Historias de Patagonia: Había una vez… un Cine

“Dígale al capitán Chávez que venga urgente a mi despacho”, ordena enérgico el comodoro Carlos Alberto Raynelli, por entonces gobernador de facto de la provincia de Santa Cruz.

Escrito en HISTORIAS DE LA PATAGONIA el

*Mario Novack 

Son los años de la dictadura del general Juan Carlos Onganía, aquel de los “bastones largos” y de los “azules y colorados”, todavía un hombre fuerte con el apoyo de los mandos para mantenerse en el gobierno.


En esta lejana geografía la noticia más impactante ha sido el incendio del Cine Carrera en la madrugada de ese viernes 19 de abril de mil novecientos sesenta y ocho. Todo es tranquilidad en la capital santacruceña, solo alterada por esta noticia.

“Gobernador, ya llegó el jefe de Policía, lo hago pasar ?”, pregunta el secretario. Por supuesto que sí, quiero saber si hay novedades”, responde cortante el gobernador. El jefe policial que es ni más ni menos que un efectivo retirado del Ejército Argentino, se cuadra saludando al mandatario, con un sonoro golpe de tacos.

“Buenos días señor gobernador, supongo que me convocó por el incendio del Cine Carrera, consulta el jefe policial. “Porque otra cuestión lo podría llamar tan temprano capitán ?. Debemos saber las causas, más allá que se infiera que ha sido como consecuencia de algún siniestro eléctrico”. 

“Hasta el personal de la gobernación está impactado con la noticia, dicen que no quedó nada. Claro con el material ligero y el clima, no queda nada”., añade el comodoro Raynelli. 

El gobernador pertenecía a la Fuerza Aérea, que siempre se adjudicó la provincia de Santa Cruz, en éste y los posteriores gobiernos de facto. Al salir del edificio gubernamental  el jefe policial observa la marcha de los niños que se dirigen a los colegios cercanos.

De regreso al edificio de la Jefatura convoca a los oficiales a cargo del peritaje esperando un rápido informe que defina la causa del fuego. “Hay que establecer como ocurrió, simplemente eso”, indica el jefe policial.

 

El oficial Ricardo Castillo se anima a acotar, “mire si será mala la suerte que nos toca con los cines y teatros. El año pasado, un viernes 12 de marzo,  ardió completamente el viejo y querido Colón, todo un símbolo de la ciudad.”

El capitán Bernardo Chávez que hace poco ha llegado a la ciudad,se muestra interesado en conocer acerca del Colón. “Cuénteme Castillo, como es la historia de ese Teatro.” El oficial de antigua familia apela a sus conocimientos y comienza el relato.

Fue construido hace muchos años, en 1912, y era utilizado como Cine y Teatro, resultaba fundamental en la vida social de la ciudad. Un inmigrante español, Joaquín González fue el encargado de su edificación.

“Estaba en la calle España, relativamente cerca del Carrera y como la mayoría de las construcciones de antaño, estaba edificado en chapa y madera, lo que hizo muy fácil su combustión. En cuestión de minutos quedó reducido a cenizas”, añade Castillo. 

En el salón se hacían bailes y actuaciones teatrales algo que lo tornaba imprescindible para la actividad cultural de Río Gallegos. Había dejado de funcionar como cine en 1946, coincidentemente con la inauguración del Cine Carrera”.

Y le puedo mostrar avisos de la década del 20 cuanto promocionaban la cartelera de Cine películas como “Las Joyas de los Romanoff”, “Ojos del Alma” o “Una hija de Eva”, fíjese que es la cartelera de febrero de 1922, poco después de los sucesos de la huelga de los peones rurales”.

“Y ahora el Carrera. Todo esto en un año, es una verdadera picardía”, acota el sargento Ignacio Sosa, que se ha sumado a la conversación al ser convocado para buscar los antecedentes de incendios de cine y teatros, espacios dedicados a la actividad y por lo tanto simbólicos para las poblaciones santacruceñas.

Que tiene allí ?, pregunta el capitán del Ejército devenido en Jefe de Policía. El subordinado despliega un voluminoso expediente, acompañado por fotos que ilustran cada lugar. 

“Fijese, apunta, que en Puerto Santa Cruz hubo un incendio impresionante que destruyó al cine de la localidad.  El cine del lugar, llamado América, fue consumido por las llamas el 12 de noviembre de 1926.

“El cine era propiedad de don Manuel Rodríguez que junto con su hermano Santiago habían llegado al país a principios del siglo. Vivieron poco tiempo en Río Gallegos y luego se instalaron en Puerto Santa Cruz.

Santiago se desempeñó como óptico y fotógrafo, hasta los años 30 en que eligió como destino a la ciudad de Buenos Aires, mientras que su hermano Manuel desarrolló su vida en la localidad, con una nutrida y recordada actividad social en el medio.

“Usted no se imagina que en Puerto Santa Cruz habían dos cines, el América y el Perfect, de Arnoldo Weil. El cine América tenía la particularidad que cuando no había función, se usaba para hacer patinaje sobre ruedas, concluye el sargento Sosa.
Y tenemos otro caso más ?, pregunta el Jefe de Policía. Sosa sonríe cuando despliega un expediente que incluso llegó a la justicia federal por un pequeño incendio registrado en un local de cinematógrafo.

“Y si fue pequeño el fuego, porque es tan grande el expediente, pregunta el capitán. “Es muy detallado el sumario y relata el siniestro registrado en la sala de Cine, en Colonia Las Heras.”  “El acusado y finalmente culpable se llamaba Crisanto Lisiades, operador proyectorista”.

“No me joda con ese nombre es culpable seguro, interrumpe el capitán Chávez con una sonora carcajada. Y de que lo acusaron a Crisanto ?. El sargento Sosa, contagiado por la risotada de su jefe aclara, “resulta que hubo un incendio en el proyector y la casilla del operador en plena función, lo que provocó una estampida de espectadores asustados.”

“Las pericias determinaron negligencia, porque ni una lata de agua tenía a mano, pese a que se lo habían ordenado y más aún teniendo en cuenta lo fácilmente combustible que resultan esas sustancias”.

“Hubo pericias, declaraciones, peritajes, todo lo que se pueda imaginar y finalmente a don Crisanto lo condenaron”, concluye Sosa en su declaración. Lo condenaron ? inquiere sorprendido el jefe. 

“El fallo del juez Germán Vidal del 27 de diciembre de 1932, lo condena por el delito de incendio por imprudencia, previsto y reprimido por el artículo 189 del Código Penal. Le aplicaron seis meses de prisión en suspenso, fallo que fue ratificado por la Cámara Federal de La Plata.

“Pobre Crisanto”, dice el oficial Castillo que no se ha perdido detalle de la crónica. Supongo que no le habrán hecho pagar los pagar los daños por el fuego. El sargento Sosa dice…”se equivoca oficial, todo los daños tuvo que pagar y además perdió el trabajo”.

El informe ha concluído y las pericias técnicas realizadas con posterioridad ratificaron que el incendio del Cine Carrera fue completamente accidental. Hace algunos años Aníbal Mario Améstica desgranaba recuerdos del “viejo y querido Colón” diciendo:  

“Fue para los riogalleguenses un verdadero símbolo: teatro, cine, salón de actos patrios, local bailable y Cupido, esto último en virtud de haber sido promotor y testigo de muchos romances, que terminaron en matrimonio; de ello surge el seudónimo nostálgico y emotivo de “viejo y querido Colon". En los últimos años de su existencia, es decir durante la década del '60, solíamos concurrir a sus reuniones danzantes, amenizadas por la Orquesta Atenas, dirigida por el recordado violinista Nicolás Zuvic e integrada por su señora esposa, María Violeta Paredes, y su cuñado Peyo Paredes, ambos intérpretes de piano; Cachito Castro, en la batería; Nuñez y Lasa, ambos en el bandoneón; Soto, en la trompeta; y Rogolini y Frías como vocalistas. Por su parte, y mientras la orquesta de turno tocaba, doña María Albornoz iba recorriendo los palcos y las mesas para vender golosinas, en su cajoncito con vitrina. Hay que decir que doña María desarrollaba este oficio por cuenta propia, es decir que el fruto del trabajo de cada noche servía para mantener su hogar. 

Vale la pena recordar que, por aquel entonces, la Municipalidad organizaba el Corso de Carnaval, evento que bañaba a la Avenida Roca con sus luces de colores. Allí concurría la población, con disfraces de todo tipo, serpentinas, bombas de agua, papel picado, pomos de goma, y se armaban las comparsas, los cuadros alegóricos y las tradicionales murgas que, por lo general, eran organizadas por los pibes más humildes de la ciudad (chicos de los barrios Frigorífico, Matadero, del Puerto, de las Latas, etcétera.), los que, con algún saco viejo al que le agregaban flecos, sombreros, gorras, antifaces caseros, conformaban el simpático y divertido atuendo.”

Así cerramos esta historia de los cines y sus episodios de incendios agradeciendo a Mi Río Gallegos el material fotográfico cedido, a Antonio Perich por los aportes realizados y a Atilio Calbucura por replicar apuntes históricos del “Viejo y querido Colón”.