Historias de Patagonia: La ciudad del nombre de Jesús

“Esta ciudá que hicieron los españoles está acá enterrada. Todavía no la han desenterrao. Hay un gran tesoro que dejaron, cuando murieron, dicen que di hambre y de frío, estos hombres de la ciudá. La ciudá es muy antigua. La primera di acá. Áhi 'tá el cementerio que tenían. Lo llamamos el cementerio viejo. Áhi nu hay más que cadáver.
domingo, 31 de octubre de 2021 · 16:21

*Mario Novack 


Son de los españoles. No hay armas ni nada. Áhi, pero hay en las casas. Yo me jui a descubrir el tesoro. Hay que ir la noche de San Juan, a las doce de la noche. Se hacen tres llamadas adonde 'tá el tesoro sepultado. Si sale una luz azul, es plata, si es oro, una llama colorada. Yo los he oído muchas veces a los que encontraron tesoros. 

Dicen que tienen que estar destinados a esas personas. Me jui solo, tres años seguidos, la noche de San Juan, el 24 de junio. Hice las tres llamadas qui hay que hacer. Como no había llamarada por ningún lado, no jui más. 

Son noches muy frías acá, en Cabo Virgen, en esa época, que es invierno. Aparece sólo una luz que anda mucho, pero es otra luz. Ésa es una luz mala. Todos la llaman la luz mala.

Es conocida la llamarada del oro y de la plata, es de otra forma y no da miedo. Es una luz mansita. Yo pensaba también que se podían óir, la noche de San Juan, las campanas, cantos de gallo, voces y gritos, como mi habían dicho otros que habían sentido. Yo no pude óir nada. Y jui tres años seguidos. Yo no sé si la suerte estará reservada para otra persona.

Dice que hay un libro, escrito por un poblador, me parece, porque dicen que un hombre quedó vivo. Dice que al hombre lo llevó un barco inglés, en esos años, que era el único que se salvó de morir. Él les dijo que no hay riquezas, pero él contó después que en la misma iglesia quedó sepultado un cáliz de oro, y que abajo del altar está una placa de plata, y abajo, en unos porrones de barro, como esos que llaman pisco en Chile, están los documentos que dicen ande 'tan los tesoros. Dicen que hay muchas riquezas, pero este hombre, para que no las saquiaran, no quiso decir.

El barco que lo llevó era de piratas, dicen. Ésos eran los barcos que andaban por estas tierras tan lejas y estos mares tan traicioneros. Otros dicen que 'tan hasta los cañoncitos de la ciudá enterrados áhi. Algún día los han de sacar”. 

Quien relata esto en un día del año 1958, es Conrado Asselborn, un entrerriano descendiente de Alemanes del Volga.El hombre clava su mirada en esas tan azules como sus ojos y mientras medita comienza a desgranar la historia reciente de la denominada “fiebre del oro” en Cabo Vírgenes, en ese territorio tan bravío del fin del continente.

“Todos hablan de Julius Popper, el cazador del oro en Tierra del Fuego o del indio Lucacho, pero los que realmente lo encontraron al oro fueron los tripulantes de una goleta de Don Luis Piedrabuena, en 1876.

La embarcación, al mando de Gregorio Ibañez, zozobró en la entrada del Estrecho de Magallanes y los naufragos al excavar un pozo de agua tropezaron con muestras notables de oro.Ibáñez pensó en analizarlas y las envió a un joyero londinense , Enrique Sewel . 

Pero el hecho permaneció aislado hasta 1884 en que el naufragio del vapor francés “ Arctique " despertó la fiebre . Fue a partir del descubrimiento del precioso metal por parte de Lucacho, un cazador de sangre Tehuelche, mientras husmeaba en los restos del navío.

El grupo de salvamento venido de Punta Arenas, tuvo una experiencia semejante a la del argentino Ibáñez y llevó al puerto la inquietante noticia . Los magallánicos , mineros de raza , ( desde 1881 había lavaderos  en la Tierra del Fuego chilena ) se vinieron en aluvión ).Esto aconteció en el año 1886, meses después de considerarse fundada oficialmente la ciudad de Río Gallegos.

Lucacho al trasladarse a Punta Arenas para adquirir víveres y ropas pagó con una pepita de oro, bastando esto para que la novedad  echara a correr y de inmediato una legión de extranjeros se lanzara sobre la zona de Cabo Vírgenes .

Allí llegaron raudamente serbios, croatas, ingleses, españoles italianos, dálmatas y hasta algún alemán que pretendían volverse ricos con el oro. Mayoritariamente eran cazadores de lobos o navegantes que apostaban a un golpe de suerte.

La mayoría de ellos abandonó el lugar al año siguiente y la actividad comenzó a ser regulada por el gobierno nacional que extendió un régimen de concesiones, convocando a las compañías mineras.

