Historias de Patagonia: El destierro de Orkeke

“Yo no quiero estar en una cama, quiero estar afuera respirando el aire…libre como en mi tierra”. Con estas palabras el cacique Orkeke reclamaba, quizás sin saberlo por su salud, su libertad, su dignidad. Estaba internado desde el 28 de agosto de 1883 con diagnóstico de pulmonía en la cama Nº 39 del Hospital Militar, en Buenos Aires.
sábado, 14 de agosto de 2021 · 23:42

* Mario Novack 

Hasta allí había sido conducido en un operativo de apresamiento -  registrado en los últimos días del mes de julio de ese año - en los toldos de su tribu asentados aproximadamente a unos 15 kilómetros de Puerto Deseado.

Un grupo de soldados al mando de Teniente Coronel Lino Oris de Roa  llega hasta allí en la madrugada del 19 de julio de 1883, deteniendo al cacique Orkeke y su gente. Caen con violencia sometiendo a una tribu mansa de tehuelches. 
 
El testimonio de la anciana tehuelche Notini es lapidario. “Nos han robado 40 caballos, 4 vacas, 5 terneros, alguna plata y muchas libras de pluma de avestruz. Pero lo que más lamento es que también se han llevado mis dos banderas argentinas que nosotros lucíamos en los toldos, en los días de ceremonias y festejos”.

El historiador y militar Nicanor Larraín describe de un modo dramático la llegada de Orkeke y su gente en calidad de detenidos al Transporte A.R.A.Villarino, desde donde se los condujo a ciudad de Buenos Aires.

 

«Luego se vió bajar por las alturas y montañas a cuyo respaldo están las ruinas; una multitud de indios que venían a caballo cantando ó rezando en alta voz, de un modo particular por la monotonía de la música y extrañeza del lenguaje. Eran 17 varones y 37 entre mujeres y niños, indios que componían la parcialidad del cacique Orqueque.

Algunos venían con las caras pintadas en fajas negras, que corrían sobre las cejas y formaban un óvalo bajando por los carrillos hasta terminar en el mentón. Llamaron desde luego mi atención la uniformidad del traje, la resignación que todos manifestaban, el semblante de bondad en los varones, cierta altanería en las mujeres, y sobre todo, el canto monótono y plañidero de la multitud que repetía:   “Le queneque yaque de ya; le ya, le ya queleló”

Canto triste que repitieron al despedirse de aquellas costas y que me conmovió hasta el extremo de hacerme verter lágrimas de conmiseración trayéndome a la memoria el recuerdo de los israelitas cuando marchaban al cautiverio.

La llegada a Buenos Aires se produciría tras diez días de navegación, un 30 de julio. El arribo de este grupo de aborígenes queda retratado en varios diarios de la metrópoli. Algunos medios utilizan la novedad a modo de denuncia y otros los muestran casi como una novedad exótica.

Dice el diario “La Nación” en su edición del 1º de agosto de 1883 “ Ayer, cuando nos retirábamos del Transporte Villarino, vimos a varias personas que,munidas de cartas de recomendación, pretendían obtener uno o más indios, ni más ni menos que si de esclavos se tratase. Esta remesa, sin embargo, parece que no será distribuída como las anteriores, y para ello hace empeños el comandante Spuhr, que tiene para los pobres prisioneros todas las atenciones posibles, deseando que sean colocados por cuenta del Gobierno en un paraje donde puedan ganarse ellos mismos su subsistencia trabajando en común.

Lo que siguió a su arribo fue una suerte de paseo turístico por la ciudad, que abarcó desde visitas al Zoológico hasta tertulias en las principales confiterías de la ciudad incluyendo también una función de teatro a la que se invitó en forma especial al grupo de tehuelches.

“De la fiesta han quedado sumamente satisfechos y así lo expresaron con sus cánticos en la escena, genuinos cantos tehuelches, cuando fueron allí conducidos  después del 2° acto para repartirles diversos objetos, prendas de vestido, cartuchos de confituras y collares de relucientes cuentas comprados expresamente para ellos. En el primer entreacto, los señores Larsen y Lista hicieron la historia de esos indios”.

El diario La Nación continuó con su cobertura, en este caso daba a conocer la invitación de una empresa, la Skating Rink para la función de patines a la que asistió el cacique junto a su esposa e hija. Ramón Lista, que oficiaba prácticamente de anfitrión concretó un banquete en su honor en el Café París. Vestía Orkeke, pantalón de casimir oscuro, saco del mismo color y sobre él un poncho de paño.

Asistieron como comensales: El Sr. Ministro español Durán y Cuerbo, el Dr. Juan M. Larsen y los señores Ramón Lista, Miguel Cano, Francisco de lbarra, Esteban Rodríguez, Juan S. Bauzá, el teniente Eduardo Lan y Juan de Cominges. 

Pero que era en realidad Orkeke para el gobierno nacional..? Un preso por equivocación al cual se le otorgaban tratamientos de cortesía para su estadía en Buenos Aires o simplemente un cacique más en ese plan de exterminio y ocupación de tierras ?. 


  
Mucho se habla de su reunión con el presidente Julio Argentino Roca, encuentro sobre el cual el escritor Marcelo Valko describe de este modo..” Finalmente llega el momento del encuentro con Roca. Es la primera vez que se digna a recibir como presidente a un cacique de cierto renombre, y si bien acepta hacerlo, considera un honor innecesario encontrarse en la Casa de Gobierno con un sujeto de escasa relevancia militar, por eso al atardecer, cuando ya está de regreso en su hogar ubicado en San Martín 555, Ramón Lista conduce hasta allí al tehuelche.

Tras una espera de rigor, don Julio lo atiende en su despacho privado. El general, que no tiene necesidad de impresionar a ningún salvaje usando sus atuendos militares, viste un cómodo traje claro. Acaba de cumplir 40 años y tiene al país dentro del puño. Con sus ojos de un celeste acerado, observa a ese indio viejo, alto, vestido de paisano, incómodo, nervioso, que antes de extenderle la mano sudada, seca la palma pasándola sobre la ropa. Orkeke tiene una sonrisa mansa. El Presidente les ofrece sentarse. Lista, que no en vano es un sabio local, le detalla a Roca algunas anécdotas de la visita al zoológico, en particular la sorpresa del indio frente al gorila enjaulado.

El general esboza una sonrisa leve. Gracias a estos pobres diablos desarrapados a los que les quitó sus tierras y les barrió los toldos accedió a la primera magistratura. Argentina siempre fue un país generoso.

Pero el desarraigo y la tristeza se hacen sentir. Valeska, la hechicera de la tribu muere anhelando la vuelta a los cañadones patagónicos. Para Orkeke, esto es un mal presagio. La humedad del clima porteño ha logrado más que los siglos de la conquista y se llevará la salud del gigante cacique tehuelche. Los integrantes de su tribu, alojados en el Regimiento serían sometidos a una sesión fotográfica. El relato del diario “La Nación” del día  desnuda el temor de los tehuelches a ser fusilados.

“Ayer ha sido un día verdaderamente terrible para estos pobres indios, pues deseando el fotógrafo Spegazzini, sacar una fotografía de todos ellos, se presentó en el cuartel del Retiro acompañado del temiente Bove, llevando con este objeto su máquina y demás pertrechos. Una vez que el señor Spegazzini hubo colocado a ésta frente al grupo de indios, éstos sin vacilar un instante, se pusieron en precipitada fuga, sin poder de ninguna manera hacerles comprender de que no se trataba de ocasionarles ningún daño.

« Al fin, después de instarles el teniente Bove y hacerles algunos regalos, los tehuelches se decidieron a hacer lo que se les pedía, pero siempre con un cierto recelo, pues creían que sólo se trataba de una celada.


« Así fué que vueltos a ser colocados y tomando el fotógrafo posesión de su máquina, bastó tan solo que éste se cubriera con el manto negro, para que otra vez estas pobres gentes, convencidas ya de que solamente se trataba de darles
muerte, volvieron de nuevo a emprender la fuga, siendo esta vez mucho más rápida la dispersión que la anterior.

« Pero el señor Spegazzini, que sin duda debe ser un hombre de mucha paciencia, no se dió por vencido y volvió a hacer uso de su poderosa elocuencia, haciéndoles mil reflexiones de todo género a estos señores que a viva fuerza quería retratar.


« Por último, tantas fueron las súplicas, tantos los regalos, tantas las razones para hacerles ver de que no se trataba de malar a nadie, que los indios no tuvieron más que someterse al suplicio.

 


« Pero siempre hubo cinco de éstos que hasta el último se mantuvieron firmes en su propósito, no pudiendo conseguir que se retrataran ».

Los días y la vida de Orkeke se acortan, se niega a entregar su libertad quiere estar al aire libre, creyendo que eso lo sanará de “esta peste que me atacó”, como textualmente hablaba el jefe tehuelche. Pero el final es inexorable, muere finalmente el 13 de septiembre y su cuerpo es “desollado y disecado para conservar su esqueleto, que permanecerá a resguardo en Buenos Aires”, dicen las autoridades a los diarios porteños.  

El diario “La Prensa” publica que “luego de la muerte de Orkeke procedieron los indios a afectuar la ceremonia de guerra de los objetos pertenecientes al finado, que según su costumbre debían ser consumidos por el fuego. En el patio del cuartel encendieron una hoguera y allí fueron arrojados ponchos, piezas de ropa y otros artículos de los recienemente regalados.

Concluída esta ceremonia, que se hizo en medio del más profundo silencio, los ancianos se congregaron para elegir nuevo cacique.  Breves momentos duró la discusión y por unanimidad fué tomado el acuerdo.El indio Coochingan fué nombrado cacique y puestos de pie los electores hicieron la reclamación.  Coochingan pronunció una breve arenga, en la que ofrecía gobernar la tribu con rectitud y honradez siguiendo las huellas de su antecesor.
  
La frase que aún resuena era la preocupación de Orkeke por su destino..” que pensará el gobierno si yo me muero ?”. El retorno de sus restos aún sigue siendo reclamado tanto desde la provincia de Chubut, como de Santa Cruz en este largo destierro. Aún resuenan como premonitorias las estrofas que escribiera el poeta español Juan de Cominges….
  

“Tu hacienda, tu autoridad,
La patria donde naciste,
Todo, Orkeke, lo perdiste
Incluso la libertad.”