Historias de Patagonia: Murió Rosaura

“Murió Rosaura ”. El “coya” Angel Quispe aquel mensajero del Correo protagonista de tantas historias tomó el telegrama y se dispuso a entregarlo en la Base Aérea de Río Gallegos. “alguna perdida familiar”, pensó, mientras enfilaba para la ruta Nacional Nº 3.
domingo, 14 de febrero de 2021 · 00:16

* Mario Novack 

Gallegos era Gallegos de los sesenta, con la calma de una pequeña capital que hacía poco tiempo se desperezaba con el comienzo de las clases, como noticia más destacada. Los colimbas llegaban hasta aquí desde distintos lugares del país y siempre esperaban noticias de sus familiares. “Así debe ser este caso” siguió pensando Quispe.

El conscripto José Luis Nell no alcanzó siquiera a intentar una reacción y en un abrir y cerrar de ojos, efectivos policiales lo detuvieron para trasladarlo a la Capital Federal. Sus compañeros de guardia quedaron atónitos. Se trataba del hombre más buscado por un atraco con un saldo sangriento.

Pero el episodio iba más allá. Habían atrapado a uno de los principales integrantes del movimiento “Tacuara”, que concretara el feroz asalto al Policlínico Bancario en lo que sería el debut de la guerrilla  urbana en la Argentina.

Ese 22 de marzo de mil novecientos sesenta y cuatro  en la capital de Santa Cruz se vivía un clima de tranquilidad. El joven médico radical Rodolfo Martinovic había asumido sus funciones como gobernador cinco meses atrás, luego de períodos de convulsión y enfrentamientos internos en la provincia y el país.

“Por acá nunca pasa nada, solían decir los lugareños”. Sin embargo tamaña sorpresa se llevaron las autoridades civiles y militares al filtrarse la noticia. El giro que había dado la causa del asalto era dramática y contradecía lo que en principio se afirmara: esto es que se trató de un hecho policial.

El episodio había ocurrido muy lejos, en Buenos Aires, de donde provenía el  conscripto Nell.  El 29 de agosto de 1963 un grupo de hombres armados con pistolas calibre 45 y una ametralladora llegó en tres vehículos al Policlínico Bancario, todavía situado en la avenida Gaona al 2195, frente a la Plaza Irlanda, en el barrio porteño de Caballito. 


La operación “Rosaura” fue un golpe a sangre y fuego: mataron a dos personas que trabajaban en el hospital y luego asaltaron el camión que transportaba casi 13.310.366 pesos moneda nacional –unos cien mil dólares– para pagar los sueldos.

Todo se había desencadenado a las 10:33, cuando una ambulancia Rambler con la sirena prendida llegó a toda velocidad al portón del Policlínico, frente a la Plaza Irlanda. "Traemos un paciente", informó el que manejaba. 

El guardia asomó la cabeza y vio sobre la camilla a un hombre pálido e inconsciente. Entonces, asentó la hora en un cuaderno. El vehículo, ya sin sirena, avanzó hasta un estacionamiento situado frente a los consultorios externos. También apareció una camioneta IKA que, tras desviarse hacia la izquierda, se detuvo a metros de la tesorería. Traía el dinero destinado al pago del personal.

Uno de sus ocupantes se bajó para abrir la parte trasera. Ahí había un agente de la Federal con tres sacas repletas de billetes. Lo acompañaba un cajero del banco. El policía descendió, extendiendo las bolsas hacia dos empleados del Policlínico. En ese instante estalló el infierno.


Primero se oyó un grito, seguido por el tableteo de una ametralladora: la ráfaga barrió a los dos empleados; ambos murieron de inmediato. El cajero fue herido en una pierna. Y el sargento cayó con un brazo destrozado. Fue cuando irrumpió una silueta para arrebatar el botín.


Mientras tanto, sobre la entrada, el guardia había escuchado los disparos. Y abandonó la garita para ver lo que pasaba. Pero una pistola se le incrustó en la garganta; la sostenía un hombre que había estado escondido entre los árboles. Recién dejó de apuntarle al ser levantado por la ambulancia, que ahora salía con el acelerador clavado a fondo. Un Valiant, que aguardaba en la esquina, también arrancó.

La ambulancia fue encontrada pocos minutos después, abandonada a pocas cuadras, con su legítimo usuario bajo los efectos de algún narcótico y atado sobre la camilla. No lejos apareció el Valiant.


El célebre comisario Evaristo Meneses fue el encargado de la investigación y a partir de una corazonada enfiló sus sospechas a viejos actores del delito cuyos antecedentes ya conocía.


Hubo allanamientos en la Capital y el conurbano durante casi dos semanas, pero ninguna pista clara. Sin embargo, durante los siete meses que duró la investigación no solo corrió el tiempo, sino también la sangre.