Hasta ahí se aproximó el rumano  Julius Popper, todo un experto en el tema, que rápidamente advirtió que el precioso metal en grandes cantidades no se encontraba allí, sino cruzando el Estrecho de Magallanes, en la Tierra del Fuego argentina, donde se asentó y fundó un verdadero imperio, con el que hasta acuñó su propia moneda.

En tanto, el descubridor Lucacho moriría un año después de la aparición del oro en el lugar. Como citáramos, esta oleada de buscadores transformó a Cabo Vírgenes en “tierra de nadie” y motivó que el entonces gobernador Carlos María Moyano tomara cartas en el asunto comisionando al teniente de navío Teofilo De Loqui para poner en marcha la “Gendarmería” de Cabo Vírgenes.

La Comisaría surgió de la necesidad de resguardar los bienes nacionales y para garantizar la presencia del Estado nacional. Por tratarse de una zona próxima a la localidad chilena de Punta Arenas, resultaba frecuente que grupos de lavadores de oro chilenos transportaran arenas auríferas a Chile, donde posteriormente eran lavadas, entre estos grupos se hallaba la denominada “banda de Manrique”.

Estas circunstancias impulsaron al entonces gobernador del territorio, Carlos María Moyano, a que designara tres funcionarios con la orden de desarticular a la banda y en “Policía de Santa Cruz. Reseña histórica. Homenaje 121º aniversario. Buenos Aires, Editorial Ámbito Policial, 2005. P. 31”, rescatamos la siguiente crónica: 

“[…] partieron, bien armados y pertrechados los tres empleados del Gobierno, en silencio llegaron […] hasta el lugar donde se encontraba el campamento […] la orden fue: ¡adelante sargento! y con unos disparos al gritar ¡manos arriba! […] La alegría de haber atrapado a los delincuentes duró lo mismo que el tronar de los disparos. 

Seis hombres estaban delante de ellos mirándolos y cuatro hombres detrás de ellos apuntándoles […] luego del protocolo se sentaron alrededor de un fogón donde fueron desarmados pero invitados con café y tortas. […] 

De pronto la solución pasó por su mente […] Invitarlo a unirse a la fuerza policial. Manrique atónito le pide garantías y las mismas son ofrecidas. Nombramiento con el grado de cabo primero de gendarmería, cien pesos mensuales, comida, ropa y el olvido de los hechos delictivos que habían cometido. Contrato por un año, que podía ser renovado pero debería someterse a las leyes y reglamentos. Al resto de la banda, si tenía condiciones también se los aceptaría en la Policía con los mismos beneficios […] Se tomaron una noche para pensarlo […] Al día siguiente Manrique con tres de sus amigos […] manifiestan su determinación de incorporarse […] De esta manera quedó formada la Policía de Cabo Vírgenes”

La modalidad que adquiere el nacimiento de la comisaría de Cabo Vírgenes, grafica muy bien las dificultades en la disponibilidad de recursos humanos con los que podía contar el gobierno territorial para conformar su agencia de control. En este caso, se manifiesta claramente la instancia de “negociación” que habilitan los mismo representantes del Estado con interlocutores cuyas acciones no se presentaron demasiado alineadas a la ley, y que precisamente terminaron resultando ser los futuros garantes de la misma.

La situación descripta por la crónica puede reflejar cierta paradoja o al menos contradicción, sin embargo es sólo aparente pues resultó frecuente por lo menos hasta principios de siglo XX, la incorporación a las agencias de control de sujetos que transitaran en los márgenes de la legalidad o bien que se presentara la realidad inversa, de que agentes policiales incurrieran en algún tipo de delito. En el caso particular de la policía de Santa Cruz señalé que las dificultades de ésta por cubrir la amplia geografía santacruceña fueron el impulso y el amparo para que amplios segmentos sociales desarrollaran sus actividades con escaso apego a la legalidad estatal.

Poco duró la fiebre del oro, pero trajo consigo violencia, muerte y finalmente desolación, ya que en poco tiempo, con la misma velocidad con que arribaron, dejaban el lugar los aventureros, oportunistas y buscadores del precioso metal.

Aún perdura el sueño dorado de la ciudad del Nombre de Jesús, aquella intentona española que el tiempo devoró y de la cual hubo un solo sobreviviente que relató las peripecias de los integrantes del poblamiento emplazado un 11 de febrero de 1584, en la boca del Estrecho de Magallanes.

La importancia estratégica del accidente geográfico también se apagaría a partir del año 1916 con la habilitación del Canal de Panamá, una enorme obra de ingeniería que permitió unir ambos océanos mediante una gigantesca obra de ingeniería. 

Por las noches desfilan los espíritus de los pobladores de la Ciudad del Nombre de Jesús y las víctimas de la “fiebre del oro”, bajo la atenta mirada del viejo Conrado Asselborn.