró todo resto de sentimientos humanos, se ocultaron en los entretechos y en los rincones más inaparentes. El programa revolucionario; o sea, el asesinato del capitán Guilardes, la extracción de los 6.644 pesos fuertes que había en la tesorería y el incendio de todos los edificios públicos de la ciudad, quedó cumplido en la mañana del 11 de noviembre. Se siguieron las visitas domiciliarias, en busca de las autoridades, que se suponían ocultas en algunas casas de la ciudad.

Pelotones de soldados y presidiarios armados, seguidos de la hez del pueblo, penetraban de preferencia en las cantinas, donde se embriagaron hombres y mujeres. El alcohol empezó a hacer sus efectos y las visitas degeneraron en orgías de presidiarios. Mientras algunos ciudadanos y ciudadanas se apoderaban de lo que despertaba su codicia, parejas bailaban la cueca, al compás de la Canción Nacional, tocada desde la puerta por la banda de la compañía de artilleros. Pronto la orgía tomó caracteres sangrientos. Estallaron las disputas por la posesión de las mujeres que lograban atrapar en las visitas domiciliarias, y un balazo a quemarropa o una certera puñalada decidla quién debía ser el violador.

 La orgía alcanzó su periodo crítico durante la tarde y la noche del 11; declinó algo el día 12 con el sueño del alcohol, la saciedad, el cansancio y la fuga de las mujeres que no habían logrado hacerlo en los primeros momentos. Huían ultrajadas la madre y la hija, la una a la vista de la otra, pero libraban la vida, que casi seguramente habrían perdido más adelante en las nuevas riñas por su posesión. Con su fuga desapareció la principal manzana de discordia entre los soldados y los presidiarios.

La actividad de los pocos que resistieron de pie los efectos del alcohol, se orientó de nuevo hacia la destrucción de la ciudad, que fue el norte deliberado del motín. Acordaron dejar en pie la iglesia por consideración al capellán Matulski, pero pusieron fuego al hospital. Los enfermos que no pudieron huir por sus pies perecieron achicharrados por el fuego. Siguieron con la casa de Cruz Daniel Ramírez y con los demás edificios de propietarios que les eran antipáticos; con el aserradero, los galpones, los graneros y cuanta construcción podía servir al restablecimiento de la vida de la colonia.

Mientras, el gobernador que había logrado huir de los amotinados, pese a estar herido encabezó la desesperada búsqueda de la Corbeta “Magallanes” que se encontraba realizando actividades hidrográficas en la zona y resultaría de vital importancia para recuperar el control de Punta Arenas.

El duro periplo de Dublé Almeida concluiría con su retorno a la incipiente colonia con la correspondiente dotación de la Armada encargada de sofocar la sedición.

 Los amotinados, en tanto, ya sabían que la suerte estaba echada y después de fallar en el intento de apoderarse del Vapor “Menphis:” al servicio dela compañía alemana Kosmos, con el que pretendían llegar a Montevideo, comenzaron a perfilar la fuga por tierra hacia la Argentina.                                        

Al fin, a las 12.30 del día 14 de noviembre, después de 33 horas de navegación, que al gobernador Dublé  le parecieron 33 años, la "Magallanes" fondeaba en Punta Arenas. Acto continuo, Dublé Almeida saltó a tierra al frente de la compañía de desembarco de la cañonera, armada en guerra.

El desenlace. Destrucción de Punta Arenas

Desde la playa, Dublé Almeida, quien fue el primero en saltar a tierra, pudo ver la  destrucción de todos los progresos realizados durante su gobierno. Las llamas hablan consumido la gobernación, la escuela mixta, el cuartel de la guardia nacional, el de la guarnición de línea, el edificio de los relegados, las casas fiscales que ocupaban el capitán Guilardes, el administrador de la hacienda fiscal, los preceptores, los oficiales, el hospital, la botica, la del boticario. la del doctor Thomas Fenton, el depósito de la ferrería, el correo, la del hospedaje de los colonos y el galpón y la maquinaria del aserradero. El almacén fiscal y todos los negocios particulares habían sido saqueados, y muchos de los edificios que ocupaban los últimos y las mejores casas de propiedad particular habían sido incendiados después de saquearlos. Una manzana entera de casas de colonos ardió también.

El número de cadáveres recogidos ascendió a 52. Entre los que fue posible identificar, se contaron 12 militares, 6 relegados, 11 de colonos y el de la matrona doña Toribia Benavides. Los heridos graves pasaron de treinta; no se tomó razón de los contusos.

La marcha de los amotinados hacia la Argentina se inicia  cuando la columna, compuesta de 38 artilleros, 5 cívicos, 38 relegados y presidiarios, 14 mujeres y algunos niños, en total alrededor de cien almas, al mando del cabo Riquelme, salió de la plaza a las cinco de la tarde del día 13 de noviembre en perfecta formación. El secretario Miller, el ayudante García y el teniente de ministro Justo de la Cruz iban en calidad de rehenes.

Al abandonar la ciudad, bajo la amenaza del arribo de la "Magallanes", que esperaban por momentos, no tuvieron tiempo de destruir el cuartel de la guarnición. Una vez que traspusieron el río del Carbón, emplazaron en una loma la pieza de artillería que arrastraban consigo y dirigieron las granadas al polvorín del cuartel, hasta que se produjo la explosión y el edificio voló en pedazos.

El primer pensamiento de Dublé fue cortar el camino de los reos prófugos utilizando la "Magallanes", que podía transportar al Santa Cruz un piquete de tropas. Sin embargo, luego de analizar los pro y contras de la persecución resolvieron desistir de ésta  para evitar mayor tirantez de las relaciones chileno-argentinas, que en esos momentos pasaban por uno de sus periodos críticos.

Como se recordará, cuatro años antes en febrero de 1873, Chile había intentado una fallida ocupación de Río Gallegos, fundando un fuerte en la zona de Killik Aike Sur, que tuvo efímera existencia a partir del reclamo argentino, debiendo abandonar el emplazamiento.

Como dato rescatado en las crónicas posteriores se destaca la muerte de María Menendez Behety, hija del acaudalado empresario José Menendez. El deceso sobrevino luego de contraer pulmonía en la huida a los bosques aledaños a Punta Arenas, huyendo de la barbarie desatada en el lugar.

Los informes de esta crónica están contenidos en la obra de Francisco A. Encina / Historia de Chile, Tomo XXX.