La Policía Federal –que había solicitado colaboración de Interpol– se apresuró en cerrar el caso acusando a dos bandidos con un vasto prontuario en el mundo del hampa: Félix Arcángel Miloro y José Zarantonello fueron cercados en Córdoba, pero se resistieron a balazos y terminaron acribillados el 10 de septiembre de 1963. Llevaban cinco días en un chalet del barrio Marqués de Sobremonte que habían elegido para refugiarse tras otro hecho criminal.


Los disparos policiales convirtieron esa casa en algo parecido a un queso gruyere. Sin embargo, la resistencia duró hasta el amanecer y recién cesó cuando los pistoleros cayeron abatidos. Con ellos estaba una mujer llamada Ana Carbó que resultó  afortunada: una ráfaga sólo le arrancó la pierna izquierda.

Otro de los acusados por el robo, un tal Salustiano Franco alias “Salunga” al momento de ser detenido negó su participación en el hecho, aludiendo “que en  esa fecha estaba cometiendo un delito en la provincia de San Luis.

El desliz en París

El dinero del robo estaba integrado en su mayor parte por billetes de $ 5000, cuya numeración se conocía porque eran nuevos, recién impresos. La Policía Federal distribuyó esa información a bancos locales y, por intermedio de Interpol, a otros del extranjero. A comienzos de 1964 el propietario de un cabaret de París depositó alguno de esos billetes en un Banco, que informó a la Sureté, la policía francesa.
 

Interrogado, dijo que se los habían entregado dos argentinos que habían estado haciendo importantes gastos en su establecimiento. No tenía sus datos pero recordó que una prostituta que se hacía llamar Brigitte los había acompañado a su hotel. 

De los registros hoteleros resultó que se trataba de los hermanos Lorenzo y Gustavo Posse, que desde el 20 de noviembre de 1963 habían estado en Europa cambiando pesos del robo por dólares pero también gastándolo en clubes nocturnos. 

Cuando luego de un tiempo llegó la información a Buenos Aires, se reabrió la investigación y se detuvo a Gustavo Posse. Como consecuencia de su declaración fueron arrestados su hermano Lorenzo, Mario Duaihy, Horacio Rossi, Jorge Caffatti y Tomislav Rivaric, en cuya casa se encontró el arma del sargento Martínez y billetes del robo. 

También se emitió orden de captura respecto de Jorge Cataldo, Eduardo Viera, Rubén Rodríguez, Carlos Arbelos, Alfredo Roca, Amílcar Fidanza además de Joe Baxter.
  
El reconocimiento de Tacuara
                  
José Luis Nell consideró que era consistente con su posición revolucionaria admitir su participación en el hecho y justificarlo ideológicamente, lo que también hicieron otros detenidos. 

Por su parte el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara emitió un comunicado a través de “Compañero”, el órgano del peronismo revolucionario, haciéndose responsable del asalto y reivindicando la violencia como herramienta de lucha política. 

Unos meses después, en noviembre de 1964 sus integrantes declararon la disolución del MNRT y su incorporación al peronismo. Ese año el ex conscripto Nell se fugó del edificio de Tribunales donde había sido llevado para declarar.

Ingresó a Uruguay y tras ser apresado por su acompañamiento a los Tupamaros, logró de fugar del Penal de Punta Carretas, junto a 110 integrantes de ese movimiento guerrillero.

Su vida, estuvo siempre signada por la tragedia. Luego de haberse casado con Lucía Cullen, en una ceremonia oficiada por el cura Carlos Mugica estaba a cargo de una de las columnas de Montoneros que llegaron a Ezeiza, aguardando el regreso de Perón el 20 de noviembre de 1973. 
  
Arriba de un jeep, José Luis Nell y Beto Simona encabezaban la columna sur de Montoneros. Cuando se aproximaron al palco, sufrieron la agresión de los sectores de la derecha del peronismo. 

La fiesta devino tragedia. El recibimiento se transformó en masacre. Volaban los tiros. Se dispersó el gigante de la multitud sabiendo que nada sería igual. José Luis Nell quedó herido por un tiro en la cabeza que lo dejó cuadripléjico.

Luego de intentar sin éxito la rehabilitación neurológica, comenzó a meditar profundamente la posibilidad de quitarse la vida. “No quiero ser una carga para nadie”, dijo. 

Sus limitaciones físicas lo hundieron paulatinamente en una depresión y sus amigos el 9 de septiembre de 1974, lo llevaron a una estación de tren abandonada en la localidad de Martínez (la actual Estación Anchorena del Tren de la Costa), donde se suicidó pegándose un tiro en la boca.

En ese instante fugaz volvió a sentir el mismo frío de Río Gallegos, aquella ciudad adonde fuera trasladado, paradójicamente no por su militancia política, sino como castigo por utilizar los vehículos de la Fuerza para trámites personales. 

Llegó castigado al sur y se fue detenido. El “Coya”  Angel Quispe, el cartero, no tuvo ocasión de preguntarle quien era la Rosaura que había muerto tal como decía el telegrama.