Historias de Patagonia: Un asesino serial en Los Antiguos

“Por favor señor comisario necesito saber que pasó con mi hijo, está como desaparecido desde hace dos años. Lo último que sabemos de él es que andaba por la zona del Lago Buenos Aires, en Santa Cruz”. Quien ruega desesperadamente es la madre de Eustaquio Jerez, peón golondrina del que su familia no tiene noticias hace tiempo y sospechan lo peor.
domingo, 11 de julio de 2021 · 17:51

*Mario Novack 

El comisario Milton Roberts escucha con atención el ruego de la madre de Jerez y le responde con tono comprometido “señora le aseguro que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para saber dónde está su hijo”.

La escena transcurre en la localidad chubutense de Cholila, en el año 1924, en el marco de un agasajo brindado por los vecinos del lugar, en su mayoría pequeños ganaderos e inmigrantes que agradecen al policía por la tarea cumplida en esa zona.

Roberts ha sido trasladado a la ciudad de Río Gallegos y desde allí con su fiel asistente, el agente Alejandro Ferrer, emprenderán la búsqueda del joven peón chileno. Son años de la famosa Policía Fronteriza, de la cual forma parte el legendario comisario.

Lejos está Roberts de imaginar que este episodio pondrá en la superficie un macabro hallazgo: la actividad de un asesino serial en la zona de Los Antiguos. “ a ver muchachos si movemos el culo y buscamos a este hombre” dice imponiendo autoridad a los efectivos destacados en el Destacamento Policial “El Portezuelo”.

El comisario Juan Izzo, jefe de la comisaría del Lago, traga saliva mientras va presentando a los subalternos que participarán del rastrillaje. “Que es lo último que se sabe del jinete ?”, interroga Roberts.

“Parece que algunos vecinos de los campos linderos lo han visto con una tropilla de una docena de caballos. Son destacan dos manchados y una potranca alazana. Valen unos buenos pesos esos yeguarizos”, afirma Izzo.

En un mapa desplegado en la mesa del lugar los comisarios Izzo y Roberts comienzan a diseñar un plan de búsqueda. Han pasado pocos minutos de la reunión cuando se advierte la llegada de un hombre que pide hablar con Roberts.

“Comisario lo busca un tal Enrique Malerba, que dice tener datos del desaparecido”, interrumpe el agente Juan Gómez. “Hágalo pasar hombre, eso nos puede ayudar en los rastrillajes”, responde con tono esperanzado el comisario.

Dos horas después ya está elaborado el plan de búsqueda de los policías, con la participación de Malerba y otros pobladores rurales. “Tenemos un sospechoso en la mira” apunta el comisario Izzo. Lo malo es que no logramos juntar pruebas que acompañen nuestra presunción”.

Roberts lo mira con atención y le ordena, “cuénteme con lujo de detalles de quien se trata y evaluemos las acciones”. En pocos minutos le describen en forma minuciosa las características del sospechoso.

“Así que se llama Damián Segundo Galván este delincuente y es encargado de un campo de un tal Arroyabe en la costa del Lago Buenos Aires en la zona que llaman “La Península”. Mañana a primera hora salimos con una partida de milicos y paisanos para ubicar a este Galván”, ordena el comisario Roberts. 

Al día siguiente todo está dispuesto para llegar al campo donde se viera por última vez al peón Eustaquio Jerez. Caballos de monta, pilcheros, provisiones, ponchos encerados y bastante munición. 

Luego de una dura marcha por los campos se divisa el puesto de Galván. “Atentos con los fusiles y pistolas, porque dicen se trata de un matrero complicado este, tengan el dedo en el gatillo”, advierte el comisario Roberts.

“Que se le ofrece”, pregunta Galván a los uniformados. En medio de la tensión del momento, sus respuestas son cortantes y evasivas, sin embargo las pruebas en su contra  comenzarán a aparecer en forma contundente.

“De quien son esos caballos” ?, pregunta el comisario Izzo. Galván vacila  ante la consulta y más aún cuando le consultan sobre el paradero del peón Jerez. Titubea en sus respuestas y eso comienza a ser un dato clave. “Habrá que avisar a Cholila para que venga el hermano del desaparecido, porque si no confirmamos que los caballos, aperos y monturas son de Jerez no podemos detenerlo, dice el comisario al cabo Andrés López.

Transcurren los días y al llegar Zacarías Jerez, hermano del desaparecido éste confirma que los caballos y aperos son de propiedad del desaparecido Eustaquio. Sabiendo que se cierra el cerco policial,  Damián Galván carga un carro y tratando de pasar desapercibido pone rumbo a Comodoro Rivadavia, pero es seguido y detenido por la Policía del Territorio Nacional de Santa Cruz.

Sin embargo este episodio sería consecuencia de la aguda observación de una mujer.  La atenta mirada de Antonia Pellón de Crespo, encargada de una fonda en Perito Moreno, permitió confirmar el robo de las prendas de vestir de Jerez por parte de Galván. Ocurre que el jinete chileno se había alojando allí  con anterioridad y lucía unas botas y rastra muy llamativas, lo que realzaba su elegante porte que quedó registrado en la memoria de la mujer. 

Tiempo después, camino a Las Heras, Damián Segundo Galván se hospeda en la fonda, vistiendo las prendas de Jerez y especialmente sus botas y rastra. Al partir la mujer avisó a los gendarmes de la Fronteriza, que habían llegado al lugar procurando apresarlo. 

La detención la concretó el cabo López que lo esperó a la llegada de Caleta Olivia en uno de los cañadones que se usaban para llegar con los carros, era el Cañadón Esther; los otros dos por donde se arribaba eran los cañadones Quintas y el Seco. 

“Ahora vas a tener que cantar todo lo que sabés”, dijo el comisario Roberts acercándose al detenido. Este se quebró y admitió ser el autor de la muerte del infortunado jinete chileno. Pero lo que confesaría más adelante sería atroz.

“Ahora volvemos al campo y nos vas a contar todo con lujo de detalles”, le anticipa el jefe policial, satisfecho por la detención del victimario. La marcha hacia el lugar del hecho pareciera más rápida de lo que fuera con anterioridad, previo al apresamiento de Galvan, a quien llevan atado en un caballo.. 

“Como lo mataste…y porqué..? pregunta el jefe policial. “Desde mediados de enero de 1922 yo le había prestado un puesto para que Eustaquio lo ocupara momentáneamente y así fue como me fui ganando su confianza”. 

“Entonces él me invitó a una fiesta que se hacía en Balmaceda, cerquita de la frontera con Argentina, a unos 70 kilómetros de Chile Chico. Después de salir de aquí  tuvimos un cruce de palabras y le metí dos puñaladas  y un tiro en la cabeza”. responde fríamente el detenido Galván.

El comisario Juan Izzo se sobresalta al escuchar la crudeza con que el detenido brinda detalles del hecho. “Entonces me quedé con la tropilla, le saqué algunas prendas, unos mil doscientos pesos en efectivo, además de cheques por otros cuatro mil y tiré unas cartas que tenía”.

Se ha hecho tarde y el cansancio les fue ganando a los policías, de modo que decidieron interrumpir el interrogatorio hasta el día siguiente. El comisario Milton Roberts se recuesta en la silla, coloca sus pies sobre la mesa y bebe lentamente el último café de la jornada. Piensa en la madre del asesinado Jerez, en las expectativas que el joven tropero tendría en la vida y decide indagar a fondo.

Al día siguiente muy temprano le pide al cabo López que reinicie el interrogatorio. “A ver si me entendés Galván. Donde carajo dejaste el cuerpo de Jerez ?”. El ahora confeso homicida sabe que está perdido y admite “lo escondí en unos montes cercanos del campo, tapado con algunas ramas”.

“Entonces vamos a buscarlo”, ordena Roberts. Pero la respuesta paraliza a los presentes. “No comisario, luego lo fui a buscar y lo tengo enterrado aquí detrás de la casa junto con los otros tres”. Los policías presentes se ponen de píe, mirándose sorprendidos. Ahora parecen confirmarse los rumores de los vecinos y paisanos que hablaban de gente desaparecida que trabajaba para Galván.

El comisario Roberts toma impulso sale del lugar y vuelve con una pala. “ A ver  encárgate vos de decirnos donde los enterraste y quienes son”, dice mirando cara a cara al homicida. 

Galván se levanta, camina los escasos metros que separan la casa de un pequeño corral y comienza a cavar. A los pocos minutos un esqueleto masculino aparece a la vista de los presentes.

“Este es Andrés Bonet. No tuvo mejor idea que ponerse a reclamar unos pesos que yo le debía por su trabajo acá en este campo. Se pasó de la raya y le metí un cohetazo que lo liquidó. Además yo venía muy alterado después de matar a Jeréz”, dice, como justificándose.

La excavación sigue y otro cadáver aparece. “Este – añade Galván – es Enrique Almonacid que también se atrevió a reclamarme los sueldos. Balazo y al hoyo”. Los policías que han llevado varios ocupantes de los puestos cercanos como testigos no salen de su asombro.

Es cuando Roberts pregunta “y como hacías para esconder a los muertos..? “Comisario…los puse juntos en el bosque y después conseguí al carrero que me hiciera el flete, dice Galván golpeando la tierra donde estaría el cuarto muerto. 

“Este es Manuel Vargas que manejaba un carro del indio Meliqueo, vecino de acá.  En junio del 24 arreglé con él para transportar cosas y lo de siempre, discutimos y le metí dos balazos, uno de ellos por la espalda. Le quité la ropa, plata, caballos y esta chata con la cual ustedes me detuvieron en Caleta Olivia”, dice finalizando su relato de muerte y robo. Así concluye la confesión del asesino serial más renombrado que tuvo el Territorio Nacional de Santa Cruz. 

Años difíciles de distancias sin caminos, con inmensas dificultades para comunicar cada extremo de Santa Cruz. Aunque haya pasado un siglo muchos de esos inconvenientes siguen presentes en la actualidad.

El caso tuvo amplísima repercusión a nivel regional y nacional. Un periódico de Río Gallegos denominado “La Fronda” hizo un seguimiento minucioso del caso y publicó detalles que no habían trascendido en la investigación.

Luego hizo lo propio la revista “Caras y Caretas” con su corte sensacionalista, calificando a Galván como un estanciero que mataba a sus peones, cuando en realidad era encargado del campo que ocupaba y donde fueron hallados los cadáveres.

El 21 de enero de 1926 el Juez Letrado de Río Gallegos Dr. Jacinto R. Miranda,dictó sentencia para el cuádruple asesino, condenándolo a prisión perpetua, por los cuatro homicidios. Esta condena fue confirmada sucesivamente por la Cámara de Apelaciones y la Suprema Corte de Justicia de la Nación el lunes 16 de julio de 1.928. Fue remitido al penal de Ushuaia donde pasó su vida. 

Información extraída del libro “La Cruzada Patagónica de la Policía Fronteriza” del escritor Ernesto Maggiori. Un agradecimiento especial a Favio Riquelme, Antonio Perich y Danka Ivanoff Wellmann por el material suministrado.