Historias de Patagonia: Milton Roberts el cazador de hombres

“Es cierto que usted estudió para detective…?“ El joven agente Alejandro Ferrer se animó por fin a preguntar a su jefe el comisario Milton Roberts,  a esa altura alguien convertido en una leyenda. Faltaba pocos minutos para el homenaje que la población de Río Gallegos le brindaba luego de haber apresado a un asesino serial, en Los Antiguos.
domingo, 5 de septiembre de 2021 · 00:22

*Mario Novack 

“Ni bien termine el acto le voy contando y usted se sorprenderá  de las cosas que he vivido en estos tiempos“. El silencio reinó de pronto entre ambos mientras esperaban la llegada de las autoridades en la plaza principal de la ciudad, por entonces un pequeño poblado.

Las autoridades iban llegando encabezadas por el entonces gobernador, un abogado radical, ex juez, llamado Germán Vidal, prestigiado en la ciudad. La vieja calle Maipú – hoy avenida San Martín, veía llegar a los entusiastas vecinos.

El motivo del homenaje era ni más ni menos que la satisfacción de vecinos de la zona del Lago Buenos Aires, actualmente Los Antiguos por la detención de un asesino serial llamado Damián Segundo Galván.

Sin embargo la foja de servicios del comisario Roberts incluía detenciones espectaculares de numerosos maleantes que asolaban estas tierras despobladas y lejanas. El agente Ferrer contemplaba con atención el desarrollo del acto de homenaje, mientras aguardaba ansioso el relato de su legendario jefe.

La ceremonia duró lo necesario e incluyó discursos de circunstancia por parte del gobernador y del delegado del ministerio del Interior de la Nación, cartera de la cual dependía la Policía Fronteriza, de la que formaba parte el comisario Roberts.

De regreso a la Jefatura el jefe le dice…  “ya le cuento, en cuanto lleguemos. Además de estudiar para detective hice muchas cosas en la vida y si le llama la atención mi acento no se preocupe por nací en Inglaterra“.

En el edificio de la Jefatura Policial lo aguardan otros efectivos de la ciudad y del interior que esperan el momento de saludar al homenajeado comisario. Roberts cumple con el protocolo y los palmea de a uno mientras se acerca al despacho que le ha sido asignado.

“Sírvame un té“, ordena, mientras se acomoda en su oficina poblada de retratos familiares y otros de colegas y agasajos policiales.

Respira hondo y comienza a narrarle a su ansioso asistente…   “nací en 1889 en Liverpool, Inglaterra, pero bien joven me fui a vivir a Estados Unidos. Aunque le parezca increíble trabajé también como reportero en Nueva York. “   

“Siendo periodista fue como conocí al famoso detective Pinkerton, que era un afamado policía privado de los banqueros norteamericanos. El fue quien dio origen a la agencia de detectives que lleva su apellido. Allí aprendí nociones importantísimas de la investigación“.

“Pero mis padres tomaron la decisión de cambiar de rumbo y así fue como llegamos a la Argentina, donde llegaron también mis hermanos“.   “Y eso cuando fue…? interrumpe Ferrer.   “Era 1898 y apenas tenía 18 años, pero pese a la barrera del idioma y con los conocimientos ya adquiridos sumados a la experiencia de campo que adquirí en la Patagonia, yo supe que tenía por delante un futuro promisorio“.

“Pero sabe una cosa Ferrer..? no fue fácil, porque yo tengo una forma de ser de respeto y profesionalismo. Nunca entré en eso de los abusos, ni garroteando presos. Nunca me gustaron las intrigas ni las conspiraciones que muchas veces son cercanas a lo delictivo“. 

“Estando en Chubut y a lo mejor por hablar el mismo idioma me casé con una galensa – como les dicen a los galeses en el lugar- llamada Ana Ellis. La conocí en la Colonia 6 de Octubre mientras yo estaba de servicio en el lugar y ella era sobrina de Owen Williams, uno de los primeros maestros de la colonia“.

Mientras, Lucio Ramos Otero, un niño bien de la oligarquía porteña afincado en Chubut, acusaba a “La Fronteriza”, policía patagónica, de no hacer nada para probar su secuestro y robo, mientras el expediente judicial de la causa lentamente engrosaba con las declaraciones hasta alcanzar más de 700 fojas y él sostenía que lo secuestraron Butch Cassidy y Sundance Kid“.

Ramos Otero había sido descalificado por el jefe chubutense de La Fronteriza, Francisco Dreyer, que lo acusaba de una picardía,   “un autosecuestro“. En realidad fue una protección del policía hacia los bandidos, ya que fue cómplice del robo perpetrado en el casco de la estancia Corcovado. Tanto el gobernador como los diarios porteños siguieron la versión de Dreyer.

“Se da cuenta Ferrer..?, era finita la línea que separaba lo legal del delito y si eran los norteamericanos que lo secuestraron o no, nunca se supo y menos probarlo, más allá de los testimonios de Ramos Otero y el chileno Francisco Quintanilla, un peoncito muy joven“.

Y así fue como para enero del año 1917 los vecinos de la colonia 16 de Octubre y Esquel elevaban una nota a las autoridades destacando la buena conducta y procedimientos con que Roberts ejercía hasta entonces sus funciones. Mientras tanto el Comisario continuaba persiguiendo cuatreros y bandoleros que se refugiaban en los contrafuertes de la cordillera. 


Al poco tiempo, un horrible crimen había conmovido a los pobladores del Genoa y los alrededores. Se trataba del salvaje asesinato cometido contra los esposos Córdoba. Españoles que se habían asentado en el valle desde 1907. Este matrimonio de inmigrantes tenía su población entre los cascos actuales de las estancias “El chalet” y “La Cristina”, en los alrededores de Gobernador Costa.

Todo sucedió en la noche del 7 de octubre de 1918 y le correspondería –una vez más- al comisario Roberts resolver el caso con eficacia. Los esposos Córdoba como se acostumbraba, esa noche recibieron generosamente a dos paisanos pasajeros brindándoles comida y alojamiento. Unas pocas horas más tarde volvieron a golpear la puerta y era otro desconocido, que fue también gentilmente invitado a pasar, fingiendo no conocer a los presentes. Pero cuando se encontraban ya de sobremesa, a la señal de uno de ellos se pusieron de pie y desenvainando sus cuchillos apuñalaron a los indefensos y sorprendidos dueños de casa. Los vejámenes y ensañamiento se hicieron evidentes cuando la policía halló al otro día secciones del cuerpo de la mujer atados al palenque de la entrada del negocio. 

Antes de huir revisaron toda la casa, llevándose mercadería y unos 10.000  pesos en efectivo. Una suma muy considerable para la época, pero recordemos también que no existían bancos y los comerciantes en algún lugar debían esconder su dinero. Enseguida Milton Roberts organizó la pesquisa y el seguimiento. Las huellas todavía visibles lo llevaron hacia el lago General Paz debiendo internarse en la zona boscosa, es decir casi en territorio chileno. Allí logró alcanzarlos y sorprenderlos. Antes de ser capturados los asesinos se defendieron a tiros. Se trataba de José Rosario Rodríguez, su hijo Domingo Rodríguez y un tal Gamaniel Luna, todos de nacionalidad chilena. 

Cuando el tiroteo era intenso, al verse acorralado Gamaniel Luna intentó suicidarse, pero su brazo destrozado de un balazo por la partida de Roberts no le respondió. Luego el juez Letrado del Chubut, Dr. Armando de Barelli dictaría una sentencia de condenatoria de 25 años para los Rodríguez, mientras Gamaniel Luna fallecería en prisión. Domingo Rodríguez lograría evadirse en 1925 de la Penitenciaría Nacional junto a otros presos peligrosos, pero luego fue vuelto a capturar en Santa Cruz.

El comisario Roberts ha terminado su relato. Atardece en Río Gallegos y los jefes policiales se van volviendo a sus hogares. El hará lo propio, pero instalará su hogar en otra región. La vida lo llevó hacia Río Grande donde se desempeñó como juez de Paz y dejar una numerosa y respetada descendencia en la ciudad fueguina. Luego sus pasos se encaminaron a Puerto Deseado, último destino en su recorrida patagónica. 

En la novela   “Hay que Matar“, el periodista y escritor Andrés Rivera dice que la obra arrancó como arrancan la mayoría de sus libros. Cuando empezó a escribirlo tenía el título, algunas líneas del comienzo y otras tantas del final. Lo que había que poner en el medio es una historia que Rivera escuchó a mediados de los ‘60.

“Yo estaba mucho en el Sindicato de Prensa de Buenos Aires —cuenta el autor—. Uno de los periodistas que frecuentaban la sede se llamaba Milton Roberts, un hombre muy british. Las patotas fascistas tenían por costumbre agredir la casona, y una noche, al término de uno de esos asaltos, Milton me contó la historia de su padre: había sido comisario en el sur. Un día le avisaron que tres personas habían asesinado a un poblador. Salió a buscarlos, mató a dos y volvió con la confesión del tercero”.

Milton Roberts también le contó a Rivera que los hombres que su padre había perseguido eran asesinos a sueldo de lo que en la novela se llama La Compañía: “No la menciono con su verdadero nombre porque seguramente hay descendientes de quienes fueron sus dueños, y me advirtieron que podían iniciarme un juicio”.

En las páginas del libro   “Hay que Matar”, se describen episodios que mezclan relatos orales con episodios novelados que hacen extremadamente interesante a la historia. Lo cierto es que luego de vivir en Puerto Deseado, el comisario Milton Roberts falleció en la ciudad bonaerense de Temperley, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Su nombre está presente en numerosas calles de varias ciudades patagónicas


 

